Llevaba
una hora de reunión con un grupo de directivos, bajada ya la guardia de los
primeros momentos, estábamos en franco y animado diálogo sobre valores, liderazgos
y ética, cuando uno de ellos lanzó una pregunta que cortó el ambiente de manera
clara y precisa: “¿cómo sabemos que nuestras decisiones son éticas y que decidimos
lo correcto?” No podía entrar en disquisiciones y la pregunta requería una
respuesta tan directa y clara como la pregunta. Tus decisiones, respondí, “¿podrían
ser portada de Expansión sin ningún
problema?” “¿Tus conocidos, amigos o familia se avergonzarían de tus decisiones?”
“¿Duermes con la conciencia tranquila?” Las preguntas calaron hondo. El diálogo
posterior, como comprenderán, ganó en profundidad.
Al
salir de aquella reunión tan intensa, me quedé pensando en las tres h que, en mi opinión, ha de tener todo
directivo. La primera, la honestidad. Quizás, el valor principal de todo
directivo. La honestidad que empieza con uno mismo, en el autoconocimiento de
límites y virtudes. Ser honesto consigo mismo es cualidad de personas sanas y
equilibradas. La honestidad se sostiene en principios que guían decisiones,
comportamientos y acciones. Aquella fue una pregunta honesta, directa al núcleo
de la cuestión que tratábamos.
La
segunda h, es la de la humildad. En
ocasiones, los directivos con egos engordados pierden de vista la importancia
de tocar de pies al suelo. Están tan arriba en la organización que pierden pie
en la realidad de la misma. No saben escuchar, sólo se escuchan a sí mismos y
no atienden a otras razones. La humildad facilita no perder de visitar el
terreno, conocer los recovecos de la organización y a sus personas. La
arrogancia o la prepotencia es una pérdida para el directivo y la empresa. Aquella
fue una pregunta humilde: ¿cómo saber?
La
tercera h, es el humor. Es la
capacidad de reírse de uno mismo, de saberse limitado, humano. Sólo los que
caminan por la humildad tienen esta cualidad. Se saben prescindibles. Saben que
la empresa seguirá cuando ellos se apeen de responsabilidades directivas. Como
escribe Álvarez de Món en No soy Superman,
“el humor es un modo inteligente y humilde de mirar la realidad, mi realidad”.
Tienen conciencia clara de sí mismos.
Se
suele afirmar que nuestro tiempo es más de preguntas que de respuestas y que la
complejidad actual tiene que ver más con las preguntas que con las respuestas. Algo
de verdad hay en ello. Una buena pregunta puede ayudar a esclarecer, a sacar a
la luz lo que se lleva dentro.
Acabando
la reunión, uno de los asistentes en voz alta, exclamó a propósito de la
pregunta clave: “¡Menuda preguntita!” Y todos, echamos unas risas de
satisfacción. Una buena pregunta y aquellas dos horas ayudaron a fortalecer la
necesidad de la honestidad, la humildad y el humor en las responsabilidades
directivas de cada día. No lo duden, una buena pregunta vale su peso en oro.
Atrévanse a lanzar buenas preguntas y todos ganarán.
Carlos
Mª Moreno, profesor de la Universitat Ramon Llull
Expansión, 12 de juny de 2007.