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Hacia una sociedad responsable: reflexiones desde las éticas aplicadas, Barcelona: Prohom, 2006
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Per Cristian Palazzi
Publicat al 10/18/2006
 


Cada vez más oímos hablar de códigos de ética, códigos de conducta, de políticas éticas, de comités de ética, de auditorias éticas. Las noticias sobre responsabilidad social corporativa, sobre ética de le empresa, sobre ética de los medios de comunicación, o sobre bioética son tantas y tan dispersas que el peligro de una mala comprensión, dispersión o esperanza excesiva en ella pueden matarla desde un principio.


Hacia una sociedad responsable: reflexiones desde las éticas aplicadas
Cada vegada més escoltem parlar de codis d'ètica, codis de conducta, de polítiques ètiques, de comitès d'ètica, d'auditories etiques. Les notícies sobresobre ètica de l'empresa, sobre ètica dels mitjans de comunicació, o sobre bioètica són tantes i tan disperses que el perill d'una dolenta comprensió, dispersió o esperança excessiva en ella poden matar-la des d'un principi.

Hi ha no obstant això varis i legítims motius per a parlar d'ètica aplicada: el fet que tinguem problemes nous (clonació, globalització, obsolescència d'institucions); el fet que les respostes morals se'ns quedin insuficients i obliguin a les tradicions a replantejar les seves propostes a la llum de lesho facin estant a l'altura i no amb involucionismes; el fetvisquem en un món moralment plural i que molts d'aquests problemes obliguin a crear unes mateixes lleis per a gents amb distintes moralstot això ens obliga a tenir clar què és i què no és l'ètica aplicada, i què podem, en rigor, esperar d'ella.

L'ètica aplicada no és una moral ideològica, camuflada amb la vestidura de l'imparcial o del mínim, o del políticament correcte. L'ètica aplicada no és tampoc una espècie de tribunal inquisitorial en el nom del qual se censuren les conductes “immorals” i s'imposen les pròpies. L'ètica aplicada no és tampoc si més no la solució als problemes, perquè més aviat el que fa és problematitzar  aquestes solucions, precisament per la nostra urgència d'elles, per l'angoixa que genera la desorientació, per la necessitat de referències davant un món tan plural i canviant. L'ètica aplicada no és sense més l'ètica aristotélica, kantiana, marxista o nietzscheana que deductivament s'aplica a un àmbit concret, sigui el camp de la salut, o el dels mitjans de comunicació o el de l'empresa, o la informàtica, etc. L'ètica tampoc és matemàtica: una solució bona no és igualment bona urbi er orbe.

Per això l'ètica aplicada requereix d'un nivell postconvencional, crític amb lesles conveniències, al que tota persona hauria d'arribar per a poder desenvolupar el seu caràcter, el seu ethos.

És aquest l'objectiu al que hem intentat respondre en les Jornades. Per a això hem dividit la resposta segons els àmbits de poblematització més rellevants, a saber, Bioètica, Ètica i Sostenibilitat, Ètica i Mitjans de comunicació, Ètica Aplicada i Societat civil.

Us presentem aquí alguns dels textos que composen aquestes Actes, no abans d'agrair al departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya la subvenció que ens va atorgar, ajuda sense la qual no haguessin estat possible la realització d'aquestes Jornades, i també al Patronat de la Càtedra, per la seva confiança sempre renovada.


Textos de BIOÈTICA:


Textos d'ÈTICA I MITJANS DE COMUNICACIÓ


Textos d'ÈTICA I EMPRESA






Sobre la muerte en la modernidad. Algunas reflexiones sobre Ernst Jünger desde la bioética. Vicente
La muerte, al hilo de la reflexión que sobre ella se desarrolla en la obra de Ernst Jünger, y en un periodo literario y vital concreto, el que gira en torno a la guerra del 14, será el tema de mi comunicación. De este modo, si bien mi lectura de los textos jungerianos, de aquellos que versan sobre el morir, se encuadrará en un marco más general, el que ha de ver con la aceleración en los más diversos campos del proceso de modernización desde inicios del siglo XX, no he de descuidar ni los factores específicamente germanos (sociopolíticos, culturales, etc) que perfilan este proceso, ni aquellos que han de ver con el campo bélico en que tales procesos también se dilucidaron.

Cabría así la posibilidad de ubicar a Jünger y otros coetáneos suyos, en un primer momento y como tentativo hilo conductor, en una tradición tardorromántica germana, caracterizada por su pesimista recepción del “progreso” técnico o en el seno de unas corrientes de pensamiento, movimientos intelectuales y dinámicas políticas que encuadradas en el wittgensteinianamente mal formado, pero espacio—temporalmente bien acotado, concepto de “Revolución Conservadora”, presuponen el proceso de modernización germanamente matizado (y en el caso de Jünger, en relación con la técnica, así como con la cuestión que suscita este comunicación, la actitud ante el morir, manifestado en una serie de tensiones y ambigüedades no resueltas, potencialmente fructíferas para una atenta lectura).

La industrialización, urbanización y extensión colonizante de la tecnología en todos los niveles del mundo de la vida, serían algunas de las características del desarrollo de la modernización sociocultural. Proceso característico de Occidente, como asimismo lo es, por ejemplo, el concomitante crecimiento de la burocratización, rasgo también asociado tópicamente a la Modernidad y que tiene tempranas manifestaciones en esa Alemania de la República de Weimar. Proceso y rasgos que, pese a su aparente carácter rapsódico, coinciden en una formulación bien perfilada del último elemento mencionado, el de la burocracia, tal como aparece de manera ejemplar en la exposición ideal—típica de la burocracia a lo largo de la obra del sociólogo alemán Max Weber.[1]

La ciencia y la industria, pero también la burocratización amplia o la extensión comprehensiva del Estado, no sólo habrían garantizado una mayor eficacia, comodidad y bienestar. Junto con la unificación y homogeneización, que facilita las cosas, propiciando una bonanza económica para una amplia clase media, así como mejoras en los más diversos ámbitos, como, por ejemplo, en las ciencias de la salud; el desarrollo tecno—administrativo, al menos en el ámbito temporal y geográfico que nos ocupa,  también habría dado pie a conflictos bélicos más amplios, o al menos, habría dotado a los ejércitos de una organización burocrática, que se habría sumado al proceso de burocratización general ya señalado por Weber.

Asimismo, una serie de características técnicas, estratégicas o armamentísticas, también se habrían ido integrado en ese febril proceso de tecnificación. Movilización maquinal mundial a la que tanto coadyuvan los rasgos de eficacia, abstracción, impersonalidad, efectividad o masificación, que caracterizarían el proceso de modernización, desvelándose así el entramado más negro del “progreso” (así como, en ultima instancia, la irracionalidad en el seno de procesos máximamente racionales, o las derivas/ efectos destructivos de procesos constructivos y, aparentemente, máximamente felicitantes y liberadores).

Como adecuadamente señala Peukert (aunque con objetivos diversos de los míos), en los territorios germanos, con el cambio de siglo a los grandes avances en la ciencia médica, se unieron los de los cercanos campos de la psicología y pedagogía, entre otros, con tesis análogas a las médicas y proyectos de diagnóstico científico de la personalidad y métodos terapéuticos para la eliminación y prevención de desajustes sociales y culturales (equiparando, pues, el combate contra la enfermedad a la lucha frente al desvío de la norma social o standard “sano”). Todo ello condujo, en suma, a la apertura de un nuevo paradigma de higiene social, dirigido al establecimiento, entendido como factible, de las causas sociales de la enfermedad y de las desviaciones.

La emergencia del nuevo discurso sociocientífico coincidió con drásticos cambios en las condiciones de vida, sociales e individuales, destacando para mis intereses al menos uno de los efectos más visibles de tal cambio: la reducción de la mortalidad y la elongación del ciclo vital, lo que sumado a los discursos científicos y las técnicas/ teorías mencionadas, devino en un desarrollo de una especie de “Estado terapéutico” (Szasz). La muerte había dejado de ser un acontecimiento cotidiano, y resultaba mucho más sencillo expulsarla a espacios ajenos al propio entorno, así como reducirla a simple acontecimiento declinado siempre en tercera persona,[2] aunque su retorno, convertida ahora especialmente en excepción que interrumpe la normalidad de la vida, chocaría con el ideal utópico de juventud, salud y vida sin límites forjado al calor del ascua técnica, en el hogar de la Modernidad germana.

Y si el avance científico—técnico no podía detener/ eliminar el sufrimiento, si la perfección tecnológica y el Estado previsor no podían normalizar el estado de salud, si la vida individual se apagaba, todavía podría movilizarse la esperanza, en todo caso, a las trincheras de un cuerpo mayor, de un cuerpo que podría pretenderse eterno, siempre joven, invencible, saludable como el mejor deportista y flexible como para poder enlazar en su seno a los frágiles individuos, pequeñas cifras del gran numero, del “cuerpo” de la nación o Volkskörper, ideología o mito pues que tendría en este contexto uno de sus puntos de arranque o de inflexión.

En este Estado, el ciudadano, sacrificados en virtud de la movilización técnica la mayor parte de las antiguas estructuras estamentales y los restantes vínculos del Ancien Regime, habría adquirido, junto con una nueva dignidad en esa móvil sociedad o espacio de taller, una serie de responsabilidades y compromisos. La muerte del individuo en pro de la patria, los discursos en que la continuidad del gran cuerpo de la nación se sostiene sobre el sacrificio del soldado—ciudadano, se entrelazarían con la constitución de éste en tanto que dotado de derechos políticos, privilegios que la donación siempre latentemente exigida corroboraría. Más aún, al Moloch estatal así constituido (y, en última instancia, a la lógica sistémica invasora general, pues Estado e industria se entremezclarían en un mismo cauce), le sería muy conveniente el discurso mitológico del sacrificio y del cuerpo de la nación, en tanto en cuanto así la muerte o el sufrimiento, como en el esquema teológico tradicional, aquí importado, cobraría un sentido a la luz de un destino más amplio, del cero al infinito, en el que el sufrimiento o la muerte no habrían sido productos del azar de un tiro a ciegas. Consolación encegadora, pero efectiva, que daría cuenta de la efímera vida de los individuos, más en el campo de batalla, permitiendo su conversión en instrumento a disposición del Leviatán o munición de combate en las batallas de material o en la guerra técnica.[3]

Esa es una de las consecuencias ético—políticas que podrían desprenderse del dominio de la técnica, y que sería posible ligar a la reflexión sobre la cuestión de la muerte en Jünger, señalando los vínculos y las distancias que mantiene con la ideología sacrificial, la supremacía del Estado tecnificado y la total administración de las vidas, que empezaba a despuntar ya en esa época y contexto. No en vano ligaba el hermano de nuestro autor, Friedrich Georg Jünger, guerra técnica y de material con el trabajo moderno en la industria, que en el contexto de la batalla moderna adquiere un cariz bélico, como la vida al completo. Vinculaba así la eliminación física en la batalla con el borrado del sujeto que deparan los procesos de modernización,[4] cuando ha desaparecido la distinción entre frente y retaguardia, entre soldado y civil (y entre maquinaria y sujeto que la padece o conduce, al menos para la imaginación moral).

El punto en que se reestablece la conexión con la crítica de la técnica jungeriana vendría dado pues por el paralelismo que puede establecerse entre este distanciamiento, propio del combate técnico, y el que en el espacio del trabajo y de la burocracia, se produce. También la tecnificación burocrática genera distancias, disminuye simpatías y facilita una reducción a meros números de grandes cantidades de gente sometidas a sus procesos.

