Cada vez más oímos hablar de códigos de ética,
códigos de conducta, de políticas éticas, de comités de ética, de auditorias
éticas. Las noticias sobre responsabilidad social corporativa, sobre ética de
le empresa, sobre ética de los medios de comunicación, o sobre bioética son
tantas y tan dispersas que el peligro de una mala comprensión, dispersión o
esperanza excesiva en ella pueden matarla desde un principio.
Cabría así la posibilidad de ubicar a Jünger y otros
coetáneos suyos, en un primer momento y como tentativo hilo conductor, en una
tradición tardorromántica germana, caracterizada por su pesimista recepción del
“progreso” técnico o en el seno de unas corrientes de pensamiento, movimientos
intelectuales y dinámicas políticas que encuadradas en el wittgensteinianamente
mal formado, pero espacio—temporalmente bien acotado, concepto de “Revolución
Conservadora”, presuponen el proceso de modernización germanamente matizado (y
en el caso de Jünger, en relación con la técnica, así como con la cuestión que
suscita este comunicación, la actitud ante el morir, manifestado en una serie
de tensiones y ambigüedades no resueltas, potencialmente fructíferas para una
atenta lectura).
La industrialización, urbanización y extensión colonizante
de la tecnología en todos los niveles del mundo de la vida, serían algunas de
las características del desarrollo de la modernización sociocultural. Proceso característico
de Occidente, como asimismo lo es, por ejemplo, el concomitante crecimiento de
la burocratización, rasgo también asociado tópicamente a la Modernidad y que
tiene tempranas manifestaciones en esa Alemania de la República de Weimar.
Proceso y rasgos que, pese a su aparente carácter rapsódico, coinciden en una
formulación bien perfilada del último elemento mencionado, el de la burocracia,
tal como aparece de manera ejemplar en la exposición ideal—típica de la
burocracia a lo largo de la obra del sociólogo alemán Max Weber.[1]
La ciencia y la industria, pero también la burocratización
amplia o la extensión comprehensiva del Estado, no sólo habrían garantizado una
mayor eficacia, comodidad y bienestar. Junto con la unificación y
homogeneización, que facilita las cosas, propiciando una bonanza económica para
una amplia clase media, así como mejoras en los más diversos ámbitos, como, por
ejemplo, en las ciencias de la salud; el desarrollo tecno—administrativo, al
menos en el ámbito temporal y geográfico que nos ocupa, también habría dado pie a conflictos bélicos
más amplios, o al menos, habría dotado a los ejércitos de una organización
burocrática, que se habría sumado al proceso de burocratización general ya señalado
por Weber.
Asimismo, una serie de características técnicas,
estratégicas o armamentísticas, también se habrían ido integrado en ese febril
proceso de tecnificación. Movilización maquinal mundial a la que tanto
coadyuvan los rasgos de eficacia, abstracción, impersonalidad, efectividad o masificación,
que caracterizarían el proceso de modernización, desvelándose así el entramado
más negro del “progreso” (así como, en ultima instancia, la irracionalidad en
el seno de procesos máximamente racionales, o las derivas/ efectos destructivos
de procesos constructivos y, aparentemente, máximamente felicitantes y
liberadores).
Como adecuadamente señala Peukert (aunque
con objetivos diversos de los míos), en los territorios germanos, con el cambio
de siglo a los grandes avances en la ciencia médica, se unieron los de los
cercanos campos de la psicología y pedagogía, entre otros, con tesis análogas a
las médicas y proyectos de diagnóstico científico de la personalidad y métodos
terapéuticos para la eliminación y prevención de desajustes sociales y culturales
(equiparando, pues, el combate contra la enfermedad a la lucha frente al desvío
de la norma social o standard “sano”). Todo ello condujo, en suma, a la
apertura de un nuevo paradigma de higiene social, dirigido al establecimiento,
entendido como factible, de las causas sociales de la enfermedad y de las
desviaciones.
La emergencia del nuevo discurso
sociocientífico coincidió con drásticos cambios en las condiciones de vida,
sociales e individuales, destacando para mis intereses al menos uno de los
efectos más visibles de tal cambio: la reducción de la mortalidad y la
elongación del ciclo vital, lo que sumado a los discursos científicos y las
técnicas/ teorías mencionadas, devino en un desarrollo de una especie de
“Estado terapéutico” (Szasz). La muerte había dejado de ser un acontecimiento
cotidiano, y resultaba mucho más sencillo expulsarla a espacios ajenos al
propio entorno, así como reducirla a simple acontecimiento declinado siempre en
tercera persona,[2]
aunque su retorno, convertida ahora especialmente en excepción que interrumpe
la normalidad de la vida, chocaría con el ideal utópico de juventud, salud y
vida sin límites forjado al calor del ascua técnica, en el hogar de la
Modernidad germana.
Y si el avance científico—técnico no podía detener/ eliminar
el sufrimiento, si la perfección tecnológica y el Estado previsor no podían
normalizar el estado de salud, si la vida individual se apagaba, todavía podría
movilizarse la esperanza, en todo caso, a las trincheras de un cuerpo mayor, de
un cuerpo que podría pretenderse eterno, siempre joven, invencible, saludable
como el mejor deportista y flexible como para poder enlazar en su seno a los
frágiles individuos, pequeñas cifras del gran numero, del “cuerpo” de la nación
o Volkskörper, ideología o mito pues que tendría en este contexto uno de
sus puntos de arranque o de inflexión.
En este Estado, el ciudadano, sacrificados
en virtud de la movilización técnica la mayor parte de las antiguas estructuras
estamentales y los restantes vínculos del Ancien Regime, habría
adquirido, junto con una nueva dignidad en esa móvil sociedad o espacio de
taller, una serie de responsabilidades y compromisos. La muerte del individuo
en pro de la patria, los discursos en que la continuidad del gran cuerpo de la
nación se sostiene sobre el sacrificio del soldado—ciudadano, se entrelazarían
con la constitución de éste en tanto que dotado de derechos políticos,
privilegios que la donación siempre latentemente exigida corroboraría. Más aún,
al Moloch estatal así constituido (y, en última instancia, a la lógica
sistémica invasora general, pues Estado e industria se entremezclarían en un
mismo cauce), le sería muy conveniente el discurso mitológico del sacrificio y
del cuerpo de la nación, en tanto en cuanto así la muerte o el sufrimiento,
como en el esquema teológico tradicional, aquí importado, cobraría un sentido a
la luz de un destino más amplio, del cero al infinito, en el que el sufrimiento
o la muerte no habrían sido productos del azar de un tiro a ciegas. Consolación
encegadora, pero efectiva, que daría cuenta de la efímera vida de los
individuos, más en el campo de batalla, permitiendo su conversión en
instrumento a disposición del Leviatán o munición de combate en las batallas de
material o en la guerra técnica.[3]
Esa es una de las consecuencias
ético—políticas que podrían desprenderse del dominio de la técnica, y que sería
posible ligar a la reflexión sobre la cuestión de la muerte en Jünger,
señalando los vínculos y las distancias que mantiene con la ideología
sacrificial, la supremacía del Estado tecnificado y la total administración de
las vidas, que empezaba a despuntar ya en esa época y contexto. No en vano
ligaba el hermano de nuestro autor, Friedrich Georg Jünger, guerra técnica y de
material con el trabajo moderno en la industria, que en el contexto de la
batalla moderna adquiere un cariz bélico, como la vida al completo. Vinculaba
así la eliminación física en la batalla con el borrado del sujeto que deparan
los procesos de modernización,[4]
cuando ha desaparecido la distinción entre frente y retaguardia, entre soldado
y civil (y entre maquinaria y sujeto que la padece o conduce, al menos para la
imaginación moral).
El punto en que se
reestablece la conexión con la crítica de la técnica jungeriana vendría dado
pues por el paralelismo que puede establecerse entre este distanciamiento,
propio del combate técnico, y el que en el espacio del trabajo y de la
burocracia, se produce. También la tecnificación burocrática genera distancias,
disminuye simpatías y facilita una reducción a meros números de grandes
cantidades de gente sometidas a sus procesos.
En ambas vertientes
de la vida tecnificada, se propiciaría asimismo, por la propia dinámica de la
técnica, la disolución de la responsabilidad en el interior del laberinto
burocrático, en las innumerables mediaciones que segmentan el proceso
productivo, del que el trabajador es tan solo una función, o en la cadena de
mando y las mediaciones tecnológicas que configurarían el moderno rostro de la
guerra. En ese sentido serían posibles las mayores atrocidades, o la crueldad
más negra, tal y como lo crítica Jünger, dada la reducción bajo mínimos de los
recursos morales, de las posibilidades de una cierta identificación o del
simple recurso del viejo guerrero al honor y reconocimiento del adversario,
ahora simple número, ni siquiera puntito en el espacio geométrico de las
fotografías aéreas (remedo de aquel espacio técnico en que agonizaría el
sujeto, al que eliminaría fabrilmente, asimismo, el desencadenado proceso
técnico o sus diseñadas herramientas tecno—humanas).[5]
Ésta es pues la
lucidez que exhibe la meditatio mortis jungeriana, el pensamiento en
torno al morir en la época de la técnica y, por lo tanto, en torno al vivir o
su sucedánea supervivencia en un mundo automatizado. Pero esta lucidez y
precisamente en su núcleo, el morir, está más plagada de tensiones, si cabe,
que las ya explicitadas en mis análisis previos. La muerte se lee como
sinsentido, como algo absurdo, por las características propias de la guerra
técnica (extensibles a la sociedad movilizada como un todo) y la prosa
jungeriana parece en muchos momentos, sobre todo cuando con más detalle
describe el horror en sus escritos, no rehuir esto.[6] Sin
embargo, en otros muchos momentos, en esos mismos escritos y, de manera
eminente, en sus ensayos postbélicos no es esto lo que sucede, sino que el
intento de aplicar un cauterio de sentido mediante sus escritos al absurdo de
la muerte bélica, deviene en intento de consolación mediante el recurso a las
legitimaciones, a la algodicea, a la trascendencia.
