Appiah es un pragmático y un liberal. Algo de ello pudimos observar cuando reseñábamos
su Ética de la identidad, sin embargo
si en esa obra la identidad era el centro sobre el que pivotaba toda la reflexión,
en este caso es el multiculturalismo y la convivencia de identidades diferentes
la que ocupa el debate. Dicho esto, su mirada sigue siendo la misma: “los
puntos de entrada a las conversaciones entre distintas culturas son cosas
compartidas por quienes participan en la conversación. No es necesario que se
trate de universales; sólo es necesario que se trate de lo que esas personas
tienen en común”. Se trata, como vemos, primero comprender y después acordar,
porque es evidente que somos diferentes, tan diferentes que algunas de esas
diferencias son irreconciliables. No se trata pues de encontrar un criterio racional
para juzgar las morales como correctas o incorrectas, sino ponernos en camino hacia el deseado diálogo intercultural.
Un diálogo que por otra parte se nos aparece como inevitable. Contra los
temores de la globalización, Appiah afirma que la globalización alimenta la diversidad
porque se basa en ella, en el caso de que un material se pierda se pierde con
él su mercado y esto no interesa. “Las culturas están hechas de continuidades y
de cambios, y la identidad de una sociedad puede sobrevivir a través de esos
cambios”. Esto se demuestra por ejemplo en el traslado de bienes culturales, “devolver
cosas a los descendientes de las personas que las hicieron -u ofrecérselas en venta-
es un excelente gesto, pero de ninguna manera es un deber”. Antes que defender
el victimismo que de los que no aceptan la historia, Appiah propone creer que
la recuperación es posible, que nadie depende de nadie y que todo puede llegar
a reconstruirse. “La pureza cultural es un oxímoron” nos dice, nos encontramos ya
siempre mezclados en la historia, en las razas, en los territorios.
Ciertamente, puede parecer que la realidad que expresa Appiah con su
pragmatismo es una realidad en la que siempre nos sentimos como de paso, como
extraños. Una extrañeza de la cual no cabe extraer obligaciones morales
fuertes. Obviamente que debemos socorrer a los que tenemos más cerca, pero no hemos
de sentirnos mal porque no llegamos a todas partes, “¿realmente querríamos vivir
en un mundo donde lo único que le importara a la gente fuera salvar vidas?” ¿Que
preferimos: que evolucione la opera o que se detenga la diarrea africana? Llegados
a este punto Appiah se nos aparece como el Appiah polemista, el provocador, el
que, con mucho juicio defiende “una respuesta genuinamente cosmopolita comienza
por el interés en tratar de entender por qué el niño está muriéndose” y
reconocer que las herramientas que necesita para curarse deben ser producidas
por la realidad que le rodea, no aquella que le visita. El desarrollo de los
pueblos depende de su libertad para decidir, dice Sen.
Así Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños no es un libro de ética al uso sino que representa un ejercicio cosmopolita. En él se encarna el desarrollo de una opción ética concreta que apela a la textura abierta de la interpretación del mundo y de las personas. Por ello, algunas personas dirán que a este libro le falta profundidad por querer abarcar demasiado, y quizás sea cierto, pero un esfuerzo así no debe ser menospreciado. Este libro es un ejemplo de pensamiento desarraigado, libre, mestizo a la vez que respetuoso, comprensivo y atento. No se me ocurre una forma mejor de definirlo.