Un filósofo es aquel que siempre está fuera de lugar, el que
siempre importuna con sus preguntas y el que nunca es capaz de alcanzar ninguna
respuesta definitiva. El filósofo, dice Hadot, es un ser errático,
insobornable, aquel que hace de su vida un ejemplo de vida. Aquel que rebusca
entre los restos antiguos de las civilizaciones la genealogía de aquellos que
supieron morir tal como vivieron. La filosofía, así entendida, debe ser
considerada una fe. Una fe en el pensamiento infinito, una fe en el no final.
No existe un claro punto de partida, sólo inspiración y cultivo interior.
Estas son algunas de las ideas expresadas en un delicioso
libro editado por Alpha Decay que lleva por título La filosofia como forma
de vida. Excelentemente traducido por María Cucurella, en él se dan cita alrededor
de un recorrido intelectual, el de Pierre Hadot, Jeannie Carlier y Arnold I.
Davidson, diseccionando con precisión algunos de los momentos más importantes
de su biografía.
Si hemos de hacer caso de la particular visión que Hadot
posee de la filosofía deberíamos asumir que éste, pese a ser un diálogo, es
también un ejercicio filosófico, aunque quizás deberíamos mejor decir que es un
testimonio, una declaración biografiada de los hechos de un apóstol del saber.
En él se rememoran los primero años al lado de la Iglesia, así como los
trabajos de investigación en el CNRS, tiempos que permitieron a Hadot formarse
lentamente como filósofo y amante de la sabiduría antigua. De esa época nos
queda, por ejemplo, su tesis doctoral, dedicada a Mario Victorino, desconocido
retórico de la ciudad de Roma que había traducido tratados de Plotino. La
investigación de Hadot se centró en encontrar las fuentes que sirvieron de
inspiración a este romano que terminó convirtiéndose al cristianismo y esta es
la manera en que conoció y acabó por rendirse a la sabiduría estoica. “Sumergirse
en la totalidad del mundo”, con estas palabras de Séneca, Hadot marca el camino
por el que debemos dirigirnos a él. En el libro cuenta la importancia que siempre
otorgó a la expresión de Roman Rolland, la que se refiere al “sentimiento oceánico”,
que él no identifica con el simple maravillarse ante la naturaleza. Desde este
punto de vista, su estudio del pensamiento estoico, de Séneca, pero también de
Sócrates, Marco Aurelio y de la mística plotiniana marcaría finalmente el
destino de su producción intelectual.
La conversación recorre estos puntos uno a uno, pero Hadot,
como buen filósofo, no se limita tan sólo a dar cuenta del contenido de cada
teoría, de cada obra, de cada autor, sino que además añade constantemente la
meta-reflexión que debe ir ayudándonos a entender su propia posición al
respecto: un filósofo no es únicamente alguien que piensa, sino alguien que
fundamentalmente piensa cómo piensa de una manera especial, hasta el punto que
se hace más importante saber cómo uno piensa que saber qué uno piensa. ¿Por qué?
Porque el pensar no es algo sujeto y fijo al mundo gracias a nuestras
estructuras racionales, sino que, al contrario de ello, el pensar es como la
vida, un fluido del que no podemos escapar y que nunca podemos abarcar del todo.
Mediante estas reflexiones Hadot pretende mostrar qué relación
podemos establecer entre la vida cotidiana y la vida filosófica y qué puede
aportar la filosofía a nuestra forma de vida. Resumiendo sus aportaciones en
una sola idea podríamos decir que la suya es una defensa por la vida. Por la
vida entendida, no desde la razón, sino desde la naturaleza. Somos una mosca en
una tina de vinagre, nos dice recordando un antiguo proverbio chino, una mosca
que debe volar si quiere sentir verdaderamente el mundo.
Hay que saber ser mosca y superar la dualidad del filósofo,
aquella que “obliga” cada vez a elevarse respecto a las cuestiones mundanas,
para después volver a las dedicaciones terrenales. Esta dualidad la supera
Hadot recurriendo al ejemplo de Sócrates, de quien se dice que era filósofo por
como vivía y no tanto por las enseñanzas que profesaba. Su muerte, testimonio
de una actividad dedicada a la honestidad intelectual, no deja de ser memorable
y representa el ejemplo que Hadot pretende fomentar.
La importancia del presente y la riqueza del instante pasan
por la transformación de nuestra manera de ver y entender el mundo, el tiempo,
las personas que nos acompañan. Captar así que la filosofía es antes que nada
una praxis que modifica nuestra manera de estar aquí es aquello que se destila
de este diálogo a seis manos. Todo un Banquete,
revisitado.
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