Enfrentarse al
sinsentido de la muerte no supone, al menos en Jünger, optar por el cinismo
nihilista y la querencia del abismo. Antes bien, lo que se propone mediante
esta visión entomológica de la muerte es una reformulación de la ars moriendi
perdida en el mundo tecnificado. El temerario o corazón aventurero que pone en
juego su vida, que se enfrenta a la posibilidad más radicalmente nuestra, la de
la muerte, puede disfrutar plena y libremente de la vida[7] (lo
que, por cierto, enlaza con las observaciones en sentido contrario, de la
inversión de la muerte, su tabuización en la modernidad, según Ariès y Thomas,
con lo que la mostración del sinsentido, del horror, daría nueva forma al
avatar de un pensamiento a contracorriente, intempestivo, tan caro a
Nietzsche).
Sin embargo, el
pensamiento jungeriano, no muestra una sola faceta y como he adelantado, junto
a esta escritura, y sumándose al aluvión de textos de trinchera y reflexiones
posteriores que pretendían dotar de sentido y unidad, a lo que se vivió
fragmentariamente y como mero absurdo,[8]
Jünger también trató de aferrarse en diversos momentos y con diversas
estrategias, a un cierto orden superior donador de sentido y consolador de las
pérdidas. Aunque, y de nuevo aquí se muestra su productiva tensión, sin que
esta consolación tuviera, en su caso, el carácter de una estrategia de
legitimación política, esto es, sin la rentabilidad de los discursos
sacrificiales a los que antes he aludido.[9]
* Este trabajo ha sido llevado a cabo dentro del proyecto de investigación “Creencia, motivación y verdad” (BFF2003-08335-C03-01).
[1] Cf. González García, J. M.: La máquina burocrática. Madrid, Visor, 1989, pp. 26—28.
[2] Cf. Ocaña, E.: Más allá del nihilismo. Murcia, Universidad de Murcia, 1993, pp. 18—19.
[3] No es exactamente éste el tipo de mentalidad expiatoria a la que recurrirá, parcialmente, Jünger, aunque, no deje de tener en cuenta, al apelar no tanto a una cierta “necesidad natural” o a una legalidad secreta, en el caso de la guerra, el sufrimiento y la muerte, como al tratar de la consolación por la anihilación singular mediante el recurso a la inagotable vida que brotara luego, de la semilla o grano que al caer en la tierra muere y da fruto, o con las referencias a la importancia universal de determinados momentos históricos, de episodios del combate (por contraste con el tedio cotidiano y la muerte imprevista, ciega y azarosa que el enemigo abstracto depara), ese tipo de consolación por la filosofía, de la historia, o de trascendencia que dotaría de pleno sentido a las matanzas masivas en la Europa de la Guerra del 14.
[4] Cf. Jünger, F.G.: Die Perfektion
der Technik. Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 1953, pp. 190—191.
[5] No comparto, sin embargo, el pesimismo de esta exposición—relectura de las ideas jungerianas o, al menos, el fatalismo que de su meditación sobre la técnica (y de la heideggeriana) se desprende. Puede que las posibilidades de actuar en contra del proceso de tecnificación se vayan minimizando, que el sujeto se diluya en ambos lados de la mirilla telescópica del arma y de la tecnificación, que de ello puedan seguirse las mayores atrocidades (como de hecho, ha sucedido), pero que el reto sea mayor no implica que no continúe siendo un reto al que el sujeto puede enfrentarse. Derivar el “totalitarismo político” del “totalitarismo de la técnica” tanto encubre responsabilidades políticas, como genera un derrotismo y una dinámica de colaboración con aquellos procesos técnicos que se encaminan a nuestra eliminación, en tanto que sujetos políticos y morales.
De hecho, aun cuando es posible derivar ese fatalismo de la obra de Jünger, donde el rostro de la técnica que diseña el tipo cubriendo los rostros de las personas acaba por diluir estas (Bolz, N.: Auszug aus der entzauberten Welt. Munich, Wilhelm Fink, 1981, p. 166), y la narcosis del automatismo deviene en normalizado y insalvable estado, también es posible ver lo que de reto a las potencialidades humanas representa. La crítica o meditación sobre la técnica jungeriana sería pues, en parte, ambiguamente, instancia propiciadora, propulsora de las capacidades emancipatorias de los individuos.
[6] “En aquel momento se oyó, a mucha altura, un nuevo silbido. Todos tuvimos la misma sensación, una sensación que nos estrangulaba; ¡esa granada viene aquí! Luego retumbó un estruendo monstruoso, ensordecedor—la granada había explotado en medio de nosotros. (...)
Aquella luz iluminaba la densa humareda generada por el proyectil, dentro de la cual rotaba una masa de cuerpos negros. (...) Al mismo tiempo resonó un griterío múltiple, espantoso, un griterío de dolor y de peticiones de auxilio. El movimiento rotatorio de aquella olla humeante y ardiente abrió por un segundo, como una visión onírica del infierno, el abismo más profundo del Espanto. (...)
Me arrojé al suelo y prorrumpí en sollozos convulsos, mientras mis hombres, de pie junto a mí, me rodeaban sombríos” (Jünger, E.: Tempestades de acero. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Barcelona, Tusquets, 1987, pp. 238—239).
[7] Cf. Ocaña, E., op. cit., pp. 19—20, 33—39, 175ss.
[8] Cf. Jünger, E.: El mundo transformado. El instante peligroso. Trad. de Ela Fernández Palacios. Valencia, Pre-textos 2005, pp. 18—19.
[9] Difíciles de resistir en el seno de una realidad como la nuestra, si seguimos la interpretación pesimista de Jünger y el resto de los autores reseñados, caracterizada por la reducción de la vida a la esfera de un trabajo omniabarcante, siendo este a su vez el resultado de una segmentación minúscula, en la que el sujeto ocuparía una modesta parcela o función. En esta tesitura, la muerte bélica puede presentar los bellos colores de una vida justificada por la entrega a una causa mucho mayor, donadora de una unidad estructural frente al anterior mero proceso o sucesión cronológica de momentos laborales idénticos. Pero aunque el discurso jungeriano, en algunos momentos parecería acercarse a esta tonalidad (como cuando en El combate como experiencia interior apela a la idea del sacrificio por un ideal, la muerte honorable de los guerreros de antaño por la patria, remedable en la del soldado de la Guerra del 14, y, sobre todo, con su reflexión sobre la convicción respecto de la validez suprema reservada a la muerte por un ideal, aunque estuviere errado (cf. Jünger, E.: La guerre comme expérience intérieure. Trad. de François Poncet. S. l., Christian Bourgois, 1997, pp. 156ss)); en general, en su discurso este sentido de la legitimación esta ausente (quizá porqué en la concepción jungeriana ya la marcha triunfal de la técnica habría arrasado los ídolos y las viejas banderas, y tales justificaciones ideológicas serían, en el contexto de la guerra de material, innecesarias (cf. Jünger, E.: El trabajador. Dominio y figura. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Barcelona, Tusquets, 1990, §47)). Y es por ello que resultaría aún más interesante contrastar lo que su posición ofrece con las declaraciones de otros teóricos, interpretes de los procesos de modernización, como el ya citado Max Weber (un militarista y defensor convencido de las tesis sacrificiales de la muerte por la patria, tal como se desprende de sus textos y documentos personales. Véase Weber, M., Biografía de Max Weber. Trad. de Maria Antonia Neira. México, FCE, 1995, especialmente el capítulo XVI, titulado “El servicio”).
Pero toda cosmovisión es
humana y por lo tanto, imperfecta. Con la Ciencia aparecieron conceptos muy
poco científicos como el cientifismo. El reduccionismo matemático, tan útil
metodológicamente, resulta nefasto cuando se transforma en un pilar
cosmovisonal que determina ontológicamente la realidad, ya que transforma lo
que existe en algo cuantificable y dominable. A partir de ahora, la mirada occidental
sobre la naturaleza se verá mediada por la utilidad: la naturaleza será aquello
que sólo tendrá sentido como lo utilizable. Desde este momento, la relación del
mundo occidental con el planeta se basará en la idea de dominio. La potencia
legitimadora del cientifismo junto con el poder de la tecnociencia, sumadas a
la fuerza dinámica del capitalismo, generaron una situación histórica inédita
en la que una sociedad humana conseguía, por primera vez, aunar una potentísima
forma de conocimiento a un imparable impulso de dominio. Los textos sagrados se
reinterpretaron desde una nueva luz, generando así significados diferentes
adaptados a la nueva situación. Es en este profundo movimiento creador que
surgen los nuevos conceptos decisivos para la incipiente cosmovisión. Algunos
de estos conceptos no se formulan abiertamente si no que actúan de forma
implícita, como ‘antropocentrismo’[2].
Otros, como ‘Progreso’, se hacen visibles y dominan el
pensamiento y la acción. El ser humano ya no necesita pensar en perfectas y
lejanas “Edades de Oro” ni tampoco confiar en edenes supraterrenales futuros.
El paraíso lo tiene a tocar de sus propias manos, lo puede empezar a construir
hic et nunc. A partir de ahora y gracias a su trabajo, el futuro será necesariamente
mejor que el pasado. Este impulso prometéico no cesará hasta nuestros días,
siendo una de las principales condiciones de posibilidad de la insostenibilidad
global que padecemos. Las siguientes palabras de Descartes resumen, de forma
magistral, la idea que queremos expresar aquí:
«.“[...] esas
nociones me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para
la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa enseñada en las escuelas,
es posible encontrar una práctica por medio de la cual, conociendo la fuerza y
las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de
todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como conocemos los
oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharnos del mismo modo en
todos los usos apropiados, y de esa suerte
convertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza »[3]
Situados ya en nuestros
días podemos ver cómo, a lo largo de los siglos, el capitalismo y su impulso de
dominio han ido cambiando. Desde la muerte de la ética protestante a manos de
la tarjeta de crédito, el espíritu del capitalismo cabalga a lomos del
consumismo. La dinámica aparentemente imparable de la sociedad capitalista de
consumo tiene, como eje central de su desarrollo, un impulso irrefrenable hacia
la ilimitación.
