En debates de
este tipo, se suele caer en dos posturas extremas: la que apela al bien común y
la que apela al bien particular. La primera sacrifica cualquier consideración particular
de comunidades de vecinos o de asociaciones culturales en aras de un supuesto bien
común. La segunda suele sacrificar el bien común a un solo interés particular: “que
haya cárceles, pero no junto a mi pueblo”. Esta última es conocida como “síndrome
NIMBY” (Not In My Back Yard, “no en mi patio trasero”) o, en versión castiza,
como “síndrome SPAN” (Sí, Pero Aquí No).
Hay un modo de
construir mejor: poniendo a dialogar, desde el inicio del proyecto, y no a toro
pasado, a los diferentes grupos afectados por una obra magna o interesados en que
ésta se haga. En los macroproyectos de ingeniería hay siempre más de una
solución técnica, aunque algunos poderes políticos pretendan hacernos creer que
sólo hay una, obviamente la que está encima de su mesa. Desde el principio hay
que exponer públicamente las diferentes vías técnicas posibles: la más rápida,
la más económica, la más estética, la más segura, la más social; hay que animar
a participar en el debate a grupos sociales, a asociaciones culturales, a
partidos políticos, para decidir cuál es el criterio prioritario, no único, de
elección de una u otra vía.
Y, una vez escuchados todos y sopesado todo, se toma una decisión, que, sin duda alguna, será mejor que la que se habría adoptado sin debate alguno. No nos creamos la frase de que “el progreso es imparable, incontrolable”. Nosotros, los ciudadanos, debemos ser los señores del progreso, no sus siervos. Lo llevaremos hacia donde queramos, ejerciendo nuestra libertad responsable, en diálogo social.