Norbert
Bilbeny practica el noble arte de la pintura y eso se nota en su teoría
filosófica. La suya es una pintura que bordea el constructivismo de perspectiva
geométrica con ciertos efectos de ilusión óptica que lo acercan al optical art de los años 60. No es
extraño entonces que se le defina como pintor abstracto, siempre y cuando
tengamos en cuenta que la suya no es una pintura impasible, cerrada o falta de
sentimentalidad. Antes bien, en mi humilde opinión, los cuadros de Bilbeny son
de una cálida plasticidad, muchas veces a base de colores puros, que nos
plantea la cuestión de los límites del conocimiento, de sus puntos de fuga, de
sus pliegues, de sus interconexiones. Todos parecen un mismo cuadro. Diferentes
perspectivas que expresan de la misma manera posibles interpretaciones del
ángulo, un ángulo que se define por el color y que separa los elementos del
cuadro, que nunca se funden, un ángulo que a veces se nos plantea como límite,
otras como centro, otras como confín o como espiral o como abertura
desordenada, otras como forma de un camino sin salida.
Salvando las
distancias, diremos que esta inclinación pictórica se percibe también en sus
libros de estudio, y prueba de ello la encontramos en su última publicación La
identidad cosmopolita. Los límites del patriotismo en la era global. En
ella, en contraste permanente con las formas de patriotismo convencional y de
la expansión neoliberal, el cosmopolitismo se nos perfila como una opción
política, además de ética y de estética. Una opción que, en realidad, nos viene
impuesta por el globalismo creciente que viene experimentando el mundo los
últimos 40 años gracias a la consolidación del modelo nacional por un lado y,
sobre todo, a la expansión del mercado y de las tecnologías por otro, ambos
formando una poderosa red en la que las capitales sirven de nódulo y las
empresas de extensiones experimentales. El cosmopolita en calidad de
“desplazado” navega entre ambas formas de poder respondiendo a la necesidad de
defender la igualdad entre seres humanos, igualdad en la diversidad de orígenes
que deben ser a su vez reconocidos y respetados en la medida en que estos
respeten las convenciones cosmopolitas pactadas en los derechos humanos, que si
bien deberían revisarse, actúan como fuerza moral por encima de las fronteras y
de los intereses de la economía.
Según Bilbeny, respondiendo al ideal
cosmopolita de la paz perpetua expresado primero por Saint Pierre y completado
por Kant, el mundo cosmopolita será demócrata o no será. Se sitúa así en contra
de otro modo de entender la globalización, la del fanatismo religioso
expansionista. No es muy difícil ver en este argumento una buena excusa para
invadir Irak o pensar que existen puntos del planeta que por su historia se
encuentran subdesarrollados. Sin embargo, el pensamiento de Bilbeny no es un
pensamiento colonizador en absoluto, su cosmopolitismo observa la historia
“como el conjunto de muchas historias” que hay que saber respetar. Para Bilbeny
identidad y pertenencia van siempre de la mano, con lo que sería una falacia
considerarse “de ninguna parte”. Se trata más bien de saber articular las
diversas ciudadanías particulares con la ciudadanía cosmopolita que cree que su
lugar es el mundo entero. En este sentido no hay que negar que Internet y las
nuevas tecnologías constituyen una fuerza inédita hasta el momento, pero hace
falta recordar que fue Diógenes el cínico y antes de él el mismo Demócrito
quien con la ayuda de la intuición y de la recta aplicación de una ética
personal decía “Para los hombres sabios la tierra entera es accesible. El
universo es la patria de un alma excelente”.
La
identidad cosmopolita. Los límites del patriotismo en la era global nos ofrece pues una amplia paleta de argumentos, de citas, de
comentarios y anécdotas que nos sirven para comprender la profundidad de la
cuestión cosmopolita sin dar excesivas respuestas, ofreciendo más bien
inclinaciones, preocupaciones o tendencias que podemos rastrear en autores como
Appiah, Beck o Nussbaum. El cosmopolitismo como tal no existe, nos dice
Bilbeny, tan sólo cosmopolitas que con su imaginación empujan hacia la
superación de las fronteras físicas y mentales, naturales y virtuales, fronteras
entre norte y sur, entre este u oeste que sirven como insanas metáforas de
control frente al anhelo de liberación individual y colectiva. En palabras del
propio autor, “no hay que estar por el cosmopolitismo porque sea un ideal
ilustrado, o moderno, o acorde con la plenitud de los tiempos, que es para
algunos la actual globalización. Sino porque sin él se hacen imposible la
responsabilidad global y la gobernación internacional, la ética intercultural y
el mundialismo democrático”.
Mes informació Editorial Kairós