Dicha ilimitación
es además su fundamento cosmovisional primordial. Esta tendencia no es algo
totalmente nuevo ya que está íntimamente emparentada con ese impulso de dominio
del que hablábamos hace un momento. En consecuencia, este tipo de sociedad se
basa en una concepción del medio ambiente como algo infinito de lo que podemos
abastecernos sin límite. Pero la diferencia del consumismo con las etapas
anteriores del capitalismo la encontramos en que no sólo se considera a la
naturaleza como una matriz infinita de riqueza, si no que también se supone que
el mismo ser humano posee una infinita capacidad de desear. De esta manera, se
considera la persona como un ser abocado a una perpetua insaciabilidad. Este es
el primer elemento esencial del consumismo: la proliferación sin límites del
deseo. Ahora vemos como esta forma de vida tiene, en su fundamento
cosmovisional último, una incapacidad absoluta de reconocimiento de los
límites. Ha llevado la ilimitación a ser su condición de posibilidad,
de manera que se instala tanto en el interior de los individuos – el ser humano
como homo
apetens– como en el exterior – la naturaleza como un enorme
supermercado –. Una vez más hay que decir que no estamos ante un elemento nuevo
en sí mismo, las condiciones de posibilidad de esta idea se
encuentran ya en ciernes en los primeros textos de la Modernidad, como podemos
ver en el siguiente texto de Locke:
« La inquietud que siente en su interior un
hombre por la ausencia de alguna cosa que le daría placer si estuviera presente,
es aquello que denominamos deseo. Este es más o menos potente según esta
inquietud sea mas o menos ardiente. No será inútil observar, de paso, que la
inquietud es el principal, por no decir el único, motor que excita la industria
y la actividad humana.»[4]
Estos dos fundamentos de
la sociedad de mercado contemporánea – la infinitud de la naturaleza y del ser
humano – conducen inevitablemente hacia la cosificación de todo lo que existe.
Respecto al mundo nos quedó claro unas líneas más arriba, cuando
especificábamos la necesidad inherente de considerarlo como algo destinado a
satisfacer nuestras necesidades. Pero ahora también se hace patente la
cosificación humana que implica: si consideramos al ser humano como un mero
receptáculo infinito de deseo, dejamos de verlo como un fin en sí mismo para
considerarlo un recurso más del sistema. Llegados a este punto podemos decir
que se ha generado una profunda contradicción interna que hace de la nuestra
una sociedad políticamente psicótica: no puede dejar de considerar sus
principios fundamentales explícitos (Democracia, Derechos Fundamentales,
etc.) como los elementos irrenunciables que deben guiarla políticamente pero,
al mismo tiempo, no puede ponerlos efectivamente en práctica ya que son intrínsecamente
contradictorios con su estructura profunda de funcionamiento. No podemos
considerar al mismo tiempo al ser humano como un sujeto de derechos y un
recurso utilizable más. Hoy, además, hay que pensar en esta posibilidad como
algo literal que ha llegado a un extremo impensable hace apenas unos pocos
años: la biopiratería representa la relación más cosificadora que el ser humano
puede establecer consigo mismo. Así pues, la transgresión de los límites
también se lleva ahora hacia el propio interior del ser humano. Dicho de otra
manera, en una sociedad de consumo la premisa fundamental es la de que Todo lo existente
es susceptible de ser consumible. Éste “Todo”
es absoluto,
es decir, que no puede dejar fuera nada. Por lo tanto, el mismo ser humano
puede ser transformado, en su materialidad más básica, en un recurso
consumible, si existe la posibilidad de extraer beneficios de ello. Esto agrega
una segunda forma de cosificación puesto que, además de considerar al ser
humano como un ser meramente deseante, lo caracteriza definitivamente como una
materia prima más. Las biotecnologías pueden llegar a ser una interesante
fuente de beneficios para la humanidad o bien para unos pocos. El dilema
depende de si permitimos que el Mercado se erija en el único gestor social, entonces
el beneficio nunca será para la Humanidad en su conjunto.
Las necesidades del
sistema le impulsan, pues, a incrementar continuamente tanto su capacidad para
generar deseo en los individuos, como su poder de dominio y transformación de
los recursos naturales, incluido el mismo ser humano. Ahora bien, estos dos
elementos, humanidad y naturaleza, no son de ninguna manera entes infinitos. Se
produce así un choque profundo entre la necesidad del sistema de considerarlos
infinitos y su auténtica naturaleza finita. El problema fundamental de la
sostenibilidad radica en que esta contradicción no genera un simple choque
entre contrarios superable con una reforma de las políticas prácticas
(tecnológicas, económicas, etc.). Lo que se da es una contradicción
intrínseca del sistema social mismo. Una contradicción cuya
superación supone la desaparición misma de la estructura social que la ha
generado y la de sus condiciones de posibilidad:
«Las sociedades capitalistas no pueden
responder a los imperativos de la limitación del crecimiento sin abandonar su
principio de organización, puesto que la reconversión del crecimiento
capitalista espontáneo hacia un crecimiento cualitativo exigiría planificar la
producción atendiendo a los bienes de uso. En todo caso, el despliegue de las
fuerzas productivas no puede desacoplarse de la producción de valores de cambio
sin infringir la lógica del sistema»[5]
Es por este motivo que el
consumismo no se limita a ser uno de los motores del sistema económico si no
que es también una potente estrategia de poder. La necesidad de pensar en
consumir, la seducción continua ejercida por las diferentes formas de
publicidad y el endeudamiento que produce el exceso de consumo, mantienen la
sumisión de los individuos al sistema. Así pues, como ya hemos dicho, la
creación de una sociedad auténticamente sostenible y también realmente justa y
democrática, requiere superar el sistema mismo en el que estamos instalados. Un
sistema que, aparentemente, goza de buena salud y se extiende cada
más por el planeta.
Una vez vista la
estructuralidad, necesaria para el sistema, de la idea de absoluta ilimitación,
nos podemos preguntar por cómo podemos superar esta contradicción. Si, como
veíamos en el texto anterior de Habermas, la “lógica del sistema” no puede
existir sin pensar el mundo como algo transformable en valor de cambio, si la
crematística ocupa necesariamente el lugar de la oikonomia – en sentido
aristotélico – y no puede haber cambio sin cambio de sistema ¿en qué queda
nuestra capacidad de acción desde dentro de él? ¿Cómo podemos modificarlo desde
dentro? Y si no, ¿Existe un algún “afuera”? ¿Hay que cambiar la cosmovisión?
¿Es esta modificable a voluntad? O bien, ¿responde a un proceso complejo
difícilmente reconducible por la limitada capacidad humana? ¿Tenemos tiempo de
hacerlo? ... La teoría de la sostenibilidad, ha de poder enfrentarse con estas
preguntas y reflexionar sobre los límites externos
que tiende a sobrepasar el capitalismo de consumo. La bioética, por su parte,
ha de pensar en abordar los límites internos que no habría que dejar
en manos del Mercado.
[1] Aristóteles, Metafísica, Gredos, Madrid, 1987
[2] No siendo reconocibles hasta nuestros días, una vez
que entran en crisis.
[3] Descartes, R., Discurso del método, Alianza
Editorial, pp. 117 – 121, Madrid, 1979.
[4] Locke, J., Ensayo sobre el entendimiento humano,
1690, Libro II, Capítulo XX.
[5] Habermas, J., Problemas de legitimación en el
capitalismo tardío, Catedra, Madrid, 1999.
El objeto de esta comunicación es
presentar los resultados parciales de un trabajo de investigación titulado: La
violencia en los medios de comunicación. Códigos éticos y tratamiento de la
violencia en los medios de comunicación[1]. Más
específicamente, nuestro propósito es realizar un análisis de las entrevistas
realizadas a 26 profesionales de la
comunicación en relación al tratamiento informativo de los distintos tipos de violencia.
1. Introducción.
La violencia es objeto de preocupación
creciente en nuestra sociedad y constituye hoy el centro de atención preferente
por parte de unos medios de comunicación social marcados por una tendencia
creciente a la espectacularización del relato periodístico. Esto se manifiesta
en el tratamiento informativo que los profesionales de la comunicación realizan
ante diversas situaciones de conflicto: las guerras, la violencia política (o
el terrorismo), los maltratos a mujeres y niños, los desastres
naturales, etc.
En las últimas décadas, se ha producido
un importante incremento de la sensibilidad
social en relación con la violencia, especialmente la violencia física
directa. Esta sensibilidad se expresa a
muchos niveles y se constata, sobretodopación social sobre las escenas de
violencia presentes en la televisión, el cine y los videojuegos.
Los mass media, particularmente
la televisión, son como una ventana que nos pone en contacto con la
realidad de un mundo que vive una época cambiante y convulsa. No se trata de
una ventana cualquiera y colocada al azar. Es una ventana orientada a algunos
aspectos de la realidad y que tiende a destacar la existencia de determinados
hechos y esconde la realidad de otros conflictos que por diversas razones dejan
de ser el foco de atención de los medios de comunicación. De esta manera, los mass
media no reflejan de manera pasiva una realidad preexistente sino que son
activos conformadores. Es por esta razón que las empresas tienen una gran
responsabilidad a la hora de informar de los conflictos.
En los últimos años se ha producido un
debate sobre los límites de la libertad de expresión y sobre la responsabilidad
de los profesionales de la comunicación en el ejercicio de su profesional. Es
precisamente en el tratamiento informativo de los conflictos y las situaciones
de violencia que se pone de manifiesto las dificultades que tienen los periodistas
en la realización de su labor profesional.
2.
Una tipología de la violencia humana.
A continuación vamos a describir las cuatro formas de
violencia humana que ha sido objeto de análisis en el presente estudio: la
violencia física, la violencia psicológica, la violencia estructural y,
finalmente, la violencia simbólica.
a. La violencia física es un tipo de violencia
que implica el uso de la “fuerza bruta” de forma intencional y que genera en la
víctima un mal observable.
b. Podemos hablar de violencia psíquica ante
un gesto o una acción social que es contraria a la voluntad de la persona y que
ofende a su dignidad. La ofensa y el agravio personal, la desconsideración o la
descalificación forman parte de esta tipo de violencia. La violencia verbal es
el principal instrumento mediante el cual se ejerce la violencia psíquica.
c. La violencia estructural se da cuando las
personas están sometidas a unas condicionas de vida que limitan objetivamente
su libertad y se ven privadas de desarrollar sus potencialidades humanas. La
violencia estructural pone en evidencia una distribución desigual de recursos,
poderes y honores dentro de la sociedad.
d. La violencia simbólica es una forma de
control y dominación social (casi invisible) que se ejerce con la complicidad
tácita de quienes la sufren (y, también, a menudo, de los que lo ejercen).
