Prosigue Michel Onfray su tarea de desvelar "la cara
oculta" de la filosofía. En esta ocasión, el defensor de una historia de
la filosofía centrada en aquellos autores que no han sido incluídos en el
corpus filosófico de Occidente por su carácter excéntrico y heterodoxo, pretende
enmendar la injusta asociación que ha quedado entre la filosofía de Nietzsche y
el pensamiento nazi.
Todo el mundo sabe que Elisabeth Nietzsche, hermana del
filósofo, recopiló y editó durante años sus obras dándoles un acento, entre
otros, marcadamente anti-semita. A ella le debemos, para ser justos, muchas de
las claves interpretativas del pensador del eterno retorno y de la voluntad de
poder, pero eso no quita que su interpretación sesgada haya desviado la filosofía
nietzscheana hacia interpretaciones que no le corresponden.
Puede que ya lo viera el cuerdo-loco de Nietzsche cuando en Ecce Homo dejó escrito: "Cuando
busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable vulgaridad de los
instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana, - creer que yo estoy
emparentado con tal canaille seria una blasfemia contra mi divinidad. El trato que
me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror
indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal, que conoce con seguridad
infalible el instante en que se me puede herir cruentamente - en mis instantes
supremos... pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos
venenosos...". Es evidente que sus sospechas no sirvieron para que
Elisabeth hiciera de su obra un cajón de sastre para la Nueva Germania, sin
embargo, según Onfray, nunca es tarde para hacer justicia.
Es nuestra obligación pues encontrar al verdadero culpable.
Según el francés, es la filosofía de Kant y no la de Nietzsche la que sirvió al
nazismo para justificar sus actos. Y para demostrarlo nos remite a la famosa
anécdota recogida por Hanna Arendt en la que se describe el teniente coronel
Adolf Eichmann confesando ante el jurado que debía fallar sobre su culpabilidad
su devoción por Kant y por el imperativo categórico.
A partir de este hecho, en el libro se lanzan todo tipo de
insinuaciones en contra de la filosofía kantiana por medio de un único
argumento: para Kant el individuo "no tiene derecho a revelarse", la queja,
dentro de la crítica kantiana, no tiene lugar porque se debe respetar siempre
lo refrendado siguiendo los criterios de la razón ilustrada, no es posible
trascender el status quo y por tanto sólo queda que obedecer al soberano. Bajo
este argumento Onfray considera que "Kant es culpable de razonar alejado
de la realidad del mundo, de la gente, de los hombres, como el habitante cándido
del cielo de las ideas que tanto hacía reír -ya- a Aristófanes con la camarilla
platónica".
Y no es casual la referencia a Aristófanes, puesto que El sueño de Eichmann es, curiosamente,
una obra de teatro. Y todas estas ideas se transmiten a partir de un diálogo
entre Kant y Eichmann antes de que éste sea ajusticiado. Así que deben
imaginarse: un Nietzsche que se lo mira todo desde una esquina de la celda en
la que un hombre moralmente derrotado, Eichmann, responde a un Kant sorprendido
de las consecuencias de su filosofía. Un planteamiento formal sorprendente, sin
duda, que contrasta con el tono ensayístico del texto que lo precede Un kantiano entre los nazis. Ambos dicen
lo mismo, las mismas referencias, las mismas ideas, los mismos argumentos, pero
no son iguales. Así que a uno le da por pensar cual fue primero: el ensayo o la
obra de teatro. Juntos, sin duda, obligan a pensar en la posibilidad del
traslado estilístico de las ideas. Y la pregunta que suscitan es la siguiente: ¿podemos servirnos del lenguaje teatral
para explicar filosofía?, o dicho de otro modo, ¿existe un lenguaje
estrictamente filosófico, como existe el lenguaje poético, el narrativo o el
teatral? Sin duda, además de plantearnos los errores de la mentalidad ilustrada
este breve volumen debe incluirse dentro del debate posmoderno sobre la crisis
de géneros literarios.
Onfray dedica el libro a Inge Scholl y el grupo de La Rosa
Blanca, profesores y estudiantes que se dedicaron a repartir panfletos en
contra del régimen nazi en los último años de la guerra y que finalmente fueron
ejecutados. Quizás porque cree enfrentarse a un régimen opresivo y calculador,
quizás porque se siente cómodo con un género literario alternativo al modelo
ensayístico actual que le ayuda a expresar las ideas de una forma diferente. De
la mano de Onfray, la filosofía vuelve al teatro. ¿Volverán también los
bufones?
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