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Marquard, O.; Felicidad en la infelicidad. Reflexiones Filosóficas; Buenos Aires: Katz Editores, 200
Imitación e Ilusión (1964), Juego y Terror (1971), Cosmicidad (1976), Identidad (1979), Texto y Aplicación (1981), Historia, Acontecimiento y Narración (1983), Individualidad, Posición de la Negatividad (1984), Memoria (1993), Contingencia (1998), son algunos de los títulos de las actas del seminario del grupo de investigación “Poetik und Hermeneutik” que se editan en Munich desde 1963. En este grupo trabajaron filósofos ya reconocidos como Hans Blumenberg, Reinhart Koselleck o el mismo Odo Marquard que ahora presentamos; sus maestros inmediatos y colegas, menos estudiados en nuestro país, como Joachim Ritter, Hans Robert Jauss o Max Imdahl; y finalmente, sus discípulos, desconocidos para el hispano-hablante, como Anselm Haverkamp o Renate Lachmann. Todos ellos son hombres que recibieron el impacto directo de las consecuencias de las dos guerras mundiales y que se han forjado una identidad peculiar caracterizada por una constante teoría crítica antidogmática relacionada muy estrechamente con los estudios humanísticos.La convicción de que el estudio del arte y la cultura y sus consecuencias en la formación del “espíritu del tiempo” son tarea propia de la filosofía para que viejas atrocidades no se repitan en el futuro, dotando al arte de una relevancia ética actualmente muy denostada en consecuencia, podría determinarse como el motivo que guía este grupo de trabajo. Felicidad en la infelicidad debe enmarcarse en esta tradición, aunque Odo Marquard presente sus peculiaridades. La divergencia es un principio recurrente en la obra de Marquard, cómo también lo es en las diversas personalidades del grupo. Y es que cómo veremos más adelante “es deseable un estado de la ciencia filosófica en el que, en lo posible, sean pocos los filósofos que están de más. (Aunque) por otro lado, un filósofo no está de más cuando es distinto a todos los otros filósofos. (Y) para eso tiene que haber un pluralismo fáctico, es decir, muchas filosofías diferentes”. Teóricos de la diferencia en sentido literal retoman el camino de Heidegger, hundiendo sus referentes en el camino trazado por la hermenéutica, extrayendo como consecuencias la metaforización del mundo (Blumenberg), la actualización de la filosofía de la historia (Koselleck) o la reivindicación de la antropología filosófica (Marquard).Felicidad en la infelicidad es pues un libro de antropología filosófica. En él Marquard recupera una de sus tesis más conocidas, a saber, que el hombre, además de ser homo sapiens, es, en la Modernidad, homo compensator. Según Marquard, el racionalismo de Leibniz inaugura con su Teodicea esa teoría compensatoria del mal en el mundo que consiste en aceptar el binomio maniqueo entre bien y mal como un juego de equilibrios: cómo no puedo demostrar la inexistencia del mal, Dios debe ser incluido en él como su compensación. En palabras del mismo Leibniz, “la compensación del mal es propiamente el fin que el Creador tuvo ante sus ojo”. Recuperando a Leibniz, y cómo una especie de actualización del termino medio aristotélico, Marquard plantea una teoría del equilibrio moral basada en el ajuste posible respecto a la infelicidad ya dada, obteniendo como resultado la felicidad en la infelicidad.Después de desarrollar su hipótesis histórica, Marquard desenvuelve las diversas consecuencias epistemológicas que este cambio de perspectiva supone. Marquard considera que para poder llevar a cabo este cometido la razón debe entenderse como reacción-límite. Marquard recupera esta expresión de Helmut Plessner, creador de la disciplina “antropología filosófica” (reivindicada al final del libro) para recordarnos que “la razón humana tiene que ver con la risa y con el llanto mucho más de lo que normalmente ella está dispuesta a reconocer”. En la línea de Max Scheller, Marquard polariza el mundo racional entre las situaciones límite y las reacciones posibles, “risa y llanto son lo paradigmáticamente racional”, son el medio por el que la razón navega a través del tiempo. Se niega así la posibilidad de un estudio calculado y exacto de la realidad humana, “la muerte siempre llega antes”. Según Marquard esta interpretación de la razón explica porque en la Modernidad se positiviza el error en la ciencia, se acepta lo no-bello en el arte, el mal moral se torna condición de posibilidad de la moral, se opera una rentabilización del esfuerzo físico