En ambas vertientes de la vida tecnificada, se propiciaría asimismo, por la propia dinámica de la técnica, la disolución de la responsabilidad en el interior del laberinto burocrático, en las innumerables mediaciones que segmentan el proceso productivo, del que el trabajador es tan solo una función, o en la cadena de mando y las mediaciones tecnológicas que configurarían el moderno rostro de la guerra. En ese sentido serían posibles las mayores atrocidades, o la crueldad más negra, tal y como lo crítica Jünger, dada la reducción bajo mínimos de los recursos morales, de las posibilidades de una cierta identificación o del simple recurso del viejo guerrero al honor y reconocimiento del adversario, ahora simple número, ni siquiera puntito en el espacio geométrico de las fotografías aéreas (remedo de aquel espacio técnico en que agonizaría el sujeto, al que eliminaría fabrilmente, asimismo, el desencadenado proceso técnico o sus diseñadas herramientas tecno—humanas).[5]

Ésta es pues la lucidez que exhibe la meditatio mortis jungeriana, el pensamiento en torno al morir en la época de la técnica y, por lo tanto, en torno al vivir o su sucedánea supervivencia en un mundo automatizado. Pero esta lucidez y precisamente en su núcleo, el morir, está más plagada de tensiones, si cabe, que las ya explicitadas en mis análisis previos. La muerte se lee como sinsentido, como algo absurdo, por las características propias de la guerra técnica (extensibles a la sociedad movilizada como un todo) y la prosa jungeriana parece en muchos momentos, sobre todo cuando con más detalle describe el horror en sus escritos, no rehuir esto.[6] Sin embargo, en otros muchos momentos, en esos mismos escritos y, de manera eminente, en sus ensayos postbélicos no es esto lo que sucede, sino que el intento de aplicar un cauterio de sentido mediante sus escritos al absurdo de la muerte bélica, deviene en intento de consolación mediante el recurso a las legitimaciones, a la algodicea, a la trascendencia.

Enfrentarse al sinsentido de la muerte no supone, al menos en Jünger, optar por el cinismo nihilista y la querencia del abismo. Antes bien, lo que se propone mediante esta visión entomológica de la muerte es una reformulación de la ars moriendi perdida en el mundo tecnificado. El temerario o corazón aventurero que pone en juego su vida, que se enfrenta a la posibilidad más radicalmente nuestra, la de la muerte, puede disfrutar plena y libremente de la vida[7] (lo que, por cierto, enlaza con las observaciones en sentido contrario, de la inversión de la muerte, su tabuización en la modernidad, según Ariès y Thomas, con lo que la mostración del sinsentido, del horror, daría nueva forma al avatar de un pensamiento a contracorriente, intempestivo, tan caro a Nietzsche).

Sin embargo, el pensamiento jungeriano, no muestra una sola faceta y como he adelantado, junto a esta escritura, y sumándose al aluvión de textos de trinchera y reflexiones posteriores que pretendían dotar de sentido y unidad, a lo que se vivió fragmentariamente y como mero absurdo,[8] Jünger también trató de aferrarse en diversos momentos y con diversas estrategias, a un cierto orden superior donador de sentido y consolador de las pérdidas. Aunque, y de nuevo aquí se muestra su productiva tensión, sin que esta consolación tuviera, en su caso, el carácter de una estrategia de legitimación política, esto es, sin la rentabilidad de los discursos sacrificiales a los que antes he aludido.[9]



* Este trabajo ha sido llevado a cabo dentro del proyecto de investigación “Creencia, motivación y verdad” (BFF2003-08335-C03-01).

[1] Cf. González García, J. M.: La máquina burocrática. Madrid, Visor, 1989, pp. 26—28.

[2] Cf. Ocaña, E.: Más allá del nihilismo. Murcia, Universidad de Murcia, 1993, pp. 18—19.

[3] No es exactamente éste el tipo de mentalidad expiatoria a la que recurrirá, parcialmente, Jünger, aunque, no deje de tener en cuenta, al apelar no tanto a una cierta “necesidad natural” o a una legalidad secreta, en el caso de la guerra, el sufrimiento y la muerte, como al tratar de la consolación por la anihilación singular mediante el recurso a la inagotable vida que brotara luego, de la semilla o grano que al caer en la tierra muere y da fruto, o con las referencias a la importancia universal de determinados momentos históricos, de episodios del combate (por contraste con el tedio cotidiano y la muerte imprevista, ciega y azarosa que el enemigo abstracto depara), ese tipo de consolación por la filosofía, de la historia, o de trascendencia que dotaría de pleno sentido a las matanzas masivas en la Europa de la Guerra del 14.

[4] Cf. Jünger, F.G.: Die Perfektion der Technik. Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 1953, pp. 190—191.

[5] No comparto, sin embargo, el pesimismo de esta exposición—relectura de las ideas jungerianas o, al menos, el fatalismo que de su meditación sobre la técnica (y de la heideggeriana) se desprende. Puede que las posibilidades de actuar en contra del proceso de tecnificación se vayan minimizando, que el sujeto se diluya en ambos lados de la mirilla telescópica del arma y de la tecnificación, que de ello puedan seguirse las mayores atrocidades (como de hecho, ha sucedido), pero que el reto sea mayor no implica que no continúe siendo un reto al que el sujeto puede enfrentarse. Derivar el “totalitarismo político” del “totalitarismo de la técnica” tanto encubre responsabilidades políticas, como genera un derrotismo y una dinámica de colaboración con aquellos procesos técnicos que se encaminan a nuestra eliminación, en tanto que sujetos políticos y morales.

De hecho, aun cuando es posible derivar ese fatalismo de la obra de Jünger, donde el rostro de la técnica que diseña el tipo cubriendo los rostros de las personas acaba por diluir estas (Bolz, N.: Auszug aus der entzauberten Welt. Munich, Wilhelm Fink, 1981, p. 166), y la narcosis del automatismo deviene en normalizado y insalvable estado, también es posible ver lo que de reto a las potencialidades humanas representa. La crítica o meditación sobre la técnica jungeriana sería pues, en parte, ambiguamente, instancia propiciadora, propulsora de las capacidades emancipatorias de los individuos.

[6] “En aquel momento se oyó, a mucha altura, un nuevo silbido. Todos tuvimos la misma sensación, una sensación que nos estrangulaba; ¡esa granada viene aquí! Luego retumbó un estruendo monstruoso, ensordecedor—la granada había explotado en medio de nosotros. (...)

Aquella luz iluminaba la densa humareda generada por el proyectil, dentro de la cual rotaba una masa de cuerpos negros. (...) Al mismo tiempo resonó un griterío múltiple, espantoso, un griterío de dolor y de peticiones de auxilio. El movimiento rotatorio de aquella olla humeante y ardiente abrió por un segundo, como una visión onírica del infierno, el abismo más profundo del Espanto. (...)

Me arrojé al suelo y prorrumpí en sollozos convulsos, mientras mis hombres, de pie junto a mí, me rodeaban sombríos” (Jünger, E.: Tempestades de acero. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Barcelona, Tusquets, 1987, pp. 238—239).

[7] Cf. Ocaña, E., op. cit., pp. 19—20, 33—39, 175ss.

[8] Cf. Jünger, E.: El mundo transformado. El instante peligroso. Trad. de Ela Fernández Palacios. Valencia, Pre-textos 2005, pp. 18—19.

[9] Difíciles de resistir en el seno de una realidad como la nuestra, si seguimos la interpretación pesimista de Jünger y el resto de los autores reseñados, caracterizada por la reducción de la vida a la esfera de un trabajo omniabarcante, siendo este a su vez el resultado de una segmentación minúscula, en la que el sujeto ocuparía una modesta parcela o función. En esta tesitura, la muerte bélica puede presentar los bellos colores de una vida justificada por la entrega a una causa mucho mayor, donadora de una unidad estructural frente al anterior mero proceso o sucesión cronológica de momentos laborales idénticos. Pero aunque el discurso jungeriano, en algunos momentos parecería acercarse a esta tonalidad (como cuando en El combate como experiencia interior apela a la idea del sacrificio por un ideal, la muerte honorable de los guerreros de antaño por la patria, remedable en la del soldado de la Guerra del 14, y, sobre todo, con su reflexión sobre la convicción respecto de la validez suprema reservada a la muerte por un ideal, aunque estuviere errado (cf. Jünger, E.: La guerre comme expérience intérieure. Trad. de François Poncet. S. l., Christian Bourgois, 1997, pp. 156ss)); en general, en su discurso este sentido de la legitimación esta ausente (quizá porqué en la concepción jungeriana ya la marcha triunfal de la técnica habría arrasado los ídolos y las viejas banderas, y tales justificaciones ideológicas serían, en el contexto de la guerra de material, innecesarias (cf. Jünger, E.: El trabajador. Dominio y figura. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Barcelona, Tusquets, 1990, §47)). Y es por ello que resultaría aún más interesante contrastar lo que su posición ofrece con las declaraciones de otros teóricos, interpretes de los procesos de modernización, como el ya citado Max Weber (un militarista y defensor convencido de las tesis sacrificiales de la muerte por la patria, tal como se desprende de sus textos y documentos personales. Véase Weber, M., Biografía de Max Weber. Trad. de Maria Antonia Neira. México, FCE, 1995, especialmente el capítulo XVI, titulado “El servicio”).


Consumismo, Bioética y Sostenibilidad. Marcel Cano
La Modernidad, como es sabido, supuso un cambio profundo de todas las estructuras sociales de occidente. Este periodo generó una nueva cosmovisión bien diferente de cualquiera de las que la habían precedido. Lejos de los lugares naturales de la física aristotélica, el mundo material se vio igualado y homogeneizado. Esto condujo a la aparición de la Nueva Física, a la matematización del cosmos. Si pensamos en el paradigma aristotélico, este cambio supone una transformación radical ya que, para el estagirita, la física no podía jamás fundamentarse en la matemática: «La exactitud matemática del lenguaje no debe ser exigida en todo, sino tan sólo en las cosas que no tienen materia. Por eso el método matemático no es apto para la física; pues toda la naturaleza tiene probablemente materia».[1] El nuevo período histórico representa exactamente la inversión de esta cosmovisión. A partir de ahora, el único conocimiento válido sobre el mundo será el que sea susceptible de ser fisicomatemáticamente abordable. Desde este momento, a Occidente se le abren, de par en par, las puertas de un saber que le llevará a ser la mayor potencia tecnológica jamás habida sobre la Tierra. Por otro lado, de la misma manera que dejaban de existir diferencias ontológicas en la naturaleza, éstas también desaparecían entre los individuos: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Nadie es intrínsecamente superior a otra persona ya que todos los seres humanos nacen libres e iguales. Democracia y Derechos Fundamentales, junto con el conocimiento científico, serán las mejores aportaciones de la nueva cosmovisión a la Humanidad.