Muchas personas interiorizan una imagen estereotipada de si mismas, asumiendo
así una posición subalterna y de dependencia. Las relaciones de dominación
tienen que ser legitimadas, reconocidas como legítimas, de manera que los
dominados se adhieran “naturalmente”, y de forma casi inconsciente y de buen
grado, al orden dominante.
Es preciso señalar que todas estos cuatro tipos de
violencia aparecen a menuda de forma relacionada. Las distintas formas de
violencia se retroalimentan entre si, dado que así como la violencia física
directa refuerza la violencia simbólica y estructural, también la violencia
estructural puede estar en el origen de la “explosión” de la violencia física.
3. La metodología de trabajo
El estudio nos ha permitido analizar el
tratamiento de la violencia que, en el contexto su práctica profesional, hacen
los profesionales de la comunicación en nuestro país[2].
En concreto, se han realizado entrevistas a 26 profesionales representativos
del mundo del periodismo vinculados a distintas empresas de la comunicación en
Cataluña.
La
selección de los profesionales se ha hecho teniendo en cuenta los siguientes
criterios:
1. El
medio informativo en el cual trabajan estos profesionales. En este caso
hemos contemplado los tres soportes en que se materializa el trabajo
periodístico: televisión, radio y prensa.
2. El
nivel de responsabilidad que tienen los profesionales de la comunicación dentro
de la empresa. En este sentido se distingue entre: a) Los profesionales con
responsabilidades de dirección general. b) Los responsables intermedios de
áreas informativas. c) Los periodistas que no tienen responsabilidades en la
jerarquía organizativa.
3. Finalmente,
hemos tenido en cuenta la especialidad que ejercen los entrevistados en distintos
campos temáticos: Política, Internacional, Sociedad, Deportes y Economía.
4. Presentación de los principales
resultados de las entrevistas
1 La
mayor parte de entrevistados identifica la violencia casi exclusivamente con la
violencia física, cosa que pone de manifiesto una escasa conciencia
social sobre otra formas de violencia como son, por ejemplo, la violencia
estructural o la violencia simbólica. Sólo algunos periodistas
entrevistados hacen mención a la violencia psíquica o a la violencia estructural (pobreza,
exclusión o discriminación social).
2 Muchos
profesionales no hablan explícitamente de la violencia y no hacen una
definición precisa de la misma. Ello nos ha obligado a realizar una (re)lectura
de las entrevistas para detectar la presencia latente de violencia en los
discursos. Es gracias a los comentarios y a los ejemplos concretos que han
aportado las personas entrevistadas que podemos inferir una determinada
concepción de la violencia e, incluso, en algunos casos una tipología tácita de
la misma.
3. No es
fácil separar las opiniones personales y las opiniones profesionales de los
periodistas. Generalmente, el discurso de los profesionales entrevistados
depende muy directamente de la condición profesional y de las preocupaciones
concretas que comporta su trabajo en el seno de una empresa de comunicación. También el estatus profesional y el grado de
responsabilidad condicionan su mirada. Parece
sintomático en este sentido que algunos profesionales hablen de varios tipos de
violencia y del grado de intensidad de la misma en función de la propia
estructura de funcionamiento de los medios de comunicación. Por ejemplo, en
algún caso se distingue la violencia presente en los espacios d’información
internacional (guerras, terrorismo) y la violencia en los espacios de
información local (delincuencia).
4. Hay
un amplio consenso al definir la noción “de información violenta” como “la
cobertura informativa de un hecho violento”. La mayoría de los profesionales
entrevistados mantienen una concepción positivista del periodismo; consideran que los relatos
periodísticos reflejan la realidad como un espejo y que el periodista ejerce
de médium o intermediario entre la “realidad” y los ciudadanos, en oposición a
la concepción del periodismo como un relato construido que tiene por objeto
acercarnos a dicha realidad.
5. La
televisión es objeto de atención y de preocupación central por parte de los
periodistas inquietos por el tratamiento mediático de la violencia. De esta
manera, “las imágenes violentas” generan una grave preocupación social también
en el seno de la profesión. Los profesionales de la prensa escrita focalizan la
discusión sobre los límites en el tratamiento de la violencia en el tratamiento
grafico: las fotografías más escabrosas son objeto constante de debate.
6. Los
periodistas son conscientes de su responsabilidad social y explicitan una serie
de dificultades en el ejercicio profesional: destacan el sentido de urgencia al
presentar la información (la inmediatez) que acelera el ritmo de trabajo, así
como la presión que genera la competición entre las empresas y la comparación
constante entre profesionales.
7. Los
periodistas expresan la dificultad que tienen en el ejercicio diario de la
profesión entre la obligación de informar sobre determinados temas y hacerlo de
manera respetuosa con las personas afectadas. Pese a las dificultades, consideran
su trabajo bastante satisfactorio, y casi unánimemente critican la explotación
morbosa del dolor y el sufrimiento humano que realizan determinados medios.
8. Los
profesionales de la misma empresa comparten generalmente unos valores y normas
de actuación. El sentido de la responsabilidad se acentúa, lógicamente, en el caso
de los directivos.
9. La
mayor parte de los profesionales considera útiles y convenientes los códigos
profesionales. Ahora bien, no hay un conocimiento muy claro y preciso de las
normativas existentes.
10.
Respeto la aplicación de un código deonotológico de obligado cumplimiento, hay reticencias en la
aplicación de una normativa estricta, puesto que se constata la dificultad de aplicar
normas de carácter general a casos concretos. Además, ciertos profesionales
consideran que cada medio tiene su sistema de autorregulación interna que ya consideran
suficiente. En definitiva hay un discurso generalizado ciertamente paradójico,
puesto que por un lado, se destaca la utilidad de los códigos deonotológico, pero de l’otra se hace notar la dificultad real
de su aplicación. Al fin y al cabo pone de manifiesto ciertas resistencias a
cualquier medida que sea percibida como una intromisión externa al mismo campo
profesional.
6. Bibliografía
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SPARKS, R. Television and the Drama of Crime: Moral Tales and the Place Crime and
Public Life. Buckingham,
Integrar los
derechos humanos en el negocio no es algo externo, ni consiste en crear un
nuevo departamento estanco en la empresa. Al igual que la política de RSE, la estrategia
de derechos humanos tampoco se refiere a acciones de filantropía o de acción
social sino que consiste en considerar los derechos humanos en la toma de
decisiones incorporándolos a la gestión de los procesos y contenidos
empresariales diarios teniendo en especial consideración nuestras actividades
en el exterior.
El poder, real o
percibido, de las empresas les ha conferido determinadas responsabilidades en el ámbito de los derechos humanos y
así lo afirma
En el ámbito de los
derechos humanos, la empresa no es sólo responsable de aplicar la normativa financiera,
laboral o medio ambiental pertinente sino que es responsable de cualquier impacto que pueda conllevar su
actividad en los derechos humanos de determinados stakeholders, especialmente
en aquellos países en los que los estándares legales de protección son
deficientes. La empresa debe evitar cualquier actividad que, por acción o por
omisión, pueda conllevar alguna violación importante de los derechos humanos en
su esfera de influencia. No es, por lo tanto, ajenas a las circunstancias en
las que realiza sus actividades sino que tiene que solventar sus posibles
impactos negativos en los derechos humanos con la diligencia debida y a la vez
adoptar, cuando sea posible, una postura propositiva en favor de la promoción
de éstos en su área de influencia, tal y como nos recuerda el principio 1 del
Pacto Mundial.
¿Y respecto a qué derechos humanos es responsable la
empresa?
Como hemos visto
anteriormente, la empresa no determina únicamente los derechos laborales de sus
empleados sino que puede tener un impacto en muchos más derechos en el caso de
determinados stakeholders. Puede
influir negativamente en el derecho a la alimentación de las comunidades
locales si no desarrolla, por ejemplo, una política medioambiental adecuada. De
la misma manera puede impactar en los derechos civiles y políticos de los
ciudadanos si permite determinadas prácticas abusivas por parte de sus
servicios de seguridad o puede facilitar la explotación laboral infantil en
determinados países si no paga salarios dignos o precariza el trabajo de los/las
padres/madres de familia que subcontrata en su cadena de aprovisionamiento.

La empresa puede generar
un impacto directo en los derechos
humanos de sus stakeholders en todas aquellas acciones relacionadas
con la actividad principal de la empresa. No hay que olvidar, sin embargo, que la
empresa puede generar también un impacto mediante terceros, principalmente a través de socios comerciales, de su
cadena de suministro o de empresas subcontratadas. A través de los contratos
con dichas empresas se puede fomentar activamente determinados derechos o al
contrario afectar negativamente los derechos de empleados o comunidades locales
de manera significativa si no incluimos, por ejemplo, condicionantes de seguridad,
medio ambientales o sociales o si se presiona excesivamente a la baja el precio
del producto.
Para saber más:
-Mullerat R. (Ed.),
Corporate Social Responsability. The Corporate
Governance of the 21st Century. Kluwer
Law, 2005.
-Andrew Kuper y Peter Singer, Global Responsabilities: Who must deliver on Human Rights,
Routledege, 2005.
-Lene Bomann-Larsen y Oddny Wiggen (Ed.), Responsibility in World Business: Managing
Harmful Side-effects of Corporate Activity, United Nations University
Press, 2004.
-Tom Campbell y Seumas Miller (Ed.), Human Rights and the Moral Responsabilities
of Corporate and Public Sector Organisations, Kluwer, 2004.
-Pacto Mundial y
Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Embedding Human Rights in Business Practice,
Naciones Unidas, 2004.
-Claude Fussler, Aron Cramer y Sabastian van de Vegt
(Ed.), Raising the Bar. Creating Value
with the United Nations Global Compact, Greenleaf, 2004.
-Radu Mares (Ed.), Business
and Human Rights, Nijhoff, 2004.
-Rory Sullivan (Ed.), Business and Human Rights.
Dilemas and Solutions, Greenleaf Publishing, Sheffield, 2003.
-Margaret Jungk, Deciding
Wether to do Business in States with Bad Governments, Danish Center for
Human Rights, 2001.
