La Modernidad, como es
sabido, supuso un cambio profundo de todas las estructuras sociales de
occidente. Este periodo generó una nueva cosmovisión bien diferente de
cualquiera de las que la habían precedido. Lejos de los lugares naturales de la
física aristotélica, el mundo material se vio igualado y homogeneizado. Esto
condujo a la aparición de la Nueva Física, a la matematización del cosmos. Si
pensamos en el paradigma aristotélico, este cambio supone una transformación
radical ya que, para el estagirita, la física no podía jamás fundamentarse en
la matemática: «La exactitud matemática del lenguaje no debe ser exigida en
todo, sino tan sólo en las cosas que no tienen materia. Por eso el método
matemático no es apto para la física; pues toda la naturaleza tiene
probablemente materia».
El nuevo período histórico representa exactamente la inversión de esta
cosmovisión. A partir de ahora, el único conocimiento válido sobre el mundo
será el que sea susceptible de ser fisicomatemáticamente abordable. Desde este
momento, a Occidente se le abren, de par en par, las puertas de un saber que le
llevará a ser la mayor potencia tecnológica jamás habida sobre la Tierra. Por
otro lado, de la misma manera que dejaban de existir diferencias ontológicas en
la naturaleza, éstas también desaparecían entre los individuos: Libertad,
Igualdad y Fraternidad. Nadie es intrínsecamente superior a otra persona ya que
todos los seres humanos nacen libres e iguales. Democracia y Derechos Fundamentales,
junto con el conocimiento científico, serán las mejores aportaciones de la
nueva cosmovisión a la Humanidad.
Pero toda cosmovisión es
humana y por lo tanto, imperfecta. Con la Ciencia aparecieron conceptos muy
poco científicos como el cientifismo. El reduccionismo matemático, tan útil
metodológicamente, resulta nefasto cuando se transforma en un pilar
cosmovisonal que determina ontológicamente la realidad, ya que transforma lo
que existe en algo cuantificable y dominable. A partir de ahora, la mirada occidental
sobre la naturaleza se verá mediada por la utilidad: la naturaleza será aquello
que sólo tendrá sentido como lo utilizable. Desde este momento, la relación del
mundo occidental con el planeta se basará en la idea de dominio. La potencia
legitimadora del cientifismo junto con el poder de la tecnociencia, sumadas a
la fuerza dinámica del capitalismo, generaron una situación histórica inédita
en la que una sociedad humana conseguía, por primera vez, aunar una potentísima
forma de conocimiento a un imparable impulso de dominio. Los textos sagrados se
reinterpretaron desde una nueva luz, generando así significados diferentes
adaptados a la nueva situación. Es en este profundo movimiento creador que
surgen los nuevos conceptos decisivos para la incipiente cosmovisión. Algunos
de estos conceptos no se formulan abiertamente si no que actúan de forma
implícita, como ‘antropocentrismo’.
Otros, como ‘Progreso’, se hacen visibles y dominan el
pensamiento y la acción. El ser humano ya no necesita pensar en perfectas y
lejanas “Edades de Oro” ni tampoco confiar en edenes supraterrenales futuros.
El paraíso lo tiene a tocar de sus propias manos, lo puede empezar a construir
hic et nunc. A partir de ahora y gracias a su trabajo, el futuro será necesariamente
mejor que el pasado. Este impulso prometéico no cesará hasta nuestros días,
siendo una de las principales condiciones de posibilidad de la insostenibilidad
global que padecemos. Las siguientes palabras de Descartes resumen, de forma
magistral, la idea que queremos expresar aquí:
«.“[...] esas
nociones me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para
la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa enseñada en las escuelas,
es posible encontrar una práctica por medio de la cual, conociendo la fuerza y
las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de
todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como conocemos los
oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharnos del mismo modo en
todos los usos apropiados, y de esa suerte
convertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza »
Situados ya en nuestros
días podemos ver cómo, a lo largo de los siglos, el capitalismo y su impulso de
dominio han ido cambiando. Desde la muerte de la ética protestante a manos de
la tarjeta de crédito, el espíritu del capitalismo cabalga a lomos del
consumismo. La dinámica aparentemente imparable de la sociedad capitalista de
consumo tiene, como eje central de su desarrollo, un impulso irrefrenable hacia
la ilimitación.
Dicha ilimitación
es además su fundamento cosmovisional primordial. Esta tendencia no es algo
totalmente nuevo ya que está íntimamente emparentada con ese impulso de dominio
del que hablábamos hace un momento. En consecuencia, este tipo de sociedad se
basa en una concepción del medio ambiente como algo infinito de lo que podemos
abastecernos sin límite. Pero la diferencia del consumismo con las etapas
anteriores del capitalismo la encontramos en que no sólo se considera a la
naturaleza como una matriz infinita de riqueza, si no que también se supone que
el mismo ser humano posee una infinita capacidad de desear. De esta manera, se
considera la persona como un ser abocado a una perpetua insaciabilidad. Este es
el primer elemento esencial del consumismo: la proliferación sin límites del
deseo. Ahora vemos como esta forma de vida tiene, en su fundamento
cosmovisional último, una incapacidad absoluta de reconocimiento de los
límites. Ha llevado la ilimitación a ser su condición de posibilidad,
de manera que se instala tanto en el interior de los individuos – el ser humano
como homo
apetens– como en el exterior – la naturaleza como un enorme
supermercado –. Una vez más hay que decir que no estamos ante un elemento nuevo
en sí mismo, las condiciones de posibilidad de esta idea se
encuentran ya en ciernes en los primeros textos de la Modernidad, como podemos
ver en el siguiente texto de Locke:
« La inquietud que siente en su interior un
hombre por la ausencia de alguna cosa que le daría placer si estuviera presente,
es aquello que denominamos deseo. Este es más o menos potente según esta
inquietud sea mas o menos ardiente. No será inútil observar, de paso, que la
inquietud es el principal, por no decir el único, motor que excita la industria
y la actividad humana.»