 

Pero toda cosmovisión es humana y por lo tanto, imperfecta. Con la Ciencia aparecieron conceptos muy poco científicos como el cientifismo. El reduccionismo matemático, tan útil metodológicamente, resulta nefasto cuando se transforma en un pilar cosmovisonal que determina ontológicamente la realidad, ya que transforma lo que existe en algo cuantificable y dominable. A partir de ahora, la mirada occidental sobre la naturaleza se verá mediada por la utilidad: la naturaleza será aquello que sólo tendrá sentido como lo utilizable. Desde este momento, la relación del mundo occidental con el planeta se basará en la idea de dominio. La potencia legitimadora del cientifismo junto con el poder de la tecnociencia, sumadas a la fuerza dinámica del capitalismo, generaron una situación histórica inédita en la que una sociedad humana conseguía, por primera vez, aunar una potentísima forma de conocimiento a un imparable impulso de dominio. Los textos sagrados se reinterpretaron desde una nueva luz, generando así significados diferentes adaptados a la nueva situación. Es en este profundo movimiento creador que surgen los nuevos conceptos decisivos para la incipiente cosmovisión. Algunos de estos conceptos no se formulan abiertamente si no que actúan de forma implícita, como ‘antropocentrismo’[2]. Otros, como ‘Progreso’, se hacen visibles y dominan el pensamiento y la acción. El ser humano ya no necesita pensar en perfectas y lejanas “Edades de Oro” ni tampoco confiar en edenes supraterrenales futuros. El paraíso lo tiene a tocar de sus propias manos, lo puede empezar a construir hic et nunc. A partir de ahora y gracias a su trabajo, el futuro será necesariamente mejor que el pasado. Este impulso prometéico no cesará hasta nuestros días, siendo una de las principales condiciones de posibilidad de la insostenibilidad global que padecemos. Las siguientes palabras de Descartes resumen, de forma magistral, la idea que queremos expresar aquí:

«.“[...] esas nociones me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa enseñada en las escuelas, es posible encontrar una práctica por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como conocemos los oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharnos del mismo modo en todos los usos apropiados, y de esa suerte convertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza »[3]

Situados ya en nuestros días podemos ver cómo, a lo largo de los siglos, el capitalismo y su impulso de dominio han ido cambiando. Desde la muerte de la ética protestante a manos de la tarjeta de crédito, el espíritu del capitalismo cabalga a lomos del consumismo. La dinámica aparentemente imparable de la sociedad capitalista de consumo tiene, como eje central de su desarrollo, un impulso irrefrenable hacia la ilimitación. Dicha ilimitación es además su fundamento cosmovisional primordial. Esta tendencia no es algo totalmente nuevo ya que está íntimamente emparentada con ese impulso de dominio del que hablábamos hace un momento. En consecuencia, este tipo de sociedad se basa en una concepción del medio ambiente como algo infinito de lo que podemos abastecernos sin límite. Pero la diferencia del consumismo con las etapas anteriores del capitalismo la encontramos en que no sólo se considera a la naturaleza como una matriz infinita de riqueza, si no que también se supone que el mismo ser humano posee una infinita capacidad de desear. De esta manera, se considera la persona como un ser abocado a una perpetua insaciabilidad. Este es el primer elemento esencial del consumismo: la proliferación sin límites del deseo. Ahora vemos como esta forma de vida tiene, en su fundamento cosmovisional último, una incapacidad absoluta de reconocimiento de los límites. Ha llevado la ilimitación a ser su condición de posibilidad, de manera que se instala tanto en el interior de los individuos – el ser humano como homo apetens– como en el exterior – la naturaleza como un enorme supermercado –. Una vez más hay que decir que no estamos ante un elemento nuevo en sí mismo, las condiciones de posibilidad de esta idea se encuentran ya en ciernes en los primeros textos de la Modernidad, como podemos ver en el siguiente texto de Locke:

« La inquietud que siente en su interior un hombre por la ausencia de alguna cosa que le daría placer si estuviera presente, es aquello que denominamos deseo. Este es más o menos potente según esta inquietud sea mas o menos ardiente. No será inútil observar, de paso, que la inquietud es el principal, por no decir el único, motor que excita la industria y la actividad humana.»[4]

Estos dos fundamentos de la sociedad de mercado contemporánea – la infinitud de la naturaleza y del ser humano – conducen inevitablemente hacia la cosificación de todo lo que existe. Respecto al mundo nos quedó claro unas líneas más arriba, cuando especificábamos la necesidad inherente de considerarlo como algo destinado a satisfacer nuestras necesidades. Pero ahora también se hace patente la cosificación humana que implica: si consideramos al ser humano como un mero receptáculo infinito de deseo, dejamos de verlo como un fin en sí mismo para considerarlo un recurso más del sistema. Llegados a este punto podemos decir que se ha generado una profunda contradicción interna que hace de la nuestra una sociedad políticamente psicótica: no puede dejar de considerar sus principios fundamentales explícitos (Democracia, Derechos Fundamentales, etc.) como los elementos irrenunciables que deben guiarla políticamente pero, al mismo tiempo, no puede ponerlos efectivamente en práctica ya que son intrínsecamente contradictorios con su estructura profunda de funcionamiento. No podemos considerar al mismo tiempo al ser humano como un sujeto de derechos y un recurso utilizable más. Hoy, además, hay que pensar en esta posibilidad como algo literal que ha llegado a un extremo impensable hace apenas unos pocos años: la biopiratería representa la relación más cosificadora que el ser humano puede establecer consigo mismo. Así pues, la transgresión de los límites también se lleva ahora hacia el propio interior del ser humano. Dicho de otra manera, en una sociedad de consumo la premisa fundamental es la de que Todo lo existente es susceptible de ser consumible. Éste “Todo” es absoluto, es decir, que no puede dejar fuera nada. Por lo tanto, el mismo ser humano puede ser transformado, en su materialidad más básica, en un recurso consumible, si existe la posibilidad de extraer beneficios de ello. Esto agrega una segunda forma de cosificación puesto que, además de considerar al ser humano como un ser meramente deseante, lo caracteriza definitivamente como una materia prima más. Las biotecnologías pueden llegar a ser una interesante fuente de beneficios para la humanidad o bien para unos pocos. El dilema depende de si permitimos que el Mercado se erija en el único gestor social, entonces el beneficio nunca será para la Humanidad en su conjunto.

Las necesidades del sistema le impulsan, pues, a incrementar continuamente tanto su capacidad para generar deseo en los individuos, como su poder de dominio y transformación de los recursos naturales, incluido el mismo ser humano. Ahora bien, estos dos elementos, humanidad y naturaleza, no son de ninguna manera entes infinitos. Se produce así un choque profundo entre la necesidad del sistema de considerarlos infinitos y su auténtica naturaleza finita. El problema fundamental de la sostenibilidad radica en que esta contradicción no genera un simple choque entre contrarios superable con una reforma de las políticas prácticas (tecnológicas, económicas, etc.). Lo que se da es una contradicción intrínseca del sistema social mismo. Una contradicción cuya superación supone la desaparición misma de la estructura social que la ha generado y la de sus condiciones de posibilidad:

«Las sociedades capitalistas no pueden responder a los imperativos de la limitación del crecimiento sin abandonar su principio de organización, puesto que la reconversión del crecimiento capitalista espontáneo hacia un crecimiento cualitativo exigiría planificar la producción atendiendo a los bienes de uso. En todo caso, el despliegue de las fuerzas productivas no puede desacoplarse de la producción de valores de cambio sin infringir la lógica del sistema»[5]

Es por este motivo que el consumismo no se limita a ser uno de los motores del sistema económico si no que es también una potente estrategia de poder. La necesidad de pensar en consumir, la seducción continua ejercida por las diferentes formas de publicidad y el endeudamiento que produce el exceso de consumo, mantienen la sumisión de los individuos al sistema. Así pues, como ya hemos dicho, la creación de una sociedad auténticamente sostenible y también realmente justa y democrática, requiere superar el sistema mismo en el que estamos instalados. Un sistema que, aparentemente, goza de buena salud y se extiende cada más por el planeta.

Una vez vista la estructuralidad, necesaria para el sistema, de la idea de absoluta ilimitación, nos podemos preguntar por cómo podemos superar esta contradicción. Si, como veíamos en el texto anterior de Habermas, la “lógica del sistema” no puede existir sin pensar el mundo como algo transformable en valor de cambio, si la crematística ocupa necesariamente el lugar de la oikonomia – en sentido aristotélico – y no puede haber cambio sin cambio de sistema ¿en qué queda nuestra capacidad de acción desde dentro de él? ¿Cómo podemos modificarlo desde dentro? Y si no, ¿Existe un algún “afuera”? ¿Hay que cambiar la cosmovisión? ¿Es esta modificable a voluntad? O bien, ¿responde a un proceso complejo difícilmente reconducible por la limitada capacidad humana? ¿Tenemos tiempo de hacerlo? ... La teoría de la sostenibilidad, ha de poder enfrentarse con estas preguntas y reflexionar sobre los límites externos que tiende a sobrepasar el capitalismo de consumo. La bioética, por su parte, ha de pensar en abordar los límites internos que no habría que dejar en manos del Mercado.



[1] Aristóteles, Metafísica, Gredos, Madrid, 1987

[2] No siendo reconocibles hasta nuestros días, una vez que entran en crisis.

[3] Descartes, R., Discurso del método, Alianza Editorial, pp. 117 – 121, Madrid, 1979.

[4] Locke, J., Ensayo sobre el entendimiento humano, 1690, Libro II, Capítulo XX.

[5] Habermas, J., Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Catedra, Madrid, 1999.


La violencia en los medio de comunicación. Jordi Busquet (Coord.); Sue Aran; Francesc Barata; Pilar

Resumen.

El objeto de esta comunicación es presentar los resultados parciales de un trabajo de investigación titulado: La violencia en los medios de comunicación. Códigos éticos y tratamiento de la violencia en los medios de comunicación[1]. Más específicamente, nuestro propósito es realizar un análisis de las entrevistas realizadas  a 26 profesionales de la comunicación en relación al tratamiento informativo de los distintos tipos de violencia.

 

1. Introducción.

La violencia es objeto de preocupación creciente en nuestra sociedad y constituye hoy el centro de atención preferente por parte de unos medios de comunicación social marcados por una tendencia creciente a la espectacularización del relato periodístico. Esto se manifiesta en el tratamiento informativo que los profesionales de la comunicación realizan ante diversas situaciones de conflicto: las guerras, la violencia política (o el terrorismo), los maltratos a mujeres y niños, los desastres naturales, etc.

En las últimas décadas, se ha producido un importante incremento de la sensibilidad social en relación con la violencia, especialmente la violencia física directa. Esta sensibilidad se expresa a muchos niveles y se constata, sobretodopación social sobre las escenas de violencia presentes en la televisión, el cine y los videojuegos.

Los mass media, particularmente la televisión, son como una ventana que nos pone en contacto con la realidad de un mundo que vive una época cambiante y convulsa. No se trata de una ventana cualquiera y colocada al azar. Es una ventana orientada a algunos aspectos de la realidad y que tiende a destacar la existencia de determinados hechos y esconde la realidad de otros conflictos que por diversas razones dejan de ser el foco de atención de los medios de comunicación. De esta manera, los mass media no reflejan de manera pasiva una realidad preexistente sino que son activos conformadores. Es por esta razón que las empresas tienen una gran responsabilidad a la hora de informar de los conflictos.

En los últimos años se ha producido un debate sobre los límites de la libertad de expresión y sobre la responsabilidad de los profesionales de la comunicación en el ejercicio de su profesional. Es precisamente en el tratamiento informativo de los conflictos y las situaciones de violencia que se pone de manifiesto las dificultades que tienen los periodistas en la realización de su labor profesional. 

 

2. Una tipología de la violencia humana.

A continuación vamos a describir las cuatro formas de violencia humana que ha sido objeto de análisis en el presente estudio: la violencia física, la violencia psicológica, la violencia estructural y, finalmente, la violencia simbólica.

a. La violencia física es un tipo de violencia que implica el uso de la “fuerza bruta” de forma intencional y que genera en la víctima un mal observable.

b. Podemos hablar de violencia psíquica ante un gesto o una acción social que es contraria a la voluntad de la persona y que ofende a su dignidad. La ofensa y el agravio personal, la desconsideración o la descalificación forman parte de esta tipo de violencia. La violencia verbal es el principal instrumento mediante el cual se ejerce la violencia psíquica. 

c. La violencia estructural se da cuando las personas están sometidas a unas condicionas de vida que limitan objetivamente su libertad y se ven privadas de desarrollar sus potencialidades humanas. La violencia estructural pone en evidencia una distribución desigual de recursos, poderes y honores dentro de la sociedad.

d. La violencia simbólica es una forma de control y dominación social (casi invisible) que se ejerce con la complicidad tácita de quienes la sufren (y, también, a menudo, de los que lo ejercen). Muchas personas interiorizan una imagen estereotipada de si mismas, asumiendo así una posición subalterna y de dependencia. Las relaciones de dominación tienen que ser legitimadas, reconocidas como legítimas, de manera que los dominados se adhieran “naturalmente”, y de forma casi inconsciente y de buen grado, al orden dominante.