Esta comunicación presenta las
características de líderes y liderazgos responsables. Se parte de la realidad
plural del liderazgo donde sería más propio referirse a “liderazgos” en vez de “liderazgo”
y defiende la posibilidad de que, a través de liderazgos responsables, se puede
encontrar nexos en común entre las distintas maneras de ejercer el liderazgo.
Los liderazgos responsables deberían ser el sustrato antropológico para
cualquier liderazgo.
Palabras
claves: líderes, liderazgos y responsabilidad.
________________________________________________________________
En la
amplísima literatura sobre el liderazgo, es bastante frecuente referirse a este
fenómeno en singular. Tiene su razón de ser porque así se puede acotar mejor la
caracterización de un tipo determinado de liderazgo. El esfuerzo de años de
investigación y estudio sobre el liderazgo ha ido mostrando distintas maneras
de ejercer el liderazgo. No es extraño, pues, que si a un hombre o mujer de
empresa, con experiencia de algunos años, se le preguntase sobre el liderazgo
ejercido en su organización respondiera, por ejemplo, con alguno de estos
calificativos “transformacional”, “personalista”, “carismático”, “autoritario”,
“relacional”... y un largo etcétera. Una vez más, es importante subrayar que el
liderazgo lo ejerce, básicamente una persona porque no quisiéramos obviar el
liderazgo de equipos o el liderazgo compartido. Pero, habitualmente, es una
persona la que ejerce el liderazgo sobre otras personas. Por otro lado, como se
sabe bien, no hay liderazgo sin seguidores. También, quisiéramos puntualizar
que si bien es cierto que el liderazgo en puestos de alta dirección es fundamental,
tampoco podemos obviar el liderazgo que se dan en distintos niveles de la
organización.
Los liderazgos
responsables, en el momento de ejercerse, habrán de tener en cuenta tres
consideraciones fundamentales. Primera, si todo liderazgo lo ejerce una
persona, esa misma persona deberá
calibrar bien el “peso” de su personalidad. Segunda, si el liderazgo se ejerce
de una persona hacia otras personas, los liderazgos responsables considerarán
las distintas personas a liderar. La tercera consideración atañe a la
organización y la propia empresa. Si se tienen en cuenta estas tres variables,
quizás, sí se pueda hacer referencia a una manera de ejercer el liderazgo. Pero
la complejidad del momento actúa deberá llevar a los líderes responsables a
saber manejar distintos liderazgos según la realidad de la empresa. Aceptemos
como válido que el líder, en su proceder básico, se incline por un determinado liderazgo pero
éste, necesariamente, deberá ir acompañado por otras maneras de ejercer el
liderazgo que tengan en cuenta las variables mencionadas.
La posible
respuesta a la pregunta planteada al iniciar este primer apartado -¿liderazgo o
liderazgos?-, nos aproximaría a “liderazgos”. El líder responsable sabe en qué
liderazgo está centrado y, además, se maneja bien con una variedad de liderazgos
en función de las circunstancias. Ejercer, sistemáticamente, un único liderazgo
es reducir la complejidad de un fenómeno crucial para cualquier empresa. Si se
acepta esta premisa y para mantener la coherencia de acción, se encuentra, al
menos teóricamente, un sustrato común a los diferentes liderazgos. Ese nexo
común a distintos liderazgos sería la “responsabilidad”. Si se ejerciera, por
ejemplo, básicamente un liderazgo “transformacional” y, en otras ocasiones, en
función de las personas y las necesidades de la empresa, un liderazgo
“relacional”, el nexo de unión entre uno y otro –el sustrato común a ambos-
sería el “liderazgo responsable”. De manera, aún, más precisa: cualquier
liderazgo ha de ser un liderazgo responsable. Por tanto, y siguiendo con el
mismo ejemplo, el liderazgo “transformacional” también ha de ser “liderazgo
responsable” como, así mismo, lo tiene que ser el liderazgo “relacional”. Sólo
el liderazgo -con el calificativo que se le quiera añadir- que mantenga, en su
raíz, la responsabilidad es tal liderazgo. ¿En qué consistirían, entonces, los
liderazgos responsables? En dar respuesta, desde la
ética, a cuatro estimaciones. Primera, los líderes responsables deben responder
ante sí mismos. Segunda, los líderes responden ante sus colaboradores más
inmediatos. Tercera: los líderes responden (y se responsabilizan) ante la
organización y cuarta, dan cumplida respuesta ante la sociedad.
2. El
componente “persona”
En el ejercicio
de los liderazgos la persona tiene un papel fundamental. La persona, en cuanto
tal, es esencial para cualquier organización humana y la empresa aunque, en
ocasiones, no se la tenga en cuenta, también, lo es. La cuestión de la
“persona” atañe tanto al líder como a sus seguidores: todos son personas. Pero
la persona como saben los responsables
de la dirección de personas en las empresas es una realidad que nunca se abarca
del todo.
El hecho de que
un líder ejerza, esencialmente, un determinado tipo de liderazgo tendrá que ver
con su propia persona y personalidad. Aunque encontramos algunos autores como
Farkas y Wetlaufer[1] que, en parte con razón,
entienden que “el liderazgo es un estilo de gestión coherente y explícito, no
un reflejo de un estilo personal”. Nuestro convencimiento,
sin embargo, es que el componente “persona”,
en el líder, influye en la manera de ejercer su liderazgo. Lo que desconocemos
es cuánto influye. Hay líderes que de suyo parecen, por ejemplo, más
“carismáticos” o más “serviciales” pero liderazgo es, como apuntan muy bien
Quintanilla, Sánchez-Runde y Cardona[2],
un fenómeno de “una gran ambigüedad y complejidad. Básicamente, se nos escapa
de entre los dedos”.
Sin
embargo, se podría decir que la primera
característica de los liderazgos responsables es el autoconocimiento. La
persona que lidera deber poseer un alto conocimiento de sí mismo, de sus
fortalezas y debilidades. Conociendo sus propios límites estará en condiciones
de liderar, con mayores garantías, a la empresa. Si el líder conoce bien sus
limitaciones y tiene la suficiente humildad para “re”conocerlas tendrá, por
ejemplo, mayores posibilidades de construir equipos de colaboradores que
lleguen donde él no alcanza. Además de la humildad, de tocar con los pies en el
suelo, es necesaria la sinceridad con uno mismo, sin caer en el autoengaño por
“engolamiento” de los éxitos que se puedan lograr.
Los liderazgos
responsables se ejercen desde la exigencia estricta de sí mismo en relación al
propio trabajo. Ser exigente consigo mismo, desde la más absoluta dedicación (y
discreción), es la primera manera de despertar en los demás el respeto
imprescindible para liderar desde la responsabilidad. El autoconocimiento
personal es, pues, la primera característica para liderar dado que es la base
para el autoliderazgo. Sigue siendo válida la afirmación de que “sólo quien se
lidera a sí mismo es capaz de liderar a los demás”. Los liderazgos responsables empiezan con el
liderazgo responsable de uno mismo.
La segunda
característica es la educación permanente. Todo líder ha de tener una base de
preparación, seguramente, consolidada en los años de formación universitaria. A
esta formación “académica”, se le podrá añadir el aprendizaje que ha ido
adquiriendo con la experiencia de años de trabajo. De esta manera, los líderes
responsables han mantenido a lo largo de su trayectoria profesional, una
disposición abierta siempre a aprender. Los líderes responsables saben que no
lo saben todo y necesitan del conocimiento de los demás para crecer y hacer
crecer a la empresa. Los líderes responsables aprenden, diariamente, con su
trabajo y lo entienden como fuente inagotable de conocimiento. Tienen la
capacidad de sacar conclusiones de los errores cometidos y el carácter
imprescindible para mirar hacia adelante. De hecho, convierten los errores de
hoy, en oportunidades para el mañana. Pero, además, mantienen una voluntad intacta de educación
constante, siguen estudiando, mantienen vivas sus inquietudes para seguir
creciendo personalmente y, así, poder aportar mayor valor a la propia empresa.
Sabemos que el
término “formación” es el utilizado habitualmente cuando se abordan este tipo
de cuestiones en las empresas, pero creemos que
tiene un componente “externo”, sin duda valioso, pero en el que difícilmente
encontramos los elementos “internos” propios de la persona que hacen que ésta
elabore internamente y extraiga hacia fuera lo mejor de sí misma. Si se quiere,
es un simple matiz pero nos parece importante. La educación tiene un componente
interno para la persona que en la formación, normalmente, no se produce dado su
habitual carácter externo. Por eso, el líder responsable más que formarse se
educa permanentemente y más que formar a los demás, educa a los demás. Sin
embargo como, acertadamente afirma Álvarez de Món[3],
“si quieres educar, edúcate”. Los liderazgos responsables se ejercen desde la
educación perseverante de los líderes, dedicando parte de su tiempo y esfuerzo
para seguir educándose y, posteriormente, estar en condiciones de educar a los
demás. Seguramente, no con grandes declaraciones si no a través del ejemplo del
trabajo diario.
La tercera
característica de los liderazgos responsables es que se dirigen hacia personas.
El líder responsable sabe que todas las personas no son iguales y que, por
tanto, requieren de distintos liderazgos. Esto exige a los líderes responsables,
no sólo un conocimiento de sí mismos, sino un conocimiento de personas. Los
líderes responsables conocen las fortalezas y debilidades de sus colaboradores
y los lidera desde ese conocimiento. Supone un esfuerzo porque han de estar
atentos a la manera de trabajar de sus colaboradores. También, desde la
habilidad y competencia suficiente para saber, en cada circunstancia y con la
singularidad (y unicidad) que supone cada persona, qué liderazgo puede ser el
más adecuado para ejercer con aquella persona y en unas circunstancias
determinadas. Los liderazgos responsables se ejercen desde la moderación, desde
el justo medio, con los criterios suficientes para responder con el tipo de
liderazgo necesario en cada ocasión. La prudencia rige la conveniencia de un
tipo liderazgo u otro. Por todo ello, los líderes responsables no sólo deben prepararse para
distintos liderazgos sino que deben tener conocimiento de la situación de las
personas y del conjunto de la empresa.
3. La
empresa como organización de personas.