Estos dos fundamentos de
la sociedad de mercado contemporánea – la infinitud de la naturaleza y del ser
humano – conducen inevitablemente hacia la cosificación de todo lo que existe.
Respecto al mundo nos quedó claro unas líneas más arriba, cuando
especificábamos la necesidad inherente de considerarlo como algo destinado a
satisfacer nuestras necesidades. Pero ahora también se hace patente la
cosificación humana que implica: si consideramos al ser humano como un mero
receptáculo infinito de deseo, dejamos de verlo como un fin en sí mismo para
considerarlo un recurso más del sistema. Llegados a este punto podemos decir
que se ha generado una profunda contradicción interna que hace de la nuestra
una sociedad políticamente psicótica: no puede dejar de considerar sus
principios fundamentales explícitos (Democracia, Derechos Fundamentales,
etc.) como los elementos irrenunciables que deben guiarla políticamente pero,
al mismo tiempo, no puede ponerlos efectivamente en práctica ya que son intrínsecamente
contradictorios con su estructura profunda de funcionamiento. No podemos
considerar al mismo tiempo al ser humano como un sujeto de derechos y un
recurso utilizable más. Hoy, además, hay que pensar en esta posibilidad como
algo literal que ha llegado a un extremo impensable hace apenas unos pocos
años: la biopiratería representa la relación más cosificadora que el ser humano
puede establecer consigo mismo. Así pues, la transgresión de los límites
también se lleva ahora hacia el propio interior del ser humano. Dicho de otra
manera, en una sociedad de consumo la premisa fundamental es la de que Todo lo existente
es susceptible de ser consumible. Éste “Todo”
es absoluto,
es decir, que no puede dejar fuera nada. Por lo tanto, el mismo ser humano
puede ser transformado, en su materialidad más básica, en un recurso
consumible, si existe la posibilidad de extraer beneficios de ello. Esto agrega
una segunda forma de cosificación puesto que, además de considerar al ser
humano como un ser meramente deseante, lo caracteriza definitivamente como una
materia prima más. Las biotecnologías pueden llegar a ser una interesante
fuente de beneficios para la humanidad o bien para unos pocos. El dilema
depende de si permitimos que el Mercado se erija en el único gestor social, entonces
el beneficio nunca será para la Humanidad en su conjunto.
Las necesidades del
sistema le impulsan, pues, a incrementar continuamente tanto su capacidad para
generar deseo en los individuos, como su poder de dominio y transformación de
los recursos naturales, incluido el mismo ser humano. Ahora bien, estos dos
elementos, humanidad y naturaleza, no son de ninguna manera entes infinitos. Se
produce así un choque profundo entre la necesidad del sistema de considerarlos
infinitos y su auténtica naturaleza finita. El problema fundamental de la
sostenibilidad radica en que esta contradicción no genera un simple choque
entre contrarios superable con una reforma de las políticas prácticas
(tecnológicas, económicas, etc.). Lo que se da es una contradicción
intrínseca del sistema social mismo. Una contradicción cuya
superación supone la desaparición misma de la estructura social que la ha
generado y la de sus condiciones de posibilidad:
«Las sociedades capitalistas no pueden
responder a los imperativos de la limitación del crecimiento sin abandonar su
principio de organización, puesto que la reconversión del crecimiento
capitalista espontáneo hacia un crecimiento cualitativo exigiría planificar la
producción atendiendo a los bienes de uso. En todo caso, el despliegue de las
fuerzas productivas no puede desacoplarse de la producción de valores de cambio
sin infringir la lógica del sistema»
Es por este motivo que el
consumismo no se limita a ser uno de los motores del sistema económico si no
que es también una potente estrategia de poder. La necesidad de pensar en
consumir, la seducción continua ejercida por las diferentes formas de
publicidad y el endeudamiento que produce el exceso de consumo, mantienen la
sumisión de los individuos al sistema. Así pues, como ya hemos dicho, la
creación de una sociedad auténticamente sostenible y también realmente justa y
democrática, requiere superar el sistema mismo en el que estamos instalados. Un
sistema que, aparentemente, goza de buena salud y se extiende cada
más por el planeta.
Una vez vista la
estructuralidad, necesaria para el sistema, de la idea de absoluta ilimitación,
nos podemos preguntar por cómo podemos superar esta contradicción. Si, como
veíamos en el texto anterior de Habermas, la “lógica del sistema” no puede
existir sin pensar el mundo como algo transformable en valor de cambio, si la
crematística ocupa necesariamente el lugar de la oikonomia – en sentido
aristotélico – y no puede haber cambio sin cambio de sistema ¿en qué queda
nuestra capacidad de acción desde dentro de él? ¿Cómo podemos modificarlo desde
dentro? Y si no, ¿Existe un algún “afuera”? ¿Hay que cambiar la cosmovisión?
¿Es esta modificable a voluntad? O bien, ¿responde a un proceso complejo
difícilmente reconducible por la limitada capacidad humana? ¿Tenemos tiempo de
hacerlo? ... La teoría de la sostenibilidad, ha de poder enfrentarse con estas
preguntas y reflexionar sobre los límites externos
que tiende a sobrepasar el capitalismo de consumo. La bioética, por su parte,
ha de pensar en abordar los límites internos que no habría que dejar
en manos del Mercado.
Aristóteles, Metafísica, Gredos, Madrid, 1987