Antiguamente la pregunta por el sentido de la vida era una pregunta
absurda, la vida poseía sentido porque había un relato oficial que respondía a
este tipo de interrogantes. Tras el fatídico siglo XX parece que la pregunta por
el sentido ha dejado de ser tan fácil de responder. Los motivos que explican
este cambio son muchos y muy diversos, pero a grandes rasgos puede decirse que
después de la segunda guerra mundial sentimientos como el vacío, el sinsentido
o la nausea calaron en el sentir público europeo, que poco a poco fue asumiendo
las tesis básicas de lo que finalmente se ha venido a llamar la era posmoderna.
Dicha posmodernidad se caracteriza por una creencia débil en los grandes
relatos y por un relativismo desmitificador que no acepta ningún argumento de
autoridad. Confusos y desorientados ante la creciente corrosión del modelo
europeísta los pensadores del viejo continente se esfuerzan por superar esta
crisis.
En este contexto han aparecido varios libros con títulos
muy similares: El sentido de la vida (Paidós) de
Terry Eagleton, La vida humana (Paidós) de
Andre Comte-Sponville y El sentit de la
vida (Ara llibres) de Francesc Torralba, que nos ayudan a reflexionar desde tres
perspectivas muy diferentes sobre esta perdida de sentido acerca de nuestra
situación en el mundo.
Así pues, parece que es momento de preguntarse, la vida ¿tiene sentido? Si fuésemos
optimistas nuestra respuesta debería ser claramente afirmativa, mientras que si
somos pesimistas nuestra respuesta sería obviamente negativa. Para el profesor
Torralba la vida sí tiene sentido, aunque no podamos captarlo del todo. Vivimos
nuestra vida, nos dice, pero nuestra vida no nos pertenece. Del sentido de la
vida nos damos cuenta cuando nos aborda la falta, la pena, la desgracia y ante
ello debemos ir construyendo, a través del error, hasta darnos cuenta de que
“el sentido de la vida es buscar que nuestra vida tenga sentido”. Se trata de un libro bellamente escrito, lleno de referencias
al día a día y con una clara vocación pedagógica. No podemos estarnos cruzados
de pies y manos esperando que algún día se nos revele el misterio de
nuestro vivir, antes bien, debemos adelantarnos, no desfallecer, tratar de
asumir esa intuición ética que acompaña a las vivencias, siendo capaces de
enorgullecernos de aquello que hemos vivido. Solo así tendremos una vida llena
de sentido.
Pese a titularse de la misma manera el libro de Eagleton, en cambio, es un
libro analítico, plagado de referencias filosóficas, cuya intención no es otra
que hacer honor a su fama de enfant
terrible de las letras inglesas. Se trata de un texto plagado de ironía
donde autores como Chéjov, Beckett o Joseph Conrad desfilan al lado de Marx,
Nietzsche o Wittgenstein se dan cita en una continua digresión que se interroga
si tiene sentido preguntar si la vida tiene sentido, que sentido, si es que lo
tiene, puede tener el sentido y finalmente qué es aquello a lo que llamamos
“vida”.
Eagleton deja claro que no es lo mismo preguntarse por el sentido de
preguntar si la vida tiene sentido, que tratar de responder en qué sentido
somos capaces de afirmar que la vida tiene sentido y para el caso recupera una
cita de Wittgenstein que dice: “si alguien llegara a pensar que ha resuelto el
problema de la vida y se creyera convencido de que ahora es todo mucho más
fácil, podría ver que se equivoca recordando simplemente que hubo un tiempo en
el que esta “solución” no había sido descubierta, pero en el que también era
posible vivir”. No exento de respuestas, el libro de Eagleton representa el
camino de la gran pregunta en la que nos adentramos a ciegas y de la que
salimos de la mano de algunas inseguridades, cuyo calor apunta hacia alguna
parte: cada uno debe ser capaz de componer su propia melodía. Una vez más,
Eagleton se nos aparece como un pensador inconformista capaz de penetrar
satíricamente en el juego del pensamiento satisfactoriamente.
Y si el texto de Torralba tiene claras resonancias éticas y el de Eagleton
profundas referencias analíticas, el libro de Comte-Sponville, La vida humana, bellamente ilustrado por
la artista Sylvie Thybert, no deja tampoco de sorprendernos por su originalidad
y claridad de estilo. Dividido en fases, La vida humana se nos presenta como una
aventura sobre la que es posible recuperar ciertos textos, ciertos pensadores, ciertas
anécdotas que nos ayudan a comprenderla. Se trata de un relato acerca del ciclo
de la vida con un estilo alejado de las reflexiones a las que nos tenía
acostumbrado, aunque no por ello menos estimulante. Escrito mayoritariamente en
primera persona el libro parece
el conjunto de reflexiones de quien quiere explicar el sentido de la vida a sus
hijos y para ello apela a aquello que ya decía Ortega: “la claridad es la cortesía
del filósofo”.
Eagleton, Torralba y Comte-Sponville intentan dar respuesta a algo que a
todo el mundo preocupa, pero sus obras no deben ser juzgadas desde el ansia de
respuesta en el que estamos instalados, ni desde las ganas de salir de este estado
de crisis permanente, ni desde la angustia que empieza a hacer mella en el corazón
de aquellos que no encuentran la fuerza suficiente para seguir viviendo. Ninguno
de ellos posee la respuesta al sentido de la vida, ninguno de ellos es un autor
de autoayuda, simplemente han intentado concretar sus ideas y hacerlas próximas
al público en general. Por la
profundidad de sus especulaciones nos damos cuenta de que la respuesta al
sentido de la vida no es tan difícil como parece en un primer momento, pero
tampoco es tan sencilla como quisiéramos.