Es preciso señalar que todas estos cuatro tipos de violencia aparecen a menuda de forma relacionada. Las distintas formas de violencia se retroalimentan entre si, dado que así como la violencia física directa refuerza la violencia simbólica y estructural, también la violencia estructural puede estar en el origen de la “explosión” de la violencia física.

 

3. La metodología de trabajo

El estudio nos ha permitido analizar el tratamiento de la violencia que, en el contexto su práctica profesional, hacen los profesionales de la comunicación en nuestro país[2]. En concreto, se han realizado entrevistas a 26 profesionales representativos del mundo del periodismo vinculados a distintas empresas de la comunicación en Cataluña.

La selección de los profesionales se ha hecho teniendo en cuenta los siguientes criterios:

1. El medio informativo en el cual trabajan estos profesionales. En este caso hemos contemplado los tres soportes en que se materializa el trabajo periodístico: televisión, radio y prensa.  

2. El nivel de responsabilidad que tienen los profesionales de la comunicación dentro de la empresa. En este sentido se distingue entre: a) Los profesionales con responsabilidades de dirección general. b) Los responsables intermedios de áreas informativas. c) Los periodistas que no tienen responsabilidades en la jerarquía organizativa.  

3. Finalmente, hemos tenido en cuenta la especialidad que ejercen los entrevistados en distintos campos temáticos: Política, Internacional, Sociedad, Deportes y Economía.

 

4. Presentación de los principales resultados de las entrevistas

1 La mayor parte de entrevistados identifica la violencia casi exclusivamente con la violencia física, cosa que pone de manifiesto una escasa conciencia social sobre otra formas de violencia como son, por ejemplo, la violencia estructural o la violencia simbólica. Sólo algunos periodistas entrevistados hacen mención a la violencia psíquica o a la violencia estructural (pobreza, exclusión o discriminación social).

2 Muchos profesionales no hablan explícitamente de la violencia y no hacen una definición precisa de la misma. Ello nos ha obligado a realizar una (re)lectura de las entrevistas para detectar la presencia latente de violencia en los discursos. Es gracias a los comentarios y a los ejemplos concretos que han aportado las personas entrevistadas que podemos inferir una determinada concepción de la violencia e, incluso, en algunos casos una tipología tácita de la misma.

3. No es fácil separar las opiniones personales y las opiniones profesionales de los periodistas. Generalmente, el discurso de los profesionales entrevistados depende muy directamente de la condición profesional y de las preocupaciones concretas que comporta su trabajo en el seno de una empresa de comunicación.  También el estatus profesional y el grado de responsabilidad condicionan su mirada.  Parece sintomático en este sentido que algunos profesionales hablen de varios tipos de violencia y del grado de intensidad de la misma en función de la propia estructura de funcionamiento de los medios de comunicación. Por ejemplo, en algún caso se distingue la violencia presente en los espacios d’información internacional (guerras, terrorismo) y la violencia en los espacios de información local (delincuencia).

4. Hay un amplio consenso al definir la noción “de información violenta” como “la cobertura informativa de un hecho violento”. La mayoría de los profesionales entrevistados mantienen una concepción positivista del periodismo; consideran que los relatos periodísticos reflejan la realidad como un espejo y que el periodista ejerce de médium o intermediario entre la “realidad” y los ciudadanos, en oposición a la concepción del periodismo como un relato construido que tiene por objeto acercarnos a dicha realidad.

5. La televisión es objeto de atención y de preocupación central por parte de los periodistas inquietos por el tratamiento mediático de la violencia. De esta manera, “las imágenes violentas” generan una grave preocupación social también en el seno de la profesión. Los profesionales de la prensa escrita focalizan la discusión sobre los límites en el tratamiento de la violencia en el tratamiento grafico: las fotografías más escabrosas son objeto constante de debate.

6. Los periodistas son conscientes de su responsabilidad social y explicitan una serie de dificultades en el ejercicio profesional: destacan el sentido de urgencia al presentar la información (la inmediatez) que acelera el ritmo de trabajo, así como la presión que genera la competición entre las empresas y la comparación constante entre profesionales.

7. Los periodistas expresan la dificultad que tienen en el ejercicio diario de la profesión entre la obligación de informar sobre determinados temas y hacerlo de manera respetuosa con las personas afectadas. Pese a las dificultades, consideran su trabajo bastante satisfactorio, y casi unánimemente critican la explotación morbosa del dolor y el sufrimiento humano que realizan determinados medios.

8. Los profesionales de la misma empresa comparten generalmente unos valores y normas de actuación. El sentido de la responsabilidad se acentúa, lógicamente, en el caso de los directivos.

9. La mayor parte de los profesionales considera útiles y convenientes los códigos profesionales. Ahora bien, no hay un conocimiento muy claro y preciso de las normativas existentes.

10. Respeto la aplicación de un código deonotológico de obligado cumplimiento, hay reticencias en la aplicación de una normativa estricta, puesto que se constata la dificultad de aplicar normas de carácter general a casos concretos. Además, ciertos profesionales consideran que cada medio tiene su sistema de autorregulación interna que ya consideran suficiente. En definitiva hay un discurso generalizado ciertamente paradójico, puesto que por un lado, se destaca la utilidad de los códigos deonotológico, pero de l’otra se hace notar la dificultad real de su aplicación. Al fin y al cabo pone de manifiesto ciertas resistencias a cualquier medida que sea percibida como una intromisión externa al mismo campo profesional.

 

6. Bibliografía

 

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[1] Se trata de un estudio realizado en el marco del proyecto Ethos de la Universidad Ramon Llull. 

[2] El marco teórico de la investigación se basa en el libro La violència en la mirada. L’anàlisi de la violència a la televisión.

 


Derechos humanos o cómo aplicar la ética a la empresa. Maria Prandi
Hoy en día es imposible plantearse una política de responsabilidad social empresarial (en adelante, RSE) válida sin tener en cuenta el ámbito de los derechos humanos. Éstos no son una cuestión ajena a la empresa sino que tienen que ver con las obligaciones jurídicas y el compromiso ético que todos los agentes, políticos, sociales y económicos, tienen con unos determinados valores universales. Pasar por alto esta cuestión es una grave negligencia en la excelencia ética de las organizaciones además de un importante riesgo reputacional.

Integrar los derechos humanos en el negocio no es algo externo, ni consiste en crear un nuevo departamento estanco en la empresa. Al igual que la política de RSE, la estrategia de derechos humanos tampoco se refiere a acciones de filantropía o de acción social sino que consiste en considerar los derechos humanos en la toma de decisiones incorporándolos a la gestión de los procesos y contenidos empresariales diarios teniendo en especial consideración nuestras actividades en el exterior.

Por otra parte, la gestión de este tipo de intangibles no sólo aumenta el valor de la empresa sino que únicamente aquellas empresas que trabajen con valores y derechos humanos alineados con los de la sociedad tendrán éxito. No debemos olvidar que las empresas se encuentran en periodo electoral constante y los consumidores premian cada vez más la ‘dimensión de derechos humanos’ de la marca. Como veremos a continuación, la empresa es un actor que impacta en los derechos humanos de todos aquellos que se hallan en su área de influencia y por ello no puede dejar de poner en práctica sus responsabilidades en dicha esfera de poder.

¿Qué tienen que ver los derechos humanos con la estrategia de RSE?

El poder, real o percibido, de las empresas les ha conferido determinadas responsabilidades en el ámbito de los derechos humanos y así lo afirma la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) en su Preámbulo. Estas responsabilidades afloran también cuando algunos tribunales (sobre todo de Estados Unidos y bajo la Alien Tort Claims Act) han pronunciado sentencias condenatorias por la vinculación de ciertas empresas a abusos a los derechos humanos convirtiendo esta cuestión en algo más que un aspecto menor de la política de RSE. Además, los derechos humanos tienen la virtud de poner un rostro a nuestras políticas, estrategias y acciones de RSE confiriendo un sentido eminentemente ‘humano’ a las relaciones con nuestros stakeholders. Nos permiten ‘hacer negocio’ preservando a la vez unos valores inherentes a todo ser humano que, tanto éticamente como jurídicamente, estamos obligados a respetar.

Como ya sabemos, son cada vez más numerosas las empresas que vinculan los derechos humanos a la dimensión social, económica y medio ambiental de su responsabilidad social cuando, por ejemplo, definen su misión, gestionan las relaciones con sus stakeholders o elaboran indicadores de accountability. Efectivamente éstos no sólo nos ayudan a definir, en función de unos determinados valores universales, elementos clave de nuestra política de RSE sino que los derechos humanos actúan en definitiva como un filtro que nos permite orientar la toma de decisiones empresariales y, por consiguiente, la política de RSE, hacia lo que es éticamente correcto al establecer unas condiciones sin las cuales nuestra actividad empresarial quedaría deslegitimada ante la opinión pública en general y nuestros consumidores reales y potenciales.

No hay que olvidar que la estrategia de derechos humanos de la empresa va más allá de lo que nos exige muchas veces la normativa laboral o medio ambiental actual ya que abarca cuestiones que:

  • se hallan recogidas en instrumentos internacionales de derechos humanos, éticamente pero no jurídicamente vinculantes para las empresas, que han sido trasladados tan sólo en parte a las legislaciones nacionales.
  • se plasman en instrumentos específicos para empresas de carácter voluntario

Se trata pues de jugar a diferentes niveles entre lo legal y lo voluntario para alcanzar la excelencia en este terreno. Más allá de la legislación nacional pertinente y de las iniciativas dirigidas a las empresas, existe un campo muy amplio por explorar en el ámbito de lo voluntario que deberemos desarrollar tomando siempre como referencia los estándares de derechos humanos recogidos en los instrumentos internacionales.

¿Cuál es el área de influencia de la empresa en el ámbito de los derechos humanos? O ¿Respecto a quién es responsable la empresa?

En el ámbito de los derechos humanos, la empresa no es sólo responsable de aplicar la normativa financiera, laboral o medio ambiental pertinente sino que es responsable de cualquier impacto que pueda conllevar su actividad en los derechos humanos de determinados stakeholders, especialmente en aquellos países en los que los estándares legales de protección son deficientes. La empresa debe evitar cualquier actividad que, por acción o por omisión, pueda conllevar alguna violación importante de los derechos humanos en su esfera de influencia. No es, por lo tanto, ajenas a las circunstancias en las que realiza sus actividades sino que tiene que solventar sus posibles impactos negativos en los derechos humanos con la diligencia debida y a la vez adoptar, cuando sea posible, una postura propositiva en favor de la promoción de éstos en su área de influencia, tal y como nos recuerda el principio 1 del Pacto Mundial.

El área de influencia de la empresa la componen sus stakeholders y sitúa en lugar prioritario a aquellos relacionados con las operaciones centrales (empleados y consumidores). En última instancia, ésta alcanza la sociedad global por el impacto que en el desarrollo sostenible del planeta o en el derecho al desarrollo humano de las sociedades más vulnerables tienen las empresas tal y como se recoge en el llamamiento de Naciones Unidas para que éstas contribuyan a la realización de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Se deberá prestar especial atención a la cadena de suministro y al impacto en las comunidades locales ámbitos que, a pesar de encontrarse a menudo alejados geográficamente, son especialmente sensibles a cuestiones de derechos humanos en el caso de determinados sectores empresariales tal y como veremos más adelante. Así la esfera de lo local y de lo global a veces se confunden.

¿Y respecto a qué derechos humanos es responsable la empresa?

Como hemos visto anteriormente, la empresa no determina únicamente los derechos laborales de sus empleados sino que puede tener un impacto en muchos más derechos en el caso de determinados stakeholders. Puede influir negativamente en el derecho a la alimentación de las comunidades locales si no desarrolla, por ejemplo, una política medioambiental adecuada. De la misma manera puede impactar en los derechos civiles y políticos de los ciudadanos si permite determinadas prácticas abusivas por parte de sus servicios de seguridad o puede facilitar la explotación laboral infantil en determinados países si no paga salarios dignos o precariza el trabajo de los/las padres/madres de familia que subcontrata en su cadena de aprovisionamiento.

