Max Weber y Karl Marx dedicaron toda su vida a reflexionar acerca del
surgimiento de la sociedad burguesa. La sombra de sus escritos se alarga hasta el
día de hoy colándose en la mayoría de análisis de contemporaneidad sin que
nadie atienda demasiado a este hecho. Su perenne actualidad se debe a que ambos
dedicaron casi toda su obra a pensar el movimiento de privatización, hoy
llamado liberalización, de la economía con el fin de desarrollar el mercado capitalista.
Sus tesis son bien conocidas: allí donde Marx habla de mercantilización de los
procesos de trabajo, Weber habla de la irracionalidad de los medios respecto a
los fines. Son muchos los puntos en los que las ideas de Weber y Marx se
encuentran, por ejemplo, el tratamiento de la liberalidad científica y su
condena a los supuestos trascendentales de la ciencia, tampoco en Marx deben
respetarse los trascendentales ya que sólo el hombre es el fin para el hombre,
aunque inmediatamente ambas filosofías se distancian: Weber defiende que
racionalidad es sinónimo de libertad, pero también lo es de individualidad, a
lo que Marx aduce que hay que recuperar la constitución integral y unitaria de
la condición humana que consiste ni más ni menos en la superación de la
contradicción burguesa, imperio de lo privado, hacia formas de participación
comunes y transparentes.
Karl Löwith es por otra parte uno de los mejores comentaristas que ha dado
la primera mitad del siglo XX. Sus análisis de la obra de Hegel, Nietzsche o Heidegger le
llevaron finalmente a desarrollar una filosofía de la historia (recién publicada por Katz Editores) entendida como
proceso de desocultación de los presupuestos teológicos que la animan y por
tanto como proceso de secularización, algo que Koselleck, un poco más tarde y
desde otro punto de vista, se dedicó también a destacar. La historia
moderna constituye el proceso por el cual el hombre pasa del pensamiento religioso
al pensamiento secular desmitificando metáforas como la del progreso, el
desarrollo lineal de la historia, o la pregunta por el sentido de esta mediante
el uso de las nuevas herramientas conceptuales que les otorga su estricto
racionalismo.
No se nos hace extraño que Löwith se interesara por el pensamiento de Weber
y Marx ya que ambos constituyen sendos ejemplos de desmitificación de la
historia en diferentes aspectos y desde diversos ángulos. De Marx se nos dice,
adelantando la valoración de Ricoeur como filósofo de la sospecha, que «criticó
a la religión filosóficamente, después a la religión y a la filosofía, políticamente,
y, por último, a la religión, la filosofía y la política y a todas las otras
ideologías, económicamente», mientras que de Weber se destaca: «Si hubiera aún,
no obstante, grandes comunidades religiosas y profetas, entonces podría haber
también «valores» de validez universal. Como éstos «no» están «ahí», sólo hay
una lucha de muchos «dioses», «ideales», «valores», y «concepciones del mundo»,
con iguales derechos».
En cierto sentido la escatología de la historia marxista aleja a Löwith aproximándolo
al pensamiento de Weber. Quizás es por ello que Löwith siguió escribiendo
trabajos como Max Weber y sus seguidores y
La posición de Max Weber frente a la
ciencia, que se añaden en este volumen dando una muestra más que correcta
sobre el pensamiento de Lowith sobre el sociólogo alemán.
Tal y como dice Luis F. Aguilar en su posfacio, «el mérito de Löwith
consiste en haber abordado a nuestros dos maestros con un enfoque filosófico,
con una mirada de antropología filosófica,
en el entendido de que con frecuencia una lectura no económica de los
economistas, no sociológica de los sociólogos, no histórica de los
historiadores suscita otras miradas y hace ver otros aspectos que la
interpretación disciplinaria o los mismos autores no destacaron o apreciaron”.

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Editorial Gedisa