Se parte de la premisa que numerosos cambios están transformando la propia
cotidianidad de las personas y que tales cambios, además de generar nuevas
oportunidades, también generan nuevas dificultades. Es necesaria por tanto un
reflexión tridimensional sobre lo que está sucediendo y esto pasa por analizar
estos tres aspectos: el aspecto económico, el aspecto político, en tanto que
capaz de establecer reglas jurídicas, y el aspecto ético. Estas son,
precisamente, las tres dimensiones que se desarrollan en el libro Ciudadano económico, ciudadano del Estado,
ciudadano del mundo. Ética política en la era de la globalización (Katz
Editores, 2006), que, como su título indica, apunta directamente a tres ámbitos
diferenciados de la persona como ciudadano, siempre dentro, tal y como el
subtítulo da cuenta, del marco conceptual de la globalización.
En lo que se refiere a la economía, el libro de Höffe hace hincapié en los
principios ético-jurídicos esenciales para desarrollar algunas de sus
cuestiones básicas. Principios como, autorresponsabilidad, autorrealización,
lucro, justicia social, remuneración, son analizados aquí, además de bajo la
inspiración de los clásicos griegos (Platon y, sobre todo, Aristóteles),
teniendo en cuenta la presente lucha por la hegemonía entre el modelo
angloamericano (inspirado en Mill y Rawls), el modelo europeo continental (que
encuentra su máxima figura en la persona de Jürgen Habermas), y finalmente, con
la vista puesta en Asia oriental, como modelo emergente que poco a poco se va
transformando en un serio competidor.
Para la segunda sección Höffe nos reserva una de sus elegantes sorpresas,
nos dice “una teoría de la política que sólo estudia instituciones y sistemas”
es una teoría política “demasiado sencilla”. Hay que reivindicar el papel cristalizador
que ejercen las instituciones de la soberanía popular, a la vez que defender
por encima de todo los cinco principios irrenunciables, que junto a ellas,
permiten el desarrollo de una sociedad civil cívica y comprometida con su tarea
política. Precisamente, es el sentido cívico sobre el que pivota todo el
ejercicio de la política. Hace falta un sentido del derecho y un coraje cívico
dispuesto a defender el uso del derecho como forma de organización política.
Esto es muy fácil decirlo en democracias consolidadas como la nuestra, pero
hace falta repetirlo tantas veces como haga falta en aquellos peligros donde la
falta de coraje político permite que los usurpadores reinantes sigan haciendo
de las suyas sin control alguno. De esta idea se deduce un claro debate acerca
de la participación ciudadana, que a su vez genera el debate entre democracia
directa y democracia participativa. La respuesta de Höffe a estas cuestiones
pasa por un análisis muy bien desarrollado sobre el alcance de la tolerancia y
sobre qué valores son más adecuados para una educación democrática.
Finalmente, a la hora de preguntarse acerca del ciudadano del mundo, tan
denostado dice por la mayoría de autores, salvo por Kant, se dirá que la
perspectiva de Höffe es una perspectiva panóptica, pero no al modo de Bentham,
sino de forma real, es decir, transcultural, planetaria. Desde esta perspectiva
se formulan algunas preguntas capitales para nuestros días, como ejemplo: “¿puede
lograrse la convivencia pacífica de comunidades y culturas? o ¿cómo harán,
entonces, para guiarse por valores universales y no meramente occidentales? En
esta tercera sección dedicada al ciudadano del mundo, al aspecto comunitario se
le suma la conciencia imperialista o la pregunta acerca de la posible hegemonía
de los imperios euro-americano, islámico o asiático, conciencia que a su vez
genera ciertos interrogantes macro-éticos. ¿Existe un deber universal de
prestar ayuda ante una emergencia? ¿Qué pasa con la naturaleza? ¿Tienen
derechos las nuevas generaciones a heredar un mundo igual al nuestro? ¿Podemos
hablar de una sola identidad o debemos aceptar el pluralismo dentro de nosotros
mismos?
Las respuestas que Höffe nos ofrece son, como mínimo, dignas de ser leídas
atentamente. Y una buena forma de leerlas sería remitiéndonos al último gran
maestro alemán, Hans-Georg Gadamer, quien en su Verdad y método prueba de dar cuenta de la influencia que ha tenido
sobre la reflexión filosófica el concepto de “formación” tan propio del
humanismo. Concepto al que Höffe acude en varias partes del libro y que en
definitiva tiñe la cultura alemana en general. Hace falta des-nacionalizar el
concepto “cultura” y reorientarlo hacia sus raíces fundamentalmente
interculturales, raíces que apelan al verdadero significado de la teoría
liberal del conocimiento. Esta remite directamente al eleutheros griego, al que vive según su propio significado y que no
se vende a al intercambio de relaciones funcionales. Las ciencias humanas nos enseñan
que el hombre es un fin en si mismo, un destino como diría Nietzsche, y libros
como este, como mínimo, ayudan a considerarlo.