De la misma forma la empresa puede promover de manera efectiva los derechos humanos en su área de influencia cuando decide aplicar una política de no discriminación laboral a determinadas minorías en un país en el que ésta es una práctica habitual o cuando facilita, por ejemplo, a las comunidades locales el acceso al agua, derecho humano básico, a través de su infraestructura privada de suministro tal y como han desarrollado diversas empresas canadienses en algunos países africanos a través del proyecto ‘Minería por agua’.

Impacto de la empresa en los derechos humanos

Diagrama de ciclo

La empresa puede generar un impacto directo en los derechos humanos de sus stakeholders en todas aquellas acciones relacionadas con la actividad principal de la empresa. No hay que olvidar, sin embargo, que la empresa puede generar también un impacto mediante terceros, principalmente a través de socios comerciales, de su cadena de suministro o de empresas subcontratadas. A través de los contratos con dichas empresas se puede fomentar activamente determinados derechos o al contrario afectar negativamente los derechos de empleados o comunidades locales de manera significativa si no incluimos, por ejemplo, condicionantes de seguridad, medio ambientales o sociales o si se presiona excesivamente a la baja el precio del producto.

Otra cuestión que es objeto de especial controversia es la del concepto de ‘complicidad’. Hoy en día diversos agentes consideran que la empresa es cómplice cuando autoriza, tolera o facilita, por acción u omisión, la ocurrencia de violaciones de los derechos humanos por parte de un Gobierno, persona o grupo de personas que detentan el poder en un determinado territorio (puede tratarse de autoridades ‘legales’ o de grupos armados de oposición). La empresa puede también ser cómplice cuando opera en un determinado país a través de una joint-venture con una empresa estatal cuyo gobierno es responsable de abusos a los derechos humanos no pudiendo garantizar que la actividad conjunta respete los derechos humanos de los stakeholders implicados. El grado de complicidad de la empresa será más elevado cuanto más se beneficie y participe con conocimiento de dicha complicidad.

Las empresas pueden también ser acusadas de complicidad si actúan en determinados contextos de tensión, conflicto armado o subdesarrollo en los que su decisión de inversión o su posición de neutralidad facilitan o incluso provocan la ocurrencia de abusos a los derechos humanos por parte de las autoridades (legales o de facto). Royal/Dutch Shell fue acusada de complicidad con la junta militar nigeriana en 1995 al no pronunciarse sobre la ejecución en la horca del activista y escritor nigeriano Ken Saro-Wiwa. Diversos sectores critican que, en realidad, fue ejecutado por organizar protestas pacíficas contra dicha empresa y que ésta no actuó en su favor a pesar de su peso económico preponderante en la economía del país. Años más tarde esta misma empresa sí intercedió ante las autoridades en un caso similar.

Actualmente, las inversiones turísticas en Myanmar son objeto de un controvertido debate. Algunas ONG y miembros del partido de la oposición de este país aseguran que las inversiones ayudan a sostener el régimen dictatorial existente (el país destina el 40% del presupuesto nacional al ejército, frente a apenas un 0,3% en sanidad) y facilitan los abusos a los derechos humanos por la utilización masiva de trabajadores forzados para la construcción de infraestructuras y el desplazamiento de personas obligadas a abandonar sus hogares por la edificación de hoteles, aeropuertos o carreteras. Mientras, otros activistas defienden que éstas benefician a la población, limitan la represión y permiten evitar un aislacionismo que acaba perjudicando a la población local.

El objetivo de la ética aplicada a la empresa a través de los derechos humanos debe ser pues alcanzar en el más breve plazo el máximo estándar posible de acuerdo con nuestras capacidades. En cada contexto, deberemos preguntarnos qué criterio debo aplicar para que el impacto de mis actividades sea neutro o, incluso positivo, en los grupos de interés implicados.  

Para saber más:

-Mullerat R. (Ed.), Corporate Social Responsability. The Corporate Governance of the 21st Century. Kluwer Law, 2005.

-Andrew Kuper y Peter Singer, Global Responsabilities: Who must deliver on Human Rights, Routledege, 2005.

-Lene Bomann-Larsen y Oddny Wiggen (Ed.), Responsibility in World Business: Managing Harmful Side-effects of Corporate Activity, United Nations University Press, 2004.

-Tom Campbell y Seumas Miller (Ed.), Human Rights and the Moral Responsabilities of Corporate and Public Sector Organisations, Kluwer, 2004.

-Pacto Mundial y Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Embedding Human Rights in Business Practice, Naciones Unidas, 2004.

-Claude Fussler, Aron Cramer y Sabastian van de Vegt (Ed.), Raising the Bar. Creating Value with the United Nations Global Compact, Greenleaf, 2004.

-Radu Mares (Ed.), Business and Human Rights, Nijhoff, 2004.

-Rory Sullivan (Ed.), Business and Human Rights. Dilemas and Solutions, Greenleaf Publishing, Sheffield, 2003.

-Margaret Jungk, Deciding Wether to do Business in States with Bad Governments, Danish Center for Human Rights, 2001.



Liderazgos responsables. Carlos M. Moreno
Resumen:

Esta comunicación presenta las características de líderes y liderazgos responsables. Se parte de la realidad plural del liderazgo donde sería más propio referirse a “liderazgos” en vez de “liderazgo” y defiende la posibilidad de que, a través de liderazgos responsables, se puede encontrar nexos en común entre las distintas maneras de ejercer el liderazgo. Los liderazgos responsables deberían ser el sustrato antropológico para cualquier liderazgo.

Palabras claves: líderes, liderazgos y responsabilidad.

________________________________________________________________1.       1. ¿Liderazgo o liderazgos?


En la amplísima literatura sobre el liderazgo, es bastante frecuente referirse a este fenómeno en singular. Tiene su razón de ser porque así se puede acotar mejor la caracterización de un tipo determinado de liderazgo. El esfuerzo de años de investigación y estudio sobre el liderazgo ha ido mostrando distintas maneras de ejercer el liderazgo. No es extraño, pues, que si a un hombre o mujer de empresa, con experiencia de algunos años, se le preguntase sobre el liderazgo ejercido en su organización respondiera, por ejemplo, con alguno de estos calificativos “transformacional”, “personalista”, “carismático”, “autoritario”, “relacional”... y un largo etcétera. Una vez más, es importante subrayar que el liderazgo lo ejerce, básicamente una persona porque no quisiéramos obviar el liderazgo de equipos o el liderazgo compartido. Pero, habitualmente, es una persona la que ejerce el liderazgo sobre otras personas. Por otro lado, como se sabe bien, no hay liderazgo sin seguidores. También, quisiéramos puntualizar que si bien es cierto que el liderazgo en puestos de alta dirección es fundamental, tampoco podemos obviar el liderazgo que se dan en distintos niveles de la organización.

      Los liderazgos responsables, en el momento de ejercerse, habrán de tener en cuenta tres consideraciones fundamentales. Primera, si todo liderazgo lo ejerce una persona, esa misma persona  deberá calibrar bien el “peso” de su personalidad. Segunda, si el liderazgo se ejerce de una persona hacia otras personas, los liderazgos responsables considerarán las distintas personas a liderar. La tercera consideración atañe a la organización y la propia empresa. Si se tienen en cuenta estas tres variables, quizás, sí se pueda hacer referencia a una manera de ejercer el liderazgo. Pero la complejidad del momento actúa deberá llevar a los líderes responsables a saber manejar distintos liderazgos según la realidad de la empresa. Aceptemos como válido que el líder, en su proceder básico, se incline por un determinado liderazgo pero éste, necesariamente, deberá ir acompañado por otras maneras de ejercer el liderazgo que tengan en cuenta las variables mencionadas.

      La posible respuesta a la pregunta planteada al iniciar este primer apartado -¿liderazgo o liderazgos?-, nos aproximaría a “liderazgos”. El líder responsable sabe en qué liderazgo está centrado y, además, se maneja bien con una variedad de liderazgos en función de las circunstancias. Ejercer, sistemáticamente, un único liderazgo es reducir la complejidad de un fenómeno crucial para cualquier empresa. Si se acepta esta premisa y para mantener la coherencia de acción, se encuentra, al menos teóricamente, un sustrato común a los diferentes liderazgos. Ese nexo común a distintos liderazgos sería la “responsabilidad”. Si se ejerciera, por ejemplo, básicamente un liderazgo “transformacional” y, en otras ocasiones, en función de las personas y las necesidades de la empresa, un liderazgo “relacional”, el nexo de unión entre uno y otro –el sustrato común a ambos- sería el “liderazgo responsable”. De manera, aún, más precisa: cualquier liderazgo ha de ser un liderazgo responsable. Por tanto, y siguiendo con el mismo ejemplo, el liderazgo “transformacional” también ha de ser “liderazgo responsable” como, así mismo, lo tiene que ser el liderazgo “relacional”. Sólo el liderazgo -con el calificativo que se le quiera añadir- que mantenga, en su raíz, la responsabilidad es tal liderazgo. ¿En qué consistirían, entonces, los liderazgos responsables? En dar respuesta, desde la ética, a cuatro estimaciones. Primera, los líderes responsables deben responder ante sí mismos. Segunda, los líderes responden ante sus colaboradores más inmediatos. Tercera: los líderes responden (y se responsabilizan) ante la organización y cuarta, dan cumplida respuesta ante la sociedad.

 

2.       El componente “persona”

 

      En el ejercicio de los liderazgos la persona tiene un papel fundamental. La persona, en cuanto tal, es esencial para cualquier organización humana y la empresa aunque, en ocasiones, no se la tenga en cuenta, también, lo es. La cuestión de la “persona” atañe tanto al líder como a sus seguidores: todos son personas. Pero la persona como saben  los responsables de la dirección de personas en las empresas es una realidad que nunca se abarca del todo.

      El hecho de que un líder ejerza, esencialmente, un determinado tipo de liderazgo tendrá que ver con su propia persona y personalidad. Aunque encontramos algunos autores como Farkas y Wetlaufer[1] que, en parte con razón, entienden que “el liderazgo es un estilo de gestión coherente y explícito, no un reflejo de un estilo personal”. Nuestro convencimiento, sin embargo, es que el componente “persona”, en el líder, influye en la manera de ejercer su liderazgo. Lo que desconocemos es cuánto influye. Hay líderes que de suyo parecen, por ejemplo, más “carismáticos” o más “serviciales” pero liderazgo es, como apuntan muy bien Quintanilla, Sánchez-Runde y Cardona[2], un fenómeno de “una gran ambigüedad y complejidad. Básicamente, se nos escapa de entre los dedos”.

      Sin embargo, se podría decir que la primera característica de los liderazgos responsables es el autoconocimiento. La persona que lidera deber poseer un alto conocimiento de sí mismo, de sus fortalezas y debilidades. Conociendo sus propios límites estará en condiciones de liderar, con mayores garantías, a la empresa. Si el líder conoce bien sus limitaciones y tiene la suficiente humildad para “re”conocerlas tendrá, por ejemplo, mayores posibilidades de construir equipos de colaboradores que lleguen donde él no alcanza. Además de la humildad, de tocar con los pies en el suelo, es necesaria la sinceridad con uno mismo, sin caer en el autoengaño por “engolamiento” de los éxitos que se puedan lograr.

      Los liderazgos responsables se ejercen desde la exigencia estricta de sí mismo en relación al propio trabajo. Ser exigente consigo mismo, desde la más absoluta dedicación (y discreción), es la primera manera de despertar en los demás el respeto imprescindible para liderar desde la responsabilidad. El autoconocimiento personal es, pues, la primera característica para liderar dado que es la base para el autoliderazgo. Sigue siendo válida la afirmación de que “sólo quien se lidera a sí mismo es capaz de liderar a los demás”. Los liderazgos responsables empiezan con el liderazgo responsable de uno mismo.