En estos tiempos
de constantes cambios, poco a poco, van emergiendo distintos modelos de
empresa. Si observamos, atentamente, el entorno empresarial nos daremos cuenta
de cómo en el funcionamiento de las empresas subyacen distintas maneras de
hacer empresa. Uno de los modelos para este siglo XXI, será el de aquellas
empresas que, efectivamente,
entiendan a la empresa como una organización de personas y sitúen a las
personas en el corazón, centro –cuore, core- de la misma. Aquellas
máximas repetidas tanto -hasta la saciedad- y que se convirtieron en afirmaciones políticamente correctas como la
de que las “personas son nuestro activo fundamental”, “el capital humano de la
empresa es decisivo para nuestra empresa” o afirmaciones de calibre parecido,
en las empresas que funcionan como una organización de personas deja de ser una
declaración de intenciones para hacerla, día a día, realidad. Sin embargo, en
los últimos tiempos, son cada vez más numerosas las declaraciones de
empresarios, directivos y organizaciones sindicales que enfatizan las personas
como elemento “diferencial” de la empresa.
La apuesta es por
una empresa entendida como organización de personas donde la relación que se
establece con las personas se sostiene, en primer término, desde el escrupuloso
respeto por la legalidad vigente. En segundo término, se “va más allá” de la
legalidad apostando por una empresa ética mediante unos valores específicos que
cada empresa decide y que están enfocados hacia las personas de la empresa y el
conjunto de la organización. En tercera instancia, se vinculan estos valores
éticos a valores sociales. Así, poco a poco, se ponen de relieve algunas de las
características de una empresa responsable que, sintetizando mucho, se podrían
concretar en tres características. Primera característica: sitúa de facto a
las personas en el centro de la organización. Segunda: decide unos valores
éticos a través de la cultura empresarial que se concretan internamente y que
tienen trascendencia en la vinculación de la empresa cono todas las partes
implicadas dentro y fuera de la misma. Tercera característica: se decide, desde
la empresa voluntaria y libremente, los valores sociales para imbricarse con la
sociedad. En estas tres características, la determinación de la dirección es fundamental.
Los liderazgos
responsables empujarían en la dirección de construir organizaciones donde las
personas están en el centro desde la convicción que este modelo de empresa
redundan positivamente en la organización y en el conjunto de la sociedad. Los
liderazgos responsables hacen este esfuerzo por impulsar una organización
humana centrada en las personas y tienen en cuenta el “peso” de las personas en
y para la empresa. Los liderazgos responsables sitúan a las personas en el centro de la
organización.
Los
liderazgos responsables son, también, liderazgos eficaces. La eficacia en los
liderazgos significa que los líderes, como han señalado Yukl y Lepsinger[4],
ejercen su liderazgo en base a tres pilares: “focus in what is really
important”, “maintain self-awarenes” y “perserve personal integrity”. Donde
estar “enfocado” en lo que es, realmente, importante significa proactividad en
el comportamiento y que las acciones estén guiadas por prioridades y objetivos
claros. El segundo pilar, el conocerse a uno mismo –el autoconocimiento que
señalábamos en líneas precedentes- implicaría conocer las propias habilidades y
el propio comportamiento. El
tercer pilar, preservar la integridad, es fundamental ya que “without
integrity, a leader is unlikely to retain the trust, royalty, and support of
people whose cooperation is essential. Integrity means that a person is honest,
ethical, and trustworthy”.[5]
La eficacia de los liderazgos responsables
deberá tener en cuenta la integridad personal de acción, la confianza y la
transmisión de esta confianza a través de las acciones. Sintetizando: los liderazgos responsables son
liderazgos de acción de personas hacia una organización que es organización de
personas: la empresa.
[1]Farkas, C. M., y Wetlaufer, S., “Los
sistemas de liderazgo de los consejeros delegados” en Harvard Deusto Business
Review, Liderazgo, p. 124.
[2]QUINTANILLA, J., SÁNCHEZ-RUNDE, C.,
CARDONA, P., Competencias de la Dirección de Personas. Un análisis desde la
Alta Dirección, Madrid, Pearson Educación
- Fundipe, 2004, p. 17.
[3]ÁLVAREZ DE MÓN, S., “El líder en la
empresa y la sociedad: cultura, valores y cambio” en VARIOS, Paradigmas del
Liderazgo, Madrid, McGraw-Hill - IESE, 2001, p. 174.
[4]YUKL, G., y
LEPSINGER, R., Flexible Leadership. Creating Value by Balancing Multiple Challenges and Choices,
[5]YUKL, G., y
LEPSINGER, R., Flexible Leadership. Creating Value by Balancing Multiple Challenges and Choices,
En esta
comunicación desearía destacar la función de la empresa como agente social, lo
que significa concebirla como parte integrante de un conjunto más amplio
compuesto por la totalidad de la sociedad. Para llevar a cabo esta labor me
referiré a ciertas nociones e ideas que el filósofo francés André
Comte-Sponville esgrime al respecto. La decisión de traerlas a colación
responde a la intención de escapar a las visiones irreconciliables que, por un
lado censuran la acción empresarial al creerla nociva para la sociedad y, por
otro simplemente se encargan de enaltecer los logros empresariales como si
fueran la cumbre definitiva de la acción
humana. Pienso que entre ambas posiciones hay un gran abanico de
interpretaciones y es este espacio intermedio el que parece más interesante de
transitar, si se pretende justificar a la empresa como agente imbricado en la
dinámica de la comunidad.
El
motivo por el que he decidido centrarme en el valor social de la empresa, se
fija al haber detectado el fehaciente interés, por no pocas corporaciones, de
suavizar su imagen empresarial, mostrando un interés abierto por lo acontecido
en la sociedad que las acoge. Existe una aproximación hacia los valores
sociales. Podemos tomar un ejemplo ilustrativo al fijarnos en las actividades
que las cajas de ahorro, destinan a la labor social, así “La Caixa” desarrolla
proyectos específicos dirigidos al análisis e intervención de los más diversas
problemáticas sociales (desde acercamiento a las culturas urbanas, hasta la
integración de inmigrantes en la dinámica comunitaria que les acoge, y en la
cual residen) Lo atractivo de este giro se centra en descubrir los valores que
han impulsado el cambio de actitud y no tanto en justificar o reprobar las
acciones mismas, puesto que ellas quedan ya sometidas al contexto legal en el
que se dan. Desde posicionamientos éticos es fácil atacar o defender la acción
empresarial, según sea la finalidad que se pretenda obtener, pero ello no añade
nada a la acción misma, si se sustituye carácter de fundamentación racional,
por una especie de dogma de fe. Quizá si observamos la actividad desarrollada por la empresa, como originada
desde la intención seria de poder disfrutar de las ventajas que el espacio
común ofrece podamos descubrir que, pese a los intereses ocultos que puedan
existir (en la empresa: encontrar menos resistencia a la hora de llevar a cabo
su crecimiento; en la sociedad: aprovechar los productos que la empresa ofrece)
todo acercamiento entre posiciones enfrentadas es siempre provechoso, pues
supone un abandono de los patrones autoritarios rígidos, y por tanto cerrados
al diálogo.
La empresa
participa de los intereses sociales:
Para comenzar con
el desarrollo del tema, he elegido ciertas ideas en torno a la visión social
que Comte-Sponville perfila, creyendo que ayudarán a crear el marco de discurso
necesario para asentar, de modo equilibrado, la compleja percepción de la
empresa como agente social.
El pensador francés reconoce un
retorno a lo moral[1],
en el modo en que se llevan a cabo y se interpretan las acciones humanas,
aunque ello no significa propiamente que la gente sea más virtuosa sino que se
habla más de moral. No obstante esboza una definición de moral entendiéndola
como: el conjunto de nuestros deberes (obligaciones y prohibiciones
auto-impuestos) fijados sólidamente sin esperar castigo o recompensa alguna. De
modo genérico valdría apuntar que la moral, así entendida, es la suma de lo que
vale para una conciencia de forma incondicionada. Pero este orden moral no
sirve por sí mismo para analizar lo acontecido en la sociedad, sino que debe
cumplimentarse con un orden tecno-científico (o económico-laboral), uno
jurídico-político y, el más importante según este pensador: el orden ético, en
el que todo se realiza desde el amor[2],
concebido como voluntad de acercamiento, imprescindible para definir tanto
campos de reglamentación, como para asumir y llevar a cabo los diferentes
códigos deontológicos. La necesidad de este orden queda justificada si
acentuamos la función motivadora que desempeña sobre los otros tres órdenes.
Desde el orden ético se entiende el avance científico y empresarial, la
creación de legislaciones y la existencia de deberes impuestos desde la
autonomía racional. Desde el orden ético podemos entender la aproximación de la
empresa a la sociedad.
La actividad económica desarrollada
por la empresa, posee una característica básica que le permite estrechar
posiciones con respecto a la sociedad,
ésta consiste en no pedir a los individuos nada distinto de lo que son,
no les trata como a extraños. Si bien la empresa puede llegar a entenderse como
un ente abstracto, no hay duda que su composición está creada por (y para)
seres humanos, son ellos los que efectúan las acciones, son ellos los gestores
y receptores de sus propias acciones. Así, si la empresa se acerca a la
sociedad es porque desea conectar con el resto de figuras sociales. Lo que en
definitiva se persigue es una apertura comunicativa entre personas que
entienden la necesidad de mirar hacia
fuera de sí, para no perder el rumbo de sus objetivos. El empresario interpreta
al ciudadano como un inter-locutor válido. De hecho, sin él su actividad no sólo
no tendría sentido económico (perdería la clientela), sino que simplemente no
tendría significado en sentido lato, ya que se obviaría a una parte imprescindible del proceso
comunicativo. Si los directivos se centran en el objeto producido (en el mensaje)
y desatienden el cuidado del individuo
(receptor) se incurre en un monólogo estéril. A esto hay que añadir los
múltiples factores que intervienen en el proceso comunicativo, tales como el
contexto en el que se posibilita (o no)
así como la existencia de influencias externas al propio contexto que
podrían hacer variar la relación entre las partes integrantes en el proceso.