del hombre mediante el discurso del trabajo y del éxito, y finalmente, triunfa la finitud como aquel espacio de investigación no impregnado de teología y así libre de la herejía. En todo este proceso de “desmalignización del mal” el impulso central de las ciencias modernas, nos dice, fue la positivización de la curiosidad. Y según él, este énfasis en la curiosidad supone un ejercicio de compensación respecto a la pobreza semántica de la contingencia en el discurso teológico. La modernidad es “la época de las neutralizaciones” nos recuerda de Carl Schmitt, y no es que la ciencia haya devenido neutral, sino que expresamente, neutraliza los puntos de vista de la teología para encontrar su sitio. Ahora bien, “ciencia no es posible sin mezcla de error” y caemos en el peligro de neutralizando la teología neutralizar así también la ciencia, y en modo análogo, pasar de “tener conciencia” a “ser conciencia”, algo que termina con los deberes precisos que deben regir el pensamiento.Según Marquard, desde el siglo XVII; vivimos en una peligrosa hipermoralización del mundo que ha acabado por confundir práctica y teoría. Y es necesario cuidar de la separación de teoría y praxis porque en la mixtura de ambas “la praxis se aliena del mundo y la teoría se inhibe de pensar”. Consecuencia de ello es la obligación de mantener las instituciones liberales que alimenten discursos distintos a los de la ciencias naturales y las ciencias pragmáticas como contrapeso claro y definido a estas. (Uno de los principios básicos para desarrollar mecanismos compensatorios es la práctica de la división de poderes).Ello nos lleva a defender la “inevitabilidad de las ciencias del espíritu”. Y esto por cuatro motivos muy claros: a) “las ciencias del espíritu no son más viejas, sino más jóvenes que las ciencias naturales”, y en este sentido son productos de la modernización del mundo que aún quedan mucho por explorar; b) porque, paradójicamente, ellas representan “la ayuda compensatoria que en el mundo de la vida han sido provocadas por las modernizaciones”; c) porque como narradoras de historias que son “niegan el dominio absoluto de las peligrosas historias absolutas” (los monomitos, como la economía y la ciencia actuales); y finalmente, d) porque permiten una óptima regulación del mundo mediante el diálogo, cuando se sitúan al mismo nivel que las ciencias naturales y las ciencias pragmáticas. La Historia debe ser salvada mediante muchas historias, porque lo importante no es que todos los hombres piensen de la misma manera, sino “que salgan de la reunión ‹‹distintos›› a como ellos eran cuando entraron”.Marquard desarrolla las principales tesis del racionalismo inaugurado por Leibniz, Descartes y Spinoza hasta sus últimas consecuencias, “el mundo moderno es el mundo en el que los trastornos se ven compensados”, hasta tornarse escéptico. Se trata de renunciar a la certeza absoluta de una verdad absoluta y de situar al hombre “de este lado de la utopía”, cómo lo contrario de “una excepción”. El escepticismo activo de Marquard defiende un sujeto preñado de realismo y de tradición, que debe soportar su vida a través de la cultura “sin tener la posibilidad de cumplirla totalmente”. El destino “queda abierto”, pero organizado en base a la división de poderes, configurada según la especificidad de las ciencias en las que no es posible dejar de lado ninguna y donde todas deben ser respetadas. Felicidad en la infelicidad es un libro que, siguiendo una estricta línea germana, defiende la relevancia del pensamiento filosófico en la actualidad en tanto que éste culmina la división de las ciencias. “El filósofo no es el experto, sino el especialista del experto, su doble para lo peligroso”. Su utilidad es la de servir como catalizador para el diálogo, encarnando en si mismo la interdisplinariedad del estudio y la compensación en la investigación del conocimiento. Pero más acá de las recomendaciones para filósofos, la filosofía de Marquard no deja de ser una filosofía del equilibrio y de la reflexión, un atentado contra la dogmatización del mundo y una apuesta por la convergencia de la verdad mediante la pluralización de la misma. La verdad de Marquard es digna de una seguimiento atento y respetuoso, y sólo nos hará falta tiempo hasta que alcancemos su propia compensación.

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Höffe, O; Ciudadano económico, ciudadano del Estado, ciudadano del mundo. Buenos Aires: Katz Editores, 2007
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