Existe una nueva forma de ver la historia de la globalización y Peter Sloterdijk
es uno de sus profetas. A principios del siglo XXI, tras el declive de los
Grandes Relatos y la resultante recomposición del universo humano por medio de
la razón estratégico-instrumental, sabemos que vivimos en una época posmoderna,
la época del fin de las convenciones.
Sin embargo, más allá de si es cierto o no que existe aquello que llamamos
posmodernidad, podemos intentar reconstruir la historia que nos ha conducido a
ella. Según Sloterdijk si la posmodernidad es la estación de llegada, la
globalización representa el camino recorrido. Así, este libro explora el modo en que los europeos, desde su origen eminentemente
griego, han ido configurando una idea de organización del mundo que,
finalmente, ha cristalizado en el modo de organización universal.
Este proceso puede dividirse en tres grandes etapas: un primer
periodo, la metafísica de las esferas, que finaliza durante el Renacimiento,
momento en que se inicia la gran expansión unilateral europea a través de la
colonización, segundo gran periodo. Y un tercero, cuyo punto de partida es la
revolución de los claveles en 1974, momento en que las últimas colonias
europeas son liberadas, que se caracteriza por arrastrar hacia dentro del
invernadero del capital todo lo conquistado anteriormente.
La historia de la globalización es la historia de una doble conquista, la
conquista de la tierra por vía marítima y la conquista de la subjetividad.
Según Sloterdijk, ha llegado el momento en que ambas expansiones se han
encontrado y se han fusionado en un gran espacio denominado mercado. Después de
la toma del medio metafísico y del medio terrestre la tercera globalización se
nos aparece como la colonización del territorio interior. El mundo ha perdido
la noche porque la luna y el sol ya no son los vectores del tiempo. En el mundo
interior del capital siempre es de día. La energía fósil ha sido intercambiada
por la energía intelectual y la síntesis de minerales por la transferencia de
conocimiento.
Esta idea es expresada en el libro a través de la imagen del Palacio de cristal, acuñada por
Dostoievski en Memorias del subsuelo refiriéndose
al famoso recinto de la Exposición Universal
de Londres de 1851. Metáfora voyeurista de la absorción de realidad desde unas
condiciones inmunológicas perfectamente estudiadas, este recinto ha encontrado
recientemente si homólogo en la sociedad china. Es el caso del Water Cube de Pekín, un cubo de 6.700
toneladas de acero forrado de burbujas elásticas por las que penetra la luz
solar.
El camino hacia las sociedades de paredes finas parece inevitable. Cae así
la primacía de la unilateralidad y con ella la de la globalización terrestre. Los
lugares se entrelazan a la vez que confunden su propia identidad mientras
las identidades se desplazan perdiendo su lugar natural. Nace, lo que
Sloterdijk denomina, la posthistorie, conjunto
de relatos que matizan la absorción interna que nos permite la climatización
artificial.
Vivir en este contexto, en el que la inmanencia del poder adquisitivo atrae
a la vida en todas sus manifestaciones, no significa haber eliminado las
pulsiones naturales del hombre, sino todo lo contrario. Reasumimos la violencia
bajo el paraguas del comfort con lo que deseamos que el nuevo ataque sea mayor
que el anterior, tal y como demostró Stockhausen caracterizando como “la mayor
obra de arte jamás vista” los ataques del 11 de septiembre.
Lo que antes era historia de expediciones, aventuras e intrusiones, ahora
es descubrimiento de las facultades ajenas y reacoplamiento de los flujos
generados en las dos globalizaciones anteriores. Hemos pasado de un reino de la
necesidad a un reino de la libertad donde la tele-comunicación ya no es una
herramienta sino un constitutivo ontológico de las relaciones sociales, un medio
de descarga generalizada sobre la base del bienestar en un parlamento ficticio
que sustituye el monoteísmo por el pluriteísmo.
El ciudadano poshistórico se encuentra así en una permanente des-limitación
de sus facultades, en un constante viaje interior hacia la conciencia de poder
obtener siempre más beneficio. Hemos dejado de lado la exclusión, la selección,
el proteccionismo, lo irreversible, por la expansión, ahora interna, por la
admisión, por la condolencia. El futuro sin embargo será para los que, de
nuevo, sean capaces de reajustar estos conceptos al día a día, recuperando así
la libertad perdida a golpes de libertad.
Este último libro de Sloterdijk no es un manifiesto pro-globalización, ni
una crítica a la unilateralidad europea. En
el mundo interior del capital representa el pensamiento más original que
puede leerse sobre la historia que hemos ido construyendo los
últimos veinte siglos y que ahora toca a su fin. ¿Habrá llegado el momento de una
filo-poética de la historia?
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