Existe
un grado elevado de intereses que pueden satisfacerse por ambas partes al
entrar en inter-acción, de modo que resultaría inane enjuiciar el mero hecho de
apertura, como si de una traición hacia
los valores acordados se tratara (pero lo acordado no tiene porque tener
perpetua validez inmodificable). Por tanto, el acercamiento entre empresa y
sociedad no se realiza al margen de los valores, sino más bien al contrario,
exige un alto grado de responsabilidad (valor éste, sobre el que se asienta
cualquier acción que pretenda alcanzar el calificativo de racional) de una
responsabilidad compartida, para establecer medidas que faciliten la
correspondencia de intereses, la co-responsabilidad. La responsabilidad, así
concebida, consiste en poder tomar una decisión pese a las dudas y
complejidades propias del acto de aproximación, lo que obliga a hacer hincapié
en que nadie puede elegir por otro, ya que toda elección es personal. “Nadie
puede asumirla sino completamente solo y universalmente”[3].
Ello no impide que no se puedan tomar decisiones en equipo, como sucede en la
empresa o en diferentes ámbitos sociales, pero lo que no puede acontecer es que
un equipo descargue a alguno de sus miembros de la responsabilidad que ha
adquirido.
La
actividad empresarial interpretada en clave de responsabilidad, no se mueve de
acuerdo a impulsos descontrolados en busca de beneficios inmediatos a costa de
la sociedad, sino que posee una escucha y comunicación abierta con el fin de
aproximar sus intereses particulares a los más generales, demandados por la
sociedad, sin que ello devenga en la pérdida completa de objetivos
unilaterales. A ello añade el pensador francés que: “Ninguna empresa está
interesada en trabajar en un medio ambiente arrasado, ni en un cuerpo social en
descomposición”[4].
Quizá parte del problema resultante del
encuentro entre empresa y sociedad, surge de intentar dar soluciones que buscan
poner al ser humano en el centro de la empresa, como si la empresa fuese un
receptáculo deshumanizado que necesitara retomar el valor prístino del hombre,
entendiéndolo como una especie de reminiscencia pura y bienintencionada. No
creo que éste sea este el camino a seguir, más bien hay que centrar esfuerzos
en advertir que la empresa se compone de individuos activos y con capacidades
éticas. La propuesta atractiva sería la de situar como interés central del ser
humano al ser humano mismo, al margen de la función laboral o rol social desarrollado
por él. Dentro de esta propuesta, el orden ético alcanza valía al fundamentarse
en el amor como capacidad para desear estar junto al otro (cercanía física) y
permitir vehicular la acción del ser humano entre los diferentes ámbitos en los
que se expresa, permitiendo el flujo abierto entre los órdenes que conforman la
estructura social. Esta concepción del amor impone una perspectiva vitalista,
abierta a la cercanía de lo otro que no soy yo. Una aproximación corporal en la
que los interlocutores tienen rostro y ojos a los que mirarse.
Al observar la relación entre empresa y
comunidad es lícito entender que la primera
pueda identificarse en el papel de agente social, pues si bien la
búsqueda de beneficios económicos sigue intacta y controlada por la legislación
correspondiente, ello no supone que
dentro de un espacio más amplio de intereses la empresa no considere valorar el
beneficio humano contenido en su apertura hacia la sociedad. Decir lo contrario
sería negar que la empresa efectúa diferentes actos enfocados a la inversión
social, sin que ello suponga ser una entrega de limosna, sino que es resultado de la toma de conciencia de saberse
parte de un entramado común, en el que cada agente (individuo o persona moral
con capacidad de acción y reflexión) toma iniciativas que redundan en el
espacio colectivo. La empresa es capaz de activar patronazgos a instituciones
educativas, eventos de carácter deportivo, contribuciones económicas a ONGs e
incluso ofrecer apoyo estructural en fiestas patronales. Por supuesto, detrás
de estos gestos se esconden intenciones nada peregrinas como puedan ser: el
desarrollo de una campaña de difusión publicitaria, la re-orientación de
capital que necesita circular al margen del contexto empresarial o, incluso,
llevar a cabo “un lavado de imagen” que subsane cierto daño provocado por su
actividad sobre un bien de la comunidad (ej: empresa química que contamina los
caudales fluviales). Pero criticar esto diciendo que la empresa sólo busca el beneficio económico no es nada
relevante, ya que no deja de ser una simple opinión carente de fuerza, es
decir, no aporta ningún elemento
argumentativo racional por el que se pueda iniciar un cambio de
situación, por leve que éste sea.
Para
salir de la circularidad propia de los foros en los que se habla sobre la
impiedad empresarial en su relación con la sociedad, quisiera recordar que la
articulación de contenidos dentro del presente texto destaca el valor de la
responsabilidad, advirtiendo que su centralidad permite escapar de la mera aprobación
o reprobación de la inmersión social, llevada a efecto por parte de la empresa.
Lo que supone ser conscientes de la estructura por medio de la cual la empresa
– los directivos que toman las decisiones- se siente responsable de las
acciones que acomete, tras haber elegido
ante las diferentes opciones, de acuerdo al abanico de normas sociales,
morales, legales o religiosas que guían la acción humana, incluso dentro de la
misma empresa. Todo ello desemboca en asumir su responsabilidad ante el
conjunto social, al quedar éste directamente afectado por las decisiones
adoptadas desde el seno de la corporación, ya sea una reducción de plantilla,
un abaratamiento de los productos o una fusión entre empresas del mismo sector.
Centrando
el concepto de responsabilidad en un marco político-social, podemos
aproximarnos a la definición que El
Libro Verde de
Un
ejemplo claro de este posicionamiento podemos encontrarlo en la publicación
“Making Good Business Sense” redactada por The World Council for Sustainable
Development (WCSD)[6],
en la que se define la responsabilidad social empresarial como el continuo
compromiso por parte de la empresa, de obrar de manera ética a la par que
contribuye al desarrollo económico, buscando una mejor calidad de vida de los
que componen su fuerza de trabajo y de sus familias, así como de la comunidad
local y del conjunto total de la sociedad.
Este
re-direccionamiento del sector privado empresarial debería acompañarse de
esfuerzos que fueran en la misma línea, por parte de gobiernos y demás
instituciones implicadas en el desarrollo social para que la labor fuera
efectiva y concreta y, no sólo una promesa atractiva puesta sobre la mesa con
la única intención de sacar réditos económicos.
[1] Comte-Sponville, André: El capitalismo, ¿es moral?; Barcelona, Paidós: 2004.
[2] Op. Cit. Pag. 78.
[3] Op. Cit. Pág. 133.
[4] Op. Cit. Pág. 194.
[5] Fomentar un
marco europeo para
[6] The World Council for Sustainable Development es una
coalición compuesta por 175 empresas internacionales (procedentes de 35 paises
diferentes) unidas para compartir el compromiso sobre un desarrollo sostenible,
apoyándose en tres pilares básicos: crecimiento económico, equilibrio ecológico
y progreso social.
1. El principio
de autonomía
En las definiciones del principio de autonomía veremos que hay diferencias
sustantivas en lo que hace referencia a su contenido.
a) Definiciones del principio
TOM L.
BEAUCHAMP Y JAMES F. CHILDRESS
Autonomía
personal:
“Regulación
personal de uno mismo, libre, sin interferencias externas que puedan controlar,
y sin limitaciones personales que impidan hacer una elección. Una persona actúa
libremente de acuerdo con un plan elegido.”
Acciones
autónomas:
“Las
acciones autónomas se analizan en función de sus agentes, los cuales actuarán:
a) intencionadamente; b) con conocimiento; y c) con ausencia de influencias
externas que pretendan controlar y determinar el acto.”
Principio
de respeto a la autonomía:
“Ser
autónomo no es lo mismo que ser respetado como agente autónomo. Respetar a un
agente autónomo implica, como mínimo, asumir su derecho a tener opiniones
propias, a elegir y a realizar acciones basadas tanto en sus valores como en
sus creencias personales. Este respeto debe ser activo, y no simplemente una
actitud. Implica no sólo la obligación de no intervenir en los asuntos de otras
personas, sino también la de asegurar las condiciones necesarias para que su
elección sea autónoma.”
“El
principio de respeto a la autonomía se puede formular negativamente: las
acciones autónomas no deben ser controladas ni limitadas por otros. Este
principio plantea una obligación amplia y abstracta que no permite cláusulas de
excepción, como por ejemplo “debemos respetar los puntos de vista y derechos
del resto de las personas, siempre que sus ideas y acciones no supongan un
grave perjuicio para otros.” [...] Podemos ahora considerar las exigencias
afirmativas del principio, concretamente la obligación positiva de ser
respetuoso ofreciendo información y favoreciendo la toma de decisiones autónomas.
(...) Muchos actos autónomos no serían posibles sin la cooperación activa de
otros que permita que las opciones sean viables. Respetar la autonomía obliga
los profesionales a informar, a buscar y asegurar la comprensión y la
voluntariedad y a fomentar la toma de decisiones adecuada.”
DIEGO GRACIA
Autonomía como
acto de elección autónoma:
"La
autonomía puede ser considerada una facultad o condición sustantiva de la
realidad humana; pero puede también ser vista, de modo más simple, como un
acto, el acto de elección autónoma. Esta última definición de autonomía es la
que ahora interesa, no sólo porque resulta más simple sino además porque tiene
mayor operatividad. Las personas autónomas pueden hacer y de hecho hacen
elecciones no autónomas; y, por el contrario, las personas no autónomas son
capaces de realizar acciones autónomas en ciertos momentos y hasta cierto
grado.
Faden
y Beauchamp piensan que las acciones son autónomas cuando cumplen tres
condiciones:
"intencionalidad", "conocimiento" y "ausencia
de control externo". Por tanto, puede formularse la siguiente definición:
X actúa autónomamente sólo si X actúa 1) con intencionalidad, 2) con
conocimiento, y 3) sin control externo."
Autonomía:
"Por
autonomía se entiende en bioética la capacidad de realizar actos con
conocimiento de causa y sin coacción."7
H. TRISTRAM
ENGELHARDT
Principio de
autonomía como principio de permiso:
“El
principio de permiso fundamenta la moralidad del respeto mutuo, ya que exige
que sólo se utilice a otras personas si éstas dan previamente su consentimiento
(...) El principio de permiso muestra que no se debe utilizar a los pacientes
como simples medios para un fin.”