      La segunda característica es la educación permanente. Todo líder ha de tener una base de preparación, seguramente, consolidada en los años de formación universitaria. A esta formación “académica”, se le podrá añadir el aprendizaje que ha ido adquiriendo con la experiencia de años de trabajo. De esta manera, los líderes responsables han mantenido a lo largo de su trayectoria profesional, una disposición abierta siempre a aprender. Los líderes responsables saben que no lo saben todo y necesitan del conocimiento de los demás para crecer y hacer crecer a la empresa. Los líderes responsables aprenden, diariamente, con su trabajo y lo entienden como fuente inagotable de conocimiento. Tienen la capacidad de sacar conclusiones de los errores cometidos y el carácter imprescindible para mirar hacia adelante. De hecho, convierten los errores de hoy, en oportunidades para el mañana. Pero, además, mantienen una voluntad intacta de educación constante, siguen estudiando, mantienen vivas sus inquietudes para seguir creciendo personalmente y, así, poder aportar mayor valor a la propia empresa.

      Sabemos que el término “formación” es el utilizado habitualmente cuando se abordan este tipo de cuestiones en las empresas, pero creemos que tiene un componente “externo”, sin duda valioso, pero en el que difícilmente encontramos los elementos “internos” propios de la persona que hacen que ésta elabore internamente y extraiga hacia fuera lo mejor de sí misma. Si se quiere, es un simple matiz pero nos parece importante. La educación tiene un componente interno para la persona que en la formación, normalmente, no se produce dado su habitual carácter externo. Por eso, el líder responsable más que formarse se educa permanentemente y más que formar a los demás, educa a los demás. Sin embargo como, acertadamente afirma Álvarez de Món[3], “si quieres educar, edúcate”. Los liderazgos responsables se ejercen desde la educación perseverante de los líderes, dedicando parte de su tiempo y esfuerzo para seguir educándose y, posteriormente, estar en condiciones de educar a los demás. Seguramente, no con grandes declaraciones si no a través del ejemplo del trabajo diario.

      La tercera característica de los liderazgos responsables es que se dirigen hacia personas. El líder responsable sabe que todas las personas no son iguales y que, por tanto, requieren de distintos liderazgos. Esto exige a los líderes responsables, no sólo un conocimiento de sí mismos, sino un conocimiento de personas. Los líderes responsables conocen las fortalezas y debilidades de sus colaboradores y los lidera desde ese conocimiento. Supone un esfuerzo porque han de estar atentos a la manera de trabajar de sus colaboradores. También, desde la habilidad y competencia suficiente para saber, en cada circunstancia y con la singularidad (y unicidad) que supone cada persona, qué liderazgo puede ser el más adecuado para ejercer con aquella persona y en unas circunstancias determinadas. Los liderazgos responsables se ejercen desde la moderación, desde el justo medio, con los criterios suficientes para responder con el tipo de liderazgo necesario en cada ocasión. La prudencia rige la conveniencia de un tipo liderazgo u otro. Por todo ello, los líderes responsables no sólo deben prepararse para distintos liderazgos sino que deben tener conocimiento de la situación de las personas y del conjunto de la empresa.

 

3.       La empresa como organización de personas.

 

      En estos tiempos de constantes cambios, poco a poco, van emergiendo distintos modelos de empresa. Si observamos, atentamente, el entorno empresarial nos daremos cuenta de cómo en el funcionamiento de las empresas subyacen distintas maneras de hacer empresa. Uno de los modelos para este siglo XXI, será el de aquellas empresas que, efectivamente, entiendan a la empresa como una organización de personas y sitúen a las personas en el corazón, centro –cuore, core- de la misma. Aquellas máximas repetidas tanto -hasta la saciedad- y que se convirtieron en  afirmaciones políticamente correctas como la de que las “personas son nuestro activo fundamental”, “el capital humano de la empresa es decisivo para nuestra empresa” o afirmaciones de calibre parecido, en las empresas que funcionan como una organización de personas deja de ser una declaración de intenciones para hacerla, día a día, realidad. Sin embargo, en los últimos tiempos, son cada vez más numerosas las declaraciones de empresarios, directivos y organizaciones sindicales que enfatizan las personas como elemento “diferencial” de la empresa.

      La apuesta es por una empresa entendida como organización de personas donde la relación que se establece con las personas se sostiene, en primer término, desde el escrupuloso respeto por la legalidad vigente. En segundo término, se “va más allá” de la legalidad apostando por una empresa ética mediante unos valores específicos que cada empresa decide y que están enfocados hacia las personas de la empresa y el conjunto de la organización. En tercera instancia, se vinculan estos valores éticos a valores sociales. Así, poco a poco, se ponen de relieve algunas de las características de una empresa responsable que, sintetizando mucho, se podrían concretar en tres características. Primera característica: sitúa de facto a las personas en el centro de la organización. Segunda: decide unos valores éticos a través de la cultura empresarial que se concretan internamente y que tienen trascendencia en la vinculación de la empresa cono todas las partes implicadas dentro y fuera de la misma. Tercera característica: se decide, desde la empresa voluntaria y libremente, los valores sociales para imbricarse con la sociedad. En estas tres características, la determinación de la dirección es fundamental.

      Los liderazgos responsables empujarían en la dirección de construir organizaciones donde las personas están en el centro desde la convicción que este modelo de empresa redundan positivamente en la organización y en el conjunto de la sociedad. Los liderazgos responsables hacen este esfuerzo por impulsar una organización humana centrada en las personas y tienen en cuenta el “peso” de las personas en y para la empresa. Los liderazgos responsables sitúan a las personas en el centro de la organización.

      Los liderazgos responsables son, también, liderazgos eficaces. La eficacia en los liderazgos significa que los líderes, como han señalado Yukl y Lepsinger[4], ejercen su liderazgo en base a tres pilares: “focus in what is really important”, “maintain self-awarenes” y “perserve personal integrity”. Donde estar “enfocado” en lo que es, realmente, importante significa proactividad en el comportamiento y que las acciones estén guiadas por prioridades y objetivos claros. El segundo pilar, el conocerse a uno mismo –el autoconocimiento que señalábamos en líneas precedentes- implicaría conocer las propias habilidades y el propio comportamiento. El tercer pilar, preservar la integridad, es fundamental ya que “without integrity, a leader is unlikely to retain the trust, royalty, and support of people whose cooperation is essential. Integrity means that a person is honest, ethical, and trustworthy”.[5] La eficacia de los liderazgos responsables deberá tener en cuenta la integridad personal de acción, la confianza y la transmisión de esta confianza a través de las acciones. Sintetizando: los liderazgos responsables son liderazgos de acción de personas hacia una organización que es organización de personas: la empresa.

 



[1]Farkas, C. M., y Wetlaufer, S., “Los sistemas de liderazgo de los consejeros delegados” en Harvard Deusto Business Review, Liderazgo, p. 124.

[2]QUINTANILLA, J., SÁNCHEZ-RUNDE, C., CARDONA, P., Competencias de la Dirección de Personas. Un análisis desde la Alta Dirección, Madrid, Pearson Educación  - Fundipe, 2004, p. 17.

[3]ÁLVAREZ DE MÓN, S., “El líder en la empresa y la sociedad: cultura, valores y cambio” en VARIOS, Paradigmas del Liderazgo, Madrid, McGraw-Hill ­- IESE, 2001, p. 174.

[4]YUKL, G., y LEPSINGER, R., Flexible Leadership. Creating Value by Balancing  Multiple Challenges and Choices, San Francisco, Jossey - Bass, 2004, pp. 232 -235.

[5]YUKL, G., y LEPSINGER, R., Flexible Leadership. Creating Value by Balancing  Multiple Challenges and Choices, San Francisco, Jossey - Bass, 2004, p. 234.


La empresa como agente social. Godofredo Chillida
Introducción:

En esta comunicación desearía destacar la función de la empresa como agente social, lo que significa concebirla como parte integrante de un conjunto más amplio compuesto por la totalidad de la sociedad. Para llevar a cabo esta labor me referiré a ciertas nociones e ideas que el filósofo francés André Comte-Sponville esgrime al respecto. La decisión de traerlas a colación responde a la intención de escapar a las visiones irreconciliables que, por un lado censuran la acción empresarial al creerla nociva para la sociedad y, por otro simplemente se encargan de enaltecer los logros empresariales como si fueran  la cumbre definitiva de la acción humana. Pienso que entre ambas posiciones hay un gran abanico de interpretaciones y es este espacio intermedio el que parece más interesante de transitar, si se pretende justificar a la empresa como agente imbricado en la dinámica de la comunidad.

El motivo por el que he decidido centrarme en el valor social de la empresa, se fija al haber detectado el fehaciente interés, por no pocas corporaciones, de suavizar su imagen empresarial, mostrando un interés abierto por lo acontecido en la sociedad que las acoge. Existe una aproximación hacia los valores sociales. Podemos tomar un ejemplo ilustrativo al fijarnos en las actividades que las cajas de ahorro, destinan a la labor social, así “La Caixa” desarrolla proyectos específicos dirigidos al análisis e intervención de los más diversas problemáticas sociales (desde acercamiento a las culturas urbanas, hasta la integración de inmigrantes en la dinámica comunitaria que les acoge, y en la cual residen) Lo atractivo de este giro se centra en descubrir los valores que han impulsado el cambio de actitud y no tanto en justificar o reprobar las acciones mismas, puesto que ellas quedan ya sometidas al contexto legal en el que se dan. Desde posicionamientos éticos es fácil atacar o defender la acción empresarial, según sea la finalidad que se pretenda obtener, pero ello no añade nada a la acción misma, si se sustituye carácter de fundamentación racional, por una especie de dogma de fe. Quizá si observamos la actividad  desarrollada por la empresa, como originada desde la intención seria de poder disfrutar de las ventajas que el espacio común ofrece podamos descubrir que, pese a los intereses ocultos que puedan existir (en la empresa: encontrar menos resistencia a la hora de llevar a cabo su crecimiento; en la sociedad: aprovechar los productos que la empresa ofrece) todo acercamiento entre posiciones enfrentadas es siempre provechoso, pues supone un abandono de los patrones autoritarios rígidos, y por tanto cerrados al diálogo.  

 

 La empresa participa de los intereses sociales:

            Para comenzar con el desarrollo del tema, he elegido ciertas ideas en torno a la visión social que Comte-Sponville perfila, creyendo que ayudarán a crear el marco de discurso necesario para asentar, de modo equilibrado, la compleja percepción de la empresa como agente social.

            El pensador francés reconoce un retorno a lo moral[1], en el modo en que se llevan a cabo y se interpretan las acciones humanas, aunque ello no significa propiamente que la gente sea más virtuosa sino que se habla más de moral. No obstante esboza una definición de moral entendiéndola como: el conjunto de nuestros deberes (obligaciones y prohibiciones auto-impuestos) fijados sólidamente sin esperar castigo o recompensa alguna. De modo genérico valdría apuntar que la moral, así entendida, es la suma de lo que vale para una conciencia de forma incondicionada. Pero este orden moral no sirve por sí mismo para analizar lo acontecido en la sociedad, sino que debe cumplimentarse con un orden tecno-científico (o económico-laboral), uno jurídico-político y, el más importante según este pensador: el orden ético, en el que todo se realiza desde el amor[2], concebido como voluntad de acercamiento, imprescindible para definir tanto campos de reglamentación, como para asumir y llevar a cabo los diferentes códigos deontológicos. La necesidad de este orden queda justificada si acentuamos la función motivadora que desempeña sobre los otros tres órdenes. Desde el orden ético se entiende el avance científico y empresarial, la creación de legislaciones y la existencia de deberes impuestos desde la autonomía racional. Desde el orden ético podemos entender la aproximación de la empresa a la sociedad.

            La actividad económica desarrollada por la empresa, posee una característica básica que le permite estrechar posiciones con respecto a la sociedad,  ésta consiste en no pedir a los individuos nada distinto de lo que son, no les trata como a extraños. Si bien la empresa puede llegar a entenderse como un ente abstracto, no hay duda que su composición está creada por (y para) seres humanos, son ellos los que efectúan las acciones, son ellos los gestores y receptores de sus propias acciones. Así, si la empresa se acerca a la sociedad es porque desea conectar con el resto de figuras sociales. Lo que en definitiva se persigue es una apertura comunicativa entre personas que entienden  la necesidad de mirar hacia fuera de sí, para no perder el rumbo de sus objetivos. El empresario interpreta al ciudadano como un inter-locutor válido. De hecho, sin él su actividad no sólo no tendría sentido económico (perdería la clientela), sino que simplemente no tendría significado en sentido lato, ya que se obviaría  a una parte imprescindible del proceso comunicativo. Si los directivos se centran en el objeto producido (en el mensaje) y desatienden el cuidado del individuo  (receptor) se incurre en un monólogo estéril. A esto hay que añadir los múltiples factores que intervienen en el proceso comunicativo, tales como el contexto en el que se posibilita (o no)  así como la existencia de influencias externas al propio contexto que podrían hacer variar la relación entre las partes integrantes en el proceso.

Existe un grado elevado de intereses que pueden satisfacerse por ambas partes al entrar en inter-acción, de modo que resultaría inane enjuiciar el mero hecho de apertura, como si de una  traición hacia los valores acordados se tratara (pero lo acordado no tiene porque tener perpetua validez inmodificable). Por tanto, el acercamiento entre empresa y sociedad no se realiza al margen de los valores, sino más bien al contrario, exige un alto grado de responsabilidad (valor éste, sobre el que se asienta cualquier acción que pretenda alcanzar el calificativo de racional) de una responsabilidad compartida, para establecer medidas que faciliten la correspondencia de intereses, la co-responsabilidad. La responsabilidad, así concebida, consiste en poder tomar una decisión pese a las dudas y complejidades propias del acto de aproximación, lo que obliga a hacer hincapié en que nadie puede elegir por otro, ya que toda elección es personal. “Nadie puede asumirla sino completamente solo y universalmente”[3]. Ello no impide que no se puedan tomar decisiones en equipo, como sucede en la empresa o en diferentes ámbitos sociales, pero lo que no puede acontecer es que un equipo descargue a alguno de sus miembros de la responsabilidad que ha adquirido. 

La actividad empresarial interpretada en clave de responsabilidad, no se mueve de acuerdo a impulsos descontrolados en busca de beneficios inmediatos a costa de la sociedad, sino que posee una escucha y comunicación abierta con el fin de aproximar sus intereses particulares a los más generales, demandados por la sociedad, sin que ello devenga en la pérdida completa de objetivos unilaterales. A ello añade el pensador francés que: “Ninguna empresa está interesada en trabajar en un medio ambiente arrasado, ni en un cuerpo social en descomposición”[4].

  Quizá parte del problema resultante del encuentro entre empresa y sociedad, surge de intentar dar soluciones que buscan poner al ser humano en el centro de la empresa, como si la empresa fuese un receptáculo deshumanizado que necesitara retomar el valor prístino del hombre, entendiéndolo como una especie de reminiscencia pura y bienintencionada. No creo que éste sea este el camino a seguir, más bien hay que centrar esfuerzos en advertir que la empresa se compone de individuos activos y con capacidades éticas. La propuesta atractiva sería la de situar como interés central del ser humano al ser humano mismo, al margen de la función laboral o rol social desarrollado por él. Dentro de esta propuesta, el orden ético alcanza valía al fundamentarse en el amor como capacidad para desear estar junto al otro (cercanía física) y permitir vehicular la acción del ser humano entre los diferentes ámbitos en los que se expresa, permitiendo el flujo abierto entre los órdenes que conforman la estructura social. Esta concepción del amor impone una perspectiva vitalista, abierta a la cercanía de lo otro que no soy yo. Una aproximación corporal en la que los interlocutores tienen rostro y ojos a los que mirarse.

 Al observar la relación entre empresa y comunidad es lícito entender que la primera  pueda identificarse en el papel de agente social, pues si bien la búsqueda de beneficios económicos sigue intacta y controlada por la legislación correspondiente, ello no  supone que dentro de un espacio más amplio de intereses la empresa no considere valorar el beneficio humano contenido en su apertura hacia la sociedad. Decir lo contrario sería negar que la empresa efectúa diferentes actos enfocados a la inversión social, sin que ello suponga ser una entrega de limosna, sino que es  resultado de la toma de conciencia de saberse parte de un entramado común, en el que cada agente (individuo o persona moral con capacidad de acción y reflexión) toma iniciativas que redundan en el espacio colectivo. La empresa es capaz de activar patronazgos a instituciones educativas, eventos de carácter deportivo, contribuciones económicas a ONGs e incluso ofrecer apoyo estructural en fiestas patronales. Por supuesto, detrás de estos gestos se esconden intenciones nada peregrinas como puedan ser: el desarrollo de una campaña de difusión publicitaria, la re-orientación de capital que necesita circular al margen del contexto empresarial o, incluso, llevar a cabo “un lavado de imagen” que subsane cierto daño provocado por su actividad sobre un bien de la comunidad (ej: empresa química que contamina los caudales fluviales). Pero criticar esto diciendo que la empresa  sólo busca el beneficio económico no es nada relevante, ya que no deja de ser una simple opinión carente de fuerza, es decir, no aporta ningún elemento  argumentativo racional por el que se pueda iniciar un cambio de situación, por leve que éste sea.

Para salir de la circularidad propia de los foros en los que se habla sobre la impiedad empresarial en su relación con la sociedad, quisiera recordar que la articulación de contenidos dentro del presente texto destaca el valor de la responsabilidad, advirtiendo que su centralidad permite escapar de la mera aprobación o reprobación de la inmersión social, llevada a efecto por parte de la empresa. Lo que supone ser conscientes de la estructura por medio de la cual la empresa – los directivos que toman las decisiones- se siente responsable de las acciones que acomete,  tras haber elegido ante las diferentes opciones, de acuerdo al abanico de normas sociales, morales, legales o religiosas que guían la acción humana, incluso dentro de la misma empresa. Todo ello desemboca en asumir su responsabilidad ante el conjunto social, al quedar éste directamente afectado por las decisiones adoptadas desde el seno de la corporación, ya sea una reducción de plantilla, un abaratamiento de los productos o una fusión entre empresas del mismo sector.

Centrando el concepto de responsabilidad en un marco político-social, podemos aproximarnos  a la definición que  El Libro Verde de la Comisión Europea (2001)[5] establece sobre la responsabilidad social empresarial (RSE), al caracterizarla como la “integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con los afectados por las actividades empresariales”. Esta voluntad de compromiso elevada a texto formal dentro del espacio político-social comunitario, reafirma la intervención de la empresa dentro del contexto social que la envuelve, haciéndole salir de su papel de mero agente económico para pasar a uno más amplio, como es el de agente social, debido a que sus decisiones económicas generan impactos en el medio ambiente y en la comunidad, bien sea por acción u omisión (ej: tala masiva de árboles o no actuar en el freno de determinadas prácticas comerciales que generan inexorablemente pobreza o abusos de los derechos básicos de los trabajadores). Desde las direcciones corporativas se ha empezado a comprender que los cambios más significativos, dentro del proceso económico-empresarial, se definirán en tanto en cuanto la empresa perciba que los ciudadanos (individuos sociales) les valoran no sólo por la calidad o precio de los productos, sino también por sus buenas prácticas.

Un ejemplo claro de este posicionamiento podemos encontrarlo en la publicación “Making Good Business Sense” redactada por The World Council for Sustainable Development (WCSD)[6], en la que se define la responsabilidad social empresarial como el continuo compromiso por parte de la empresa, de obrar de manera ética a la par que contribuye al desarrollo económico, buscando una mejor calidad de vida de los que componen su fuerza de trabajo y de sus familias, así como de la comunidad local y del conjunto total de la sociedad.

Este re-direccionamiento del sector privado empresarial debería acompañarse de esfuerzos que fueran en la misma línea, por parte de gobiernos y demás instituciones implicadas en el desarrollo social para que la labor fuera efectiva y concreta y, no sólo una promesa atractiva puesta sobre la mesa con la única intención de sacar réditos económicos. 

 


[1] Comte-Sponville, André: El capitalismo, ¿es moral?; Barcelona, Paidós: 2004.

[2] Op. Cit. Pag. 78.

[3] Op. Cit. Pág. 133.

[4] Op. Cit. Pág. 194.

[5] Fomentar un marco europeo para la Responsabilidad Social de la Empresa. Capítulo II “¿Qué es la Responsabilidad Social de la Empresa?, punto 20.

[6] The World Council for Sustainable Development es una coalición compuesta por 175 empresas internacionales (procedentes de 35 paises diferentes) unidas para compartir el compromiso sobre un desarrollo sostenible, apoyándose en tres pilares básicos: crecimiento económico, equilibrio ecológico y progreso social.


Autonomía y beneficiencia. Dos principios en tensión. Ester Busquets
La bioética norteamericana –guiada por su pragmatismo- ha privilegiado e impuesto como canónicos cuatro principios: no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Aquí nos  centraremos en el estudio de las tensiones existentes entre dos de ellos: la autonomía y la beneficencia. Para hacerlo, primero analizaremos las definiciones sobre estos principios que ofrecen T. L. Beauchamp y J. F. Childress (Principios de Ética Biomédica), D. Gracia (Fundamentos de Bioética) y H. T. Engelhardt (Los fundamentos de la Bioética), a partir de sus obras más destacadas. Seguidamente intentaremos hacer un análisis comparativo para llegar a unas conclusiones.

 

1. El principio de autonomía

En las definiciones del principio de autonomía veremos que hay diferencias sustantivas en lo que hace referencia a su contenido.

a) Definiciones del principio

TOM L. BEAUCHAMP Y JAMES F. CHILDRESS

Autonomía personal:

“Regulación personal de uno mismo, libre, sin interferencias externas que puedan controlar, y sin limitaciones personales que impidan hacer una elección. Una persona actúa libremente de acuerdo con un plan elegido.

Acciones autónomas:

“Las acciones autónomas se analizan en función de sus agentes, los cuales actuarán: a) intencionadamente; b) con conocimiento; y c) con ausencia de influencias externas que pretendan controlar y determinar el acto.”

Principio de respeto a la autonomía:

“Ser autónomo no es lo mismo que ser respetado como agente autónomo. Respetar a un agente autónomo implica, como mínimo, asumir su derecho a tener opiniones propias, a elegir y a realizar acciones basadas tanto en sus valores como en sus creencias personales. Este respeto debe ser activo, y no simplemente una actitud. Implica no sólo la obligación de no intervenir en los asuntos de otras personas, sino también la de asegurar las condiciones necesarias para que su elección sea autónoma.”

“El principio de respeto a la autonomía se puede formular negativamente: las acciones autónomas no deben ser controladas ni limitadas por otros. Este principio plantea una obligación amplia y abstracta que no permite cláusulas de excepción, como por ejemplo “debemos respetar los puntos de vista y derechos del resto de las personas, siempre que sus ideas y acciones no supongan un grave perjuicio para otros.” [...] Podemos ahora considerar las exigencias afirmativas del principio, concretamente la obligación positiva de ser respetuoso ofreciendo información y favoreciendo la toma de decisiones autónomas. (...) Muchos actos autónomos no serían posibles sin la cooperación activa de otros que permita que las opciones sean viables. Respetar la autonomía obliga los profesionales a informar, a buscar y asegurar la comprensión y la voluntariedad y a fomentar la toma de decisiones adecuada.”