El principio de
permiso:
“La
autoridad de las acciones que implican a otros en una sociedad pluralista
secular tiene su origen en el permiso de éstos. Como consecuencia,
b)
Análisis comparativo
1) Persona autónoma, respeto a la autonomía y
acción autónoma
Beauchamp y Childress, como hacía el Informe Belmont,
mantienen la distinción entre “autonomía personal” y “respeto a la autonomía”,
pero lo que realmente les interesa es definir las condiciones que debe cumplir
una acción para que sea considerada autónoma (intencionalidad, conocimiento,
ausencia de interferencias externas). D. Gracia se suma a la simplificación de
los americanos.
Beauchamp y Childress también consideran que el principio
de respeto a la autonomía consiste en una doble tarea: no controlar ni limitar
las acciones de otros y ofrecer información para favorecer una toma de
decisiones autónoma.
2) Autonomía entendida como principio de permiso
Engelhardt no se detiene a definir la autonomía o la
acción autónoma, da por hecho que la persona tiene el derecho fundamental a autodeterminarse;
lo que él plantea es la autoridad de las acciones que implican a otras personas,
y afirma que si una acción (hacia otro) no cuenta con el permiso o
consentimiento de éste no hay autoridad para llevarla a cabo. La autoridad o
acción adecuada tiene que ser fruto de un proceso de negociación.
2. El principio
de beneficencia
Veremos también en este apartado que a
la hora de describir el principio de beneficencia tampoco hay unanimidad.
a)
Definiciones del principio
TOM L.
BEAUCHAMP Y JAMES F. CHILDRESS
Principio
de beneficencia:
“El
principio de beneficencia se refiere a la obligación moral de actuar en
beneficio de otros. Muchos actos de beneficencia son obligatorios, pero un
principio de beneficencia, tal y como nosotros lo entendemos, impone una
obligación de ayudar a otros a promover sus importantes y legítimos intereses.”
Principio de
utilidad:
“El
principio de utilidad es una prolongación esencial del principio de
beneficencia positiva. [...] El principio de utilidad no es idéntico, en
nuestro análisis, al clásico principio utilitarista de utilidad, que es un
principio absoluto o preeminente. Nuestro principio no debe ser interpretado
como el único principio de la ética ni como el que justifica o el que domina a
todos los demás principios. Se encuentra entre un número de principios prima
facie. Este principio también se limita a sospesar beneficios, riesgos y costes
(resultados de acciones), y no determina el equilibrio conjunto de las
obligaciones.”
DIEGO GRACIA
Beneficencia no
paternalista:
"Una
beneficencia no paternalista es aquella que intenta hacer el bien o ayudar a
los demás en sus necesidades, siempre que ellos voluntariamente lo pidan o lo
acepten. Por tanto, en las personas adultas y responsables este principio nunca
permite hacer el bien o ayudar sin el “consentimiento informado”.
Beneficencia
y autonomía:
"El
principio de beneficencia es inseparable del de autonomía. [...] Lo beneficioso
lo es siempre para mí y en esta situación concreta, razón, por la cual es
incomprensible separado de la autonomía. No se puede hacer el bien a otro en
contra de su voluntad, aunque sí estamos obligados a no hacerle mal.”
H. TRISTRAM
ENGELHARDT
“El
principio de beneficencia es el que pretende hacer, producir, o realizar el
bien. Como tal, la beneficencia es el principio cardinal de las éticas
teleológicas y consecuencialistas, siendo destinado a asegurar la realización
del bien, así como el equilibrio positivo de los beneficios sobre los
perjuicios. Para precisar el contenido del principio de beneficencia, debemos
especificar de que bienes se trata, para quien, y en qué perspectiva. Este
principio puede considerarse como parte del principio de utilidad. De la misma
manera que este último se abre a cuestiones como la naturaleza del bien, de la
comparación apropiada entre los bienes, de la comparación intersubjetiva de la
satisfacción o de las preferencias, así como del gozo de los bienes. Invocar el
principio de beneficencia constituye más una heurística para el análisis de las
cuestiones morales que una manera de descubrir una obligación específica con el
objetivo de obtener un bien.
Es
por esto que el principio de beneficencia habitualmente se invoca en tándem con
el principio de autonomía; la beneficencia a menudo se ve en contraste o en
competición con los intereses morales sostenidos por la autonomía.”
“Se
debería formular el principio de beneficencia en los siguientes términos
positivos: haz el bien a los demás. Sin embargo, en la medida en que se intenta
hacer a los demás lo que ellos consideran que sería su bien –y no lo que
nosotros mismos o nuestra comunidad moral consideramos que es su bien– el
sentido de la obligación se debilita.”
“1.
Por una parte, no existe ningún principio general de beneficencia dotado de
contenido al que se pueda apelar.
2.
Por otra parte, las acciones que no respetan la preocupación por la
beneficencia son censurables, en el sentido que sitúan a los infractores fuera
del contexto de toda comunidad moral particular dotada de contenido. Tales
acciones sitúan a los individuos fuera de las exigencias de beneficencia. La
malevolencia, en particular, es el rechazo de los vínculos de beneficencia. En
la medida en que se rechacen sólo reglas particulares de beneficencia,
basadas en una visión concreta de la
buena vida, únicamente se perderá el propio derecho a exigir beneficencia
dentro de esa comunidad moral particular; en cualquiera de los casos, la
petición de clemencia (caridad) puede seguir teniendo validez. Las acciones
contra la beneficencia constituyen incorrección moral. Dichas acciones van en
contra del contenido propio de la vida moral.”
b)
Análisis comparativo
1)
Obligatoriedad del principio de beneficencia
El tándem americano, de acuerdo con el Informe
Belmont, incorpora en la definición de beneficencia la obligatoriedad.
Sin embargo a lo largo de toda su obra se esfuerzan en matizar que esa
obligatoriedad no es incondicional, a partir de la distinción entre
beneficencia general y específica.
D. Gracia no incluye en su definición
de beneficencia la obligatoriedad, porque considera que la beneficencia –junto
con la autonomía- forman parte del nivel 2, según su jerarquización de los
cuatro principios de la bioética. Y este segundo nivel se caracteriza por ser
una ética de máximos, no exigible a todos.
Engelhardt también se opone a aceptar
que el principio de beneficencia se pueda considerar como obligatorio, pero su
razón es distinta de la de Gracia. Para Engelhardt la beneficencia no puede ser
obligatoria porque las necesidades capaces de generar exigencia moral solo se
pueden determinar en un contexto particular y casi siempre por un acuerdo
multilateral.
2)
Principio de utilidad entendido como prolongación de la beneficencia
Dejando aparte la definición de
beneficencia de D. Gracia que no trata la cuestión que ahora interesa, las
demás definiciones de beneficencia consideran que el principio de utilidad y el
principio de beneficencia van asociados. A la hora de hacer el bien se debe
tener en cuenta los riesgos y beneficios que se derivan de la acción que
llevamos a cabo.
Beauchamp y Childress afirman que el
principio de utilidad es una prolongación esencial del principio de
beneficencia. Se trata de un principio que se limita a valorar beneficios,
riesgos y costes que se pueden derivar de las acciones.
Para Engelhardt el principio de
beneficencia está destinado tanto a asegurar la realización del bien como a
equilibrar positivamente los beneficios sobre los perjuicios
3)
Beneficencia y autonomía: dos principios en tensión
La concepción actual del principio de
autonomía y el principio de beneficencia hace que ambos entren en una tensión
permanente. Sin embargo reconocer que existe esta tensión quiere decir que se
concede la misma importancia a los dos principios, como hacen los filósofos
americanos Beauchamp y Childress. Ellos consideran que tanto el principio de
beneficencia como el de autonomía son prima
facie, es decir, tienen la misma importancia. Sin embargo, en la práctica,
ante una situación concreta nos podemos ver obligados a jerarquizar los
principios.
D. Gracia y H.T. Engelhardt definen el
principio de beneficencia en tándem con el principio de autonomía, y terminan
subordinado la beneficencia a la autonomía.
3. Conclusiones
Una vez presentadas las diversas
definiciones, tanto del principio de autonomía como del principio de
beneficencia, y hecho un breve análisis comparativo podemos concluir subrayando
los aspectos más importantes que se derivan de este análisis: 1) Reducción de
la autonomía a elección autónoma, 2) Prioridad de la autonomía sobre la
beneficencia.
1. Reducción de la autonomía a elección autónoma
La reducción de la autonomía a elección
autónoma es un señal inequívoco del pragmatismo americano, que renuncia de entrada
a la fundamentación. La autonomía en sentido kantiano permanece olvidada. Ya
que para Kant respetar la autonomía del otro no solo quiere decir respetar su
capacidad de escoger y de poder actuar con conocimiento de causa y sin
coacción, sino también ayudar a escoger aquello que respetará la dignidad de la
persona humana. No se puede olvidar que la autonomía en sentido ético es
ciertamente la capacidad de decidir, pero de decidir en la dirección de lo que
es bueno y justo. Por lo tanto, de acuerdo con Kant, un ser autónomo no puede
querer racionalmente aquello que no es universalizable. En cambio, la autonomía
a la americana puede derivar fácilmente hacia la autarquía.
2. Prioridad de la autonomía sobre la beneficencia
La asimilación –no siempre acertada-
del principio de beneficencia con el paternalismo, junto a la reivindicación
cada vez mayor del principio de autonomía, ha hecho que la beneficencia quedara
relegada a un segundo término, es decir, estas circunstancias han contribuido a
hacer que la beneficencia quedara subordinada a la autonomía. Lo hemos podido
constatar de una manera evidente a través de les definiciones de beneficencia
que proponían D. Gracia y H.T. Engelhardt, y en menor medida Beauchamp y
Childress.
Seguramente la mala conciencia histórica
del paternalismo médico, abusos incluidos, y la conciencia creciente de que la
persona tiene derecho a tomar sus decisiones en aquellas cuestiones que la
afectan, hace que hoy casi nadie se atreva a definir la beneficencia al margen
de la autonomía.
Con todo,
parece pues, que podemos concluir que la beneficencia y la autonomía están muy
relacionadas: no se puede hacer el bien a otro sin tener en cuenta lo que el
considera que su bien, pero el respeto a la autonomía no puede llevar a los
profesionales sanitarios a dimitir de su deber de beneficencia hacia los
usuarios. Por eso, con acierto, Victoria Camps nos recuerda que: “la substitución
de un principio (beneficencia) por otro (autonomía) de un modo excesivamente
radical puede acabar no representando un progreso ni un respeto a los derechos del
paciente”.