DIEGO GRACIA

Autonomía como acto de elección autónoma:

"La autonomía puede ser considerada una facultad o condición sustantiva de la realidad humana; pero puede también ser vista, de modo más simple, como un acto, el acto de elección autónoma. Esta última definición de autonomía es la que ahora interesa, no sólo porque resulta más simple sino además porque tiene mayor operatividad. Las personas autónomas pueden hacer y de hecho hacen elecciones no autónomas; y, por el contrario, las personas no autónomas son capaces de realizar acciones autónomas en ciertos momentos y hasta cierto grado.

Faden y Beauchamp piensan que las acciones son autónomas cuando cumplen tres condiciones:  "intencionalidad", "conocimiento" y "ausencia de control externo". Por tanto, puede formularse la siguiente definición: X actúa autónomamente sólo si X actúa 1) con intencionalidad, 2) con conocimiento, y 3) sin control externo."

Autonomía:

"Por autonomía se entiende en bioética la capacidad de realizar actos con conocimiento de causa y sin coacción."7

H. TRISTRAM ENGELHARDT

Principio de autonomía como principio de permiso:

“El principio de permiso fundamenta la moralidad del respeto mutuo, ya que exige que sólo se utilice a otras personas si éstas dan previamente su consentimiento (...) El principio de permiso muestra que no se debe utilizar a los pacientes como simples medios para un fin.

El principio de permiso:

“La autoridad de las acciones que implican a otros en una sociedad pluralista secular tiene su origen en el permiso de éstos. Como consecuencia,

  1. Sin este consentimiento o permiso no existe autoridad.
  2. Las acciones en contra de esta autoridad son censurables, en el sentido que sitúan al infractor fuera de la comunidad moral en general y, por otra parte, hacen lícito (aunque no obligatorio) el recurso a la fuerza con fines defensivos, punitivos o de represalia. (...)

b) Análisis comparativo

1) Persona autónoma, respeto a la autonomía y acción autónoma

Beauchamp y Childress, como hacía el Informe Belmont, mantienen la distinción entre “autonomía personal” y “respeto a la autonomía”, pero lo que realmente les interesa es definir las condiciones que debe cumplir una acción para que sea considerada autónoma (intencionalidad, conocimiento, ausencia de interferencias externas). D. Gracia se suma a la simplificación de los americanos. 

Beauchamp y Childress también consideran que el principio de respeto a la autonomía consiste en una doble tarea: no controlar ni limitar las acciones de otros y ofrecer información para favorecer una toma de decisiones autónoma.

2) Autonomía entendida como principio de permiso

Engelhardt no se detiene a definir la autonomía o la acción autónoma, da por hecho que la persona tiene el derecho fundamental a autodeterminarse; lo que él plantea es la autoridad de las acciones que implican a otras personas, y afirma que si una acción (hacia otro) no cuenta con el permiso o consentimiento de éste no hay autoridad para llevarla a cabo. La autoridad o acción adecuada tiene que ser fruto de un proceso de negociación.

2. El principio de beneficencia

Veremos también en este apartado que a la hora de describir el principio de beneficencia tampoco hay unanimidad.

a) Definiciones del principio

TOM L. BEAUCHAMP Y JAMES F. CHILDRESS

Principio de beneficencia:

“El principio de beneficencia se refiere a la obligación moral de actuar en beneficio de otros. Muchos actos de beneficencia son obligatorios, pero un principio de beneficencia, tal y como nosotros lo entendemos, impone una obligación de ayudar a otros a promover sus importantes y legítimos intereses.”

Principio de utilidad:

“El principio de utilidad es una prolongación esencial del principio de beneficencia positiva. [...] El principio de utilidad no es idéntico, en nuestro análisis, al clásico principio utilitarista de utilidad, que es un principio absoluto o preeminente. Nuestro principio no debe ser interpretado como el único principio de la ética ni como el que justifica o el que domina a todos los demás principios. Se encuentra entre un número de principios prima facie. Este principio también se limita a sospesar beneficios, riesgos y costes (resultados de acciones), y no determina el equilibrio conjunto de las obligaciones.”

DIEGO GRACIA

Beneficencia no paternalista:

"Una beneficencia no paternalista es aquella que intenta hacer el bien o ayudar a los demás en sus necesidades, siempre que ellos voluntariamente lo pidan o lo acepten. Por tanto, en las personas adultas y responsables este principio nunca permite hacer el bien o ayudar sin el “consentimiento informado”.

Beneficencia y autonomía:

"El principio de beneficencia es inseparable del de autonomía. [...] Lo beneficioso lo es siempre para mí y en esta situación concreta, razón, por la cual es incomprensible separado de la autonomía. No se puede hacer el bien a otro en contra de su voluntad, aunque sí estamos obligados a no hacerle mal.”

H. TRISTRAM ENGELHARDT

“El principio de beneficencia es el que pretende hacer, producir, o realizar el bien. Como tal, la beneficencia es el principio cardinal de las éticas teleológicas y consecuencialistas, siendo destinado a asegurar la realización del bien, así como el equilibrio positivo de los beneficios sobre los perjuicios. Para precisar el contenido del principio de beneficencia, debemos especificar de que bienes se trata, para quien, y en qué perspectiva. Este principio puede considerarse como parte del principio de utilidad. De la misma manera que este último se abre a cuestiones como la naturaleza del bien, de la comparación apropiada entre los bienes, de la comparación intersubjetiva de la satisfacción o de las preferencias, así como del gozo de los bienes. Invocar el principio de beneficencia constituye más una heurística para el análisis de las cuestiones morales que una manera de descubrir una obligación específica con el objetivo de obtener un bien.

Es por esto que el principio de beneficencia habitualmente se invoca en tándem con el principio de autonomía; la beneficencia a menudo se ve en contraste o en competición con los intereses morales sostenidos por la autonomía.”

“Se debería formular el principio de beneficencia en los siguientes términos positivos: haz el bien a los demás. Sin embargo, en la medida en que se intenta hacer a los demás lo que ellos consideran que sería su bien –y no lo que nosotros mismos o nuestra comunidad moral consideramos que es su bien– el sentido de la obligación se debilita.”

“1. Por una parte, no existe ningún principio general de beneficencia dotado de contenido al que se pueda apelar.

2. Por otra parte, las acciones que no respetan la preocupación por la beneficencia son censurables, en el sentido que sitúan a los infractores fuera del contexto de toda comunidad moral particular dotada de contenido. Tales acciones sitúan a los individuos fuera de las exigencias de beneficencia. La malevolencia, en particular, es el rechazo de los vínculos de beneficencia. En la medida en que se rechacen sólo reglas particulares de beneficencia, basadas  en una visión concreta de la buena vida, únicamente se perderá el propio derecho a exigir beneficencia dentro de esa comunidad moral particular; en cualquiera de los casos, la petición de clemencia (caridad) puede seguir teniendo validez. Las acciones contra la beneficencia constituyen incorrección moral. Dichas acciones van en contra del contenido propio de la vida moral.”

b) Análisis comparativo

1) Obligatoriedad del principio de beneficencia

El tándem americano, de acuerdo con el Informe Belmont, incorpora en la definición de beneficencia la obligatoriedad. Sin embargo a lo largo de toda su obra se esfuerzan en matizar que esa obligatoriedad no es incondicional, a partir de la distinción entre beneficencia general y específica.

D. Gracia no incluye en su definición de beneficencia la obligatoriedad, porque considera que la beneficencia –junto con la autonomía- forman parte del nivel 2, según su jerarquización de los cuatro principios de la bioética. Y este segundo nivel se caracteriza por ser una ética de máximos, no exigible a todos.

Engelhardt también se opone a aceptar que el principio de beneficencia se pueda considerar como obligatorio, pero su razón es distinta de la de Gracia. Para Engelhardt la beneficencia no puede ser obligatoria porque las necesidades capaces de generar exigencia moral solo se pueden determinar en un contexto particular y casi siempre por un acuerdo multilateral.

2) Principio de utilidad entendido como prolongación de la beneficencia

Dejando aparte la definición de beneficencia de D. Gracia que no trata la cuestión que ahora interesa, las demás definiciones de beneficencia consideran que el principio de utilidad y el principio de beneficencia van asociados. A la hora de hacer el bien se debe tener en cuenta los riesgos y beneficios que se derivan de la acción que llevamos a cabo.

Beauchamp y Childress afirman que el principio de utilidad es una prolongación esencial del principio de beneficencia. Se trata de un principio que se limita a valorar beneficios, riesgos y costes que se pueden derivar de las acciones.

Para Engelhardt el principio de beneficencia está destinado tanto a asegurar la realización del bien como a equilibrar positivamente los beneficios sobre los perjuicios

3) Beneficencia y autonomía: dos principios en tensión

La concepción actual del principio de autonomía y el principio de beneficencia hace que ambos entren en una tensión permanente. Sin embargo reconocer que existe esta tensión quiere decir que se concede la misma importancia a los dos principios, como hacen los filósofos americanos Beauchamp y Childress. Ellos consideran que tanto el principio de beneficencia como el de autonomía son prima facie, es decir, tienen la misma importancia. Sin embargo, en la práctica, ante una situación concreta nos podemos ver obligados a jerarquizar los principios.

D. Gracia y H.T. Engelhardt definen el principio de beneficencia en tándem con el principio de autonomía, y terminan subordinado la beneficencia a la autonomía.  

3. Conclusiones

Una vez presentadas las diversas definiciones, tanto del principio de autonomía como del principio de beneficencia, y hecho un breve análisis comparativo podemos concluir subrayando los aspectos más importantes que se derivan de este análisis: 1) Reducción de la autonomía a elección autónoma, 2) Prioridad de la autonomía sobre la beneficencia.

1. Reducción de la autonomía a elección autónoma

La reducción de la autonomía a elección autónoma es un señal inequívoco del pragmatismo americano, que renuncia de entrada a la fundamentación. La autonomía en sentido kantiano permanece olvidada. Ya que para Kant respetar la autonomía del otro no solo quiere decir respetar su capacidad de escoger y de poder actuar con conocimiento de causa y sin coacción, sino también ayudar a escoger aquello que respetará la dignidad de la persona humana. No se puede olvidar que la autonomía en sentido ético es ciertamente la capacidad de decidir, pero de decidir en la dirección de lo que es bueno y justo. Por lo tanto, de acuerdo con Kant, un ser autónomo no puede querer racionalmente aquello que no es universalizable. En cambio, la autonomía a la americana puede derivar fácilmente hacia la autarquía.

2. Prioridad de la autonomía sobre la beneficencia

La asimilación –no siempre acertada- del principio de beneficencia con el paternalismo, junto a la reivindicación cada vez mayor del principio de autonomía, ha hecho que la beneficencia quedara relegada a un segundo término, es decir, estas circunstancias han contribuido a hacer que la beneficencia quedara subordinada a la autonomía. Lo hemos podido constatar de una manera evidente a través de les definiciones de beneficencia que proponían D. Gracia y H.T. Engelhardt, y en menor medida Beauchamp y Childress. 

Seguramente la mala conciencia histórica del paternalismo médico, abusos incluidos, y la conciencia creciente de que la persona tiene derecho a tomar sus decisiones en aquellas cuestiones que la afectan, hace que hoy casi nadie se atreva a definir la beneficencia al margen de la autonomía.

Con todo, parece pues, que podemos concluir que la beneficencia y la autonomía están muy relacionadas: no se puede hacer el bien a otro sin tener en cuenta lo que el considera que su bien, pero el respeto a la autonomía no puede llevar a los profesionales sanitarios a dimitir de su deber de beneficencia hacia los usuarios. Por eso, con acierto, Victoria Camps nos recuerda que: “la substitución de un principio (beneficencia) por otro (autonomía) de un modo excesivamente radical puede acabar no representando un progreso ni un respeto a los derechos